PRM y política esquizofrénica

En un sistema político y partidista donde como en ningún otro ámbito es norma el descarado criterio de que “to’ e’ to’ y na’ e’ na’”, que el PRM pacte con el PRSC no debería asombrarnos.

Preguntémonos empero no por las razones prácticas de esta alianza, si no por las complicadas artes que demanda esta conciliación de posiciones, cuando uno de los actores, Luis Abinader, dice representar la antítesis de lo que hasta ahora prima en la política y encarna el reformismo.

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Para comenzar, prestemos oídos al discurso de Antún el pasado jueves 17. Sin inmutarse, afirmó que con esta alianza “el PRSC vuelve a sus orígenes” para “sembrar el país de esperanzas redentoras”. ¿Hemos olvidado cuáles fueron estos orígenes? De estar vivo, Lyndon B. Johnson podría ofrecernos la respuesta. Aunque quizá no la necesitemos, y la represión feroz contra las fuerzas democráticas durante los famosos “doce años” sea dato suficiente. Como también puede serlo el prohijamiento del parasitismo empresarial que succionó la ubre pública con gulosidad obscena. O la corrupción que, según un Balaguer-gatita-de-María-Ramos, solo se detenía a la puerta del despacho presidencial; escuela que legó a nuestra política un excesivo número de magísteres summa cum laude.

El lamento de Antún por los pobres, por los niveles intolerables de injusticia e inequidad social, los devaneos medioambientalistas, las citas que fueron desde Allende y el Ché hasta Benedetti y Sabina, son parte de lo que en mi entrega “Política siciliana” califico de lenguaje vacío. Agrego ahora que ofensivo a la inteligencia colectiva.

Mas hay una afirmación en el discurso que deseo resaltar: aquella según la cual “la soberanía nacional está en graves peligros (sic)”, convirtiendo en imperativo “profundizar su defensa e implementar una política migratoria responsable, que garantice la integridad, seguridad e intereses de la nación que nos legara el patricio Juan Pablo Duarte”.  No hay que ser adivino para saber a qué se refiere Antún con esto.

En diciembre de 2013, Abinader, cuyos ascendientes fueron inmigrantes irregulares, pronunció un emotivo discurso en el acto “Un abrazo solidario con los dominicanos desnacionalizados”, celebrado en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). En el Congreso y en la opinión pública, el PRSC han hecho causa común con el neonacionalismo más rastrero, reconfirmado este jueves cuando Antún agita los fantasmas de una nacionalidad supuestamente en riesgo. ¿Cuál de los dos criterios primará en esta alianza?

En la cultura política dominicana se tiende a responder las preguntas incómodas de dos maneras con resultados indistintos. Una, descalificando a quien pregunta (y en eso la mayoría somos doctorados) endilgándole haber vendido su alma al mejor postor, que será siempre el Gobierno o el contrario. Otra, haciéndose el extraterrestre.

Mas cual que sea el tipo de respuesta, a muchos nos seguirá escociendo el alma esta alianza que no es fruto de otra cosa que del más reptante oportunismo de ambas partes, pero de la que sale ganando sin discusión alguna un reformismo que sella los labios de quienes, en el PRM, critican la corrupción, el clientelismo y el autoritarismo y abogan por la decencia, la justicia y el futuro.

Violencia y (peligrosa) ceguera social

No sé, ni me interesa saberlo a estas alturas, si Juan de los Santos era prepotente, trataba mal a sus empleados, y por eso su final era designio, según ha dicho alguien frente a las cámaras sin ni siquiera sonrojarse; o si debe ser canonizado como patrón de los ludópatas, como han dicho otros en sus alegres y hedonistas cuentas en las redes.juan de los santos

De su muerte me importa que refuerza lo que tantos han sacrificado en estos días  en el altar de sus prejuicios sociales y políticos, o en su sórdida busca de implacable protagonismo moral: que la sociedad dominicana está arropada por la irracionalidad de la violencia, y que todos y todas estamos pagando un precio demasiado alto por no tener la inteligencia de ponerle freno.

Sí, la violencia tiene razones estructurales que sirven a su interpretación teórica. La pobreza es una de ellas. Pero solo vale, a mi entender, para explicar un cierto tipo de los muchos que conforman su catálogo. Porque sucede que no es precisamente la pobreza la que produce, a ojos vista, una parte importante de la violencia criminal que nos acogota, sino la intolerancia, la incapacidad cultural de la sociedad dominicana para resolver los conflictos por la vía del diálogo y el entendimiento civilizado.

Casi a la misma hora en que un amigo personal de Juan de los Santos le quitaba la vida, en Santiago un hombre mataba a otro porque rozó su yipeta, símbolo de su estatus, en defensa del cual le importa un bledo volverse criminal. Dos días antes, también en Santiago, las diferencias políticas en el Partido de la Liberación Dominicana dejaron dos cadáveres. Y en Villa Mella en septiembre y en Santiago –otra vez— en este fatídico diciembre, turbas lincharon a dos hombres jóvenes que suponían ladrones. Entre enero y junio de este año se produjeron 863 homicidios intencionados. Desde 2010 a la fecha, 1,200 mujeres han sido víctimas de crímenes de género.

