Abel Martínez, los “progres” y la homofobia

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Desde hace días circula en las redes la foto de dos jóvenes presuntamente homosexuales que aparecen de espaldas y esposados. La fuente es la página en Instagram de la Alcaldía de Santiago, encabezada por Abel Martínez, ex diputado y ex presidente de la Cámara y alto dirigente peledeísta, cuya única frase memorable es aquella con la que urgió a sus secuaces a aprobar el presupuesto de 2012 que no habían leído ni discutido: “Voten, honorables, voten”.

Quizá por entender que la alcaldía de una ciudad como Santiago es mejor pértiga que una diputación, por muy prolongada que esta sea, Martínez dio vuelta al timón y cambió el rumbo de su nave política. Serísimos conflictos intrapeledeístas de por medio, se convirtió en alcalde de una ciudad que, como la inmensa mayoría de las dominicanas, está ahíta de charlatanes, solo que es la segunda en importancia y forma parte relevante del entramado de poder social y económico que bloquea o aúpa políticos.

Llegado al cargo, Martínez ha decidido poner huevos y cacarearlos, no importa si son hueros. Tanto cacarea que lo hace hasta cuando come guineas a la orilla del río que, dice, lo vio nacer, como si su hartura importara a los munícipes. Por eso no me sorprende que, en pose de Chapulín moralizador, hiciera publicar en la mencionada cuenta de la alcaldía la foto de los dos jóvenes apresados.

Después del circunloquio, entro en materia. La reacción en las redes sociales por la foto, mayoritariamente crítica con el alcalde, relieva la condición homosexual de los apresados y le atribuye a Martínez actuar impulsado por la homofobia, pero sin mencionar los motivos del apresamiento. Prescindo de citar otras imputaciones que, a mí, me resultan inaceptables.

Como sucede a menudo, en este caso los árboles  impiden ver el bosque. Perdemos en aspavientos pseudoprogres la oportunidad de poner el dedo en la llaga de una autoridad de progenie trujillista que, en la alcaldía santiaguera, se publicita con un eslogan que desnuda su ideología: “¡Es hora de respetar!”.

¿Respetar qué? ¿Respetar a quién? ¿Respetar por qué? Sin en lugar de entretenernos en chácharas ansiosas de “likes” comenzáramos a impugnar el autoritarismo que enseña el refajo en el eslogan edilicio santiaguero (y que norma la práctica oficial), estaríamos poniendo un granito de arena al debate democrático tan necesario –y aún ausente— en nuestra sociedad.

Para empezar, los jóvenes apresados cuya foto difundió la propia alcaldía de Martínez, lo habrían sido (versión oficial) porque sostenían relaciones sexuales en el parque Imbert. Es decir, en un lugar público. Una conducta que puede resultar ofensiva para muchos y muchas, incluida yo, que defiendo a capa y espada el derecho a la opción sexual. Creo, como mucha otra gente, que la libertad personal no puede avasallar la de los demás. Y no ser testigo involuntario de ningún tipo de relación sexual es parte de mi libertad y mis derechos. Una cosa distinta sería que los dos jóvenes fueran apresados porque se hacían carantoñas, demostrando el amor que sienten el uno por el otro. O porque se besaban como lo hacen, con la mayor licencia social, los heterosexuales. Pero relaciones coitales en un sitio público tiene otras implicaciones.

Más que por la presunta condición homosexual de los jóvenes apresados, utilizada como arma arrojadiza contra el “homófobo” Abel Martínez, yo me preguntaría quién detuvo a esos jóvenes, con qué derecho, cuáles artículos de no sé cuál código viola la publicación de la foto en la que, pese a aparecer de espaldas, pueden ser identificados por conocidos. Me preguntaría, e indagaría hasta saberlo, si la alcaldía incurrió en una violación del derecho a la imagen, al honor personal, y si por haberlo hecho es pasible de una acción legal reparadora. Y apoyaría a los agraviados con la publicación de la foto si buscaran ser resarcidos. Mas sin olvidar que ellos agraviaron a otras personas y que alguna responsabilidad deben asumir por ello.

En lugar de hacer eso, las redes han reproducido hasta la náusea la foto (infamante), amplificando el daño que dicen rechazar. Uno autoritario, porque está en su ADN político; otros sensacionalistas con el taparrabo de la “justicia”. Todo porque, en el mundo tubular que es el de algunos y algunas, lo que importa es echar lodo sobre el que escogen como blanco de su particular y mediática indignación.

Desconsuela también comprobar que, en este caso, el abuso contra estos jóvenes (abstracción hecha, repito, del que ellos habrían cometido contra los demás) ha sido borrado por los comentarios –estos sí comprobadamente homófobos– contra Martínez. La ligereza se paga caro.

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López Rodríguez, un ordinario empoderado

La gente sensata no debería prestar mayor atención a los exabruptos de Nicolás López Rodríguez. Todo lo suyo es demasiado previsible, y eso incluye su destemplanza, su gusto por el insulto.

Y no vale la pena atenderlo porque de López Rodríguez no puede esperarse que razone. No está en su genética intelectual. Es –se encarga él mismo de demostrarlo— un ordinario empoderado. Soez y prejuicioso.

Pero no solo eso. Es también cómplice impenitente de todas las sinvergüencerías que comete el poder político, económico y social dominicano. Solo se desmadra contra los que cree más débiles –y mira por encima del hombro— o aquellos que, como el embajador James Brewster, no son sus cómplices, aunque sean poderosos. De ahí su última homofóbica y machista grosería.

Él solo sabe ser medido cuando la insistencia de los periodistas le hace abrir la boca para referirse a algún corrupto. Botón de muestra: en octubre de 2012, cuando la sociedad comenzó a demandar el encausamiento por corrupción de Félix Bautista, el cardenal consideró “importante” que fueran los abogados quienes discutieran  el expediente, no los legos,  y citó a “figuras” como Vincho Castillo y Abel Rodríguez del Orbe, “de quienes dijo son personas que saben de derecho”. ¿Quiere alguien una forma más canalla de escurrir el bulto?

Pero en fin, he dicho que no vale la pena prestarle atención y llevo escritas 225 palabras. Una contradicción flagrante, que solo puedo explicar en que yo también me dejo arrastrar por el sensacionalismo de nuestra prensa.