¿Solo la pobreza pare este horror? ¿Solo la corrupción política la alienta y hay que endilgarle al PLD, para no dejar duda de nuestra corrección crítica y superioridad moral, ser artífice de lo que nos ocurre, callando que la violencia social dominicana tiene historia? ¿Debe no importarnos la muerte de Juan de los Santos porque era peledeísta y dueño de bancas de apuesta, y sobre todo porque la Policía mantiene una guerra sistemática contra los pobres, que caen por decenas cada año víctimas de ejecuciones extrajudiciales?

Mientras buscamos la quinta pata al gato, deteniéndonos en consideraciones casi pornográficas sobre quiénes merecen o no un día de duelo nacional, la enraizada cultura social dominicana, heredera de una tradición sociohistórica de cerril intransigencia, de odio al adversario o al que vemos como tal en un determinado momento, continuará carcomiendo lo poco que aún nos queda de comunidad solidaria.

Y a eso sí que le temo: a que de pronto no haya nada qué hacer para detener la vorágine de violencia que ha convertido al país en una selva en la que nadie puede dar por segura la sobrevivencia. En la que nadie entiende que las campanas también doblan por nosotros mismos, mientras  nos destrozamos como jauría hambrienta.

Política siciliana

Es verdad obvia y sabida que los políticos, aquí y donde quiera, han devaluado el lenguaje. Ni siquiera significa lo que ellos quieren que signifique porque lo han vaciado de contenido. Las palabras de la política ya no dicen nada.

pistolaHablan de democracia, disciplina y respeto, y se matan como gánsteres. Conforman verdaderas “familias”, cada una con su temible Don. Es esto lo que los sucesos del domingo en la convención peledeísta de Santiago pone ante nuestros ojos. Antes corrió el dinero para asegurar el territorio de la candidatura a alcalde en un municipio que reboza basura, caos vial y falta de respeto a los derechos de los munícipes. Después vino la sangre.

Que el Partido de la Liberación Dominicana se rasgue las vestiduras y diga lamentarse no es otra cosa que intento de desvirtuar la realidad cubriéndola de palabras inútiles. Como lo es que algunos dirigentes clamen por una vuelta a la perdida disciplina de cuando Bosch, como si no entendieran que ese PLD dejó de existir hace ya mucho tiempo, tragado por las peores prácticas de la política criolla.

Las muertes del domingo son secuela de la primacía del clientelismo, del aprovechamiento del Estado para afianzar proyectos particulares, para resolver pugnas que nada tienen de ideológicas. No ocurrieron por azar. Tienen detrás suyo un proceso de distorsión de las instituciones, de perversión de la política que no puede dar resultados distintos.

Hablar, entonces, no vale de nada. Y hasta sería mejor que los dirigentes peledeístas callaran por simple respeto a quienes contemplamos –lamentablemente ya sin asombro– el atolladero en que el país está metido.

(Publicado ya este artículo, leí la información de que dirigentes del PLD en Santiago piden la anulación de los resultados convencionales porque Abel Martínez, en connivencia con Félix Bautista, habría distorsionado las listas de electores. A confesión de parte, relevo de pruebas).

El sueño de la razón produce monstruos

La imagen que encabeza este blog es detalle del grabado del pintor español Francisco de Goya titulado “El sueño de la razón produce monstruos”.goya

Es mucho lo que han escrito especialistas en arte y en filosofía sobre lo que nos sugiere este grabado, que es parte de la serie Los caprichos. La Red nos facilita conocer algunas de estas interpretaciones.

Lo elegí como identidad de mi blog porque para mi advierte de la sinrazón que se apodera de nuestro ser social e individual cuando dejamos dormir nuestra razón crítica. Cuando nos negamos a escuchar al otro y a establecer un diálogo con él, que no necesariamente debe concluir en acuerdo ni hacernos cambiar de opinión. Cuando dejamos que sean el prejuicio, el odio y el chantaje los que hablen por nosotros.

Entre los comentarios que recibió mi entrada anterior sobre el cardenal Nicolás López Rodríguez, tres explican muy vivamente lo que yo interpreto del grabado goyesco. Los copio sin más.

“Si no fuera por personas como el Cardenal Lopez Rodriguez  en este país ya se hubiesen establecido siete iglesias satánicas, el desfile gay fuera nacional, se hubiese aprobado el aborto, la educación sexual desviada y la ideología del género. Eso si fuera el verdadero desastre. Pienso que le puso buen freno al caballo desbocado del embajador”. @esuarezt

“Margarita y que hay de los derechos de los machistas homofóbicos, acaso no tenemos derechos? Igual se podrida (sic) decir de Ud., que de seguro por sus comentarios luce plagada de defectos…”. José.

Cirilo Velez Los que están defendiendo al embajador deberían renunciar a la ciudadanía dominicana, como es posible que por que estén identificado con una posición política, nieguen el dominicanismo, son violadores de nuestra constitución”.

Goya está en lo cierto: el sueño de la razón produce monstruos. Cuidémonos.

López Rodríguez, un ordinario empoderado

La gente sensata no debería prestar mayor atención a los exabruptos de Nicolás López Rodríguez. Todo lo suyo es demasiado previsible, y eso incluye su destemplanza, su gusto por el insulto.

Y no vale la pena atenderlo porque de López Rodríguez no puede esperarse que razone. No está en su genética intelectual. Es –se encarga él mismo de demostrarlo— un ordinario empoderado. Soez y prejuicioso.

Pero no solo eso. Es también cómplice impenitente de todas las sinvergüencerías que comete el poder político, económico y social dominicano. Solo se desmadra contra los que cree más débiles –y mira por encima del hombro— o aquellos que, como el embajador James Brewster, no son sus cómplices, aunque sean poderosos. De ahí su última homofóbica y machista grosería.

Él solo sabe ser medido cuando la insistencia de los periodistas le hace abrir la boca para referirse a algún corrupto. Botón de muestra: en octubre de 2012, cuando la sociedad comenzó a demandar el encausamiento por corrupción de Félix Bautista, el cardenal consideró “importante” que fueran los abogados quienes discutieran  el expediente, no los legos,  y citó a “figuras” como Vincho Castillo y Abel Rodríguez del Orbe, “de quienes dijo son personas que saben de derecho”. ¿Quiere alguien una forma más canalla de escurrir el bulto?

Pero en fin, he dicho que no vale la pena prestarle atención y llevo escritas 225 palabras. Una contradicción flagrante, que solo puedo explicar en que yo también me dejo arrastrar por el sensacionalismo de nuestra prensa.

Mi discurso en la entrega del Premio Nacional de Periodismo

yo con el presidenteExcelentísimo presidente Danilo Medina
Excelentisíma vicepresidenta Margarita Cedeño de Fernández
Señor ministro de Educación Carlos Amarante Baret
Presidente del Colegio Dominicano de Periodistas, Olivo de León
Señores Ministros
Apreciados amigos
Apreciadas amigas

Cuando has dedicado toda tu vida adulta al periodismo y anidado en todas sus vertientes, desde la radiofónica en tus inicios a la digital en tus postrimerías, recibir el Premio Nacional de Periodismo produce un sentimiento que mezcla satisfacción y extrañeza. Es lo que me sucedió el pasado 4 de abril cuando recibí la llamada que me anunció el premio. Es lo que me sucede ahora, cuando el premio se oficializa.

Satisfacción, digámoslo sin falsas modestias, porque el empeño que ha consumido una parte importante de mi energía vital e intelectual es merecedor de reconocimiento público. Extrañeza, porque he creído siempre en que, como dijera un autor español leído hace ya muchos años, nadie merece nada por cumplir con el destino elegido por propia voluntad y a propio riesgo. Yo elegí ser periodista, con todas sus implicaciones para mi vida, en esos tiempos ya lejanos en que este país irredento se asomaba por primera vez en más tres décadas a la posibilidad de la palabra dicha sin miedo. A la palabra que florecía las calles.

Nos hemos acostumbrado, con mareante rapidez, al periodismo sin información, a la banalización de la realidad, a confundir nuestro ejercicio con la vocería de las autoridades asumida, sino por vínculos non sanctos, por una holgazanería profesional que nos asegura una cotidianidad descomplicada.

Aquellos tiempos no son el paraíso perdido, pero son mi marca de identidad personal y profesional. He dicho en otras ocasiones, y lo repito cada vez con mayor convencimiento, que los hombres y mujeres que poblamos las redacciones de periódicos y radioemisoras en esos años turbulentos estábamos imbuidos de una vocación misional que hizo posible un periodismo comprometido con la democracia. Sus deslices, que siempre los ha habido, eran pequeñas manchas en el Sol.

Así que yo hoy, frente a ustedes y con todos mis recuerdos y experiencias a cuestas, me encuentro en la paradójica situación de estar contenta, muy contenta y satisfecha, pero también, y al mismo tiempo, de sentirme como pez fuera del agua.

Pero hablemos de periodismo. No teman que me aferre a la nostalgia para hacer comparaciones, siempre odiosas y con altísima frecuencia, inválidas. Me sitúo voluntariamente en el hoy y el ahora de la profesión, a la que miro con ojos inquietos y por momentos apesadumbrados.

En un libro que todavía me escuece, el sociólogo español Félix Ortega radiografía el periodismo que se ha impuesto en Occidente: aquel que tiene lo efímero como norma. Un periodismo atenido a “la dramaturgia de las declaraciones (frente a las explicaciones), la primacía del acontecimiento (frente a la perspectiva de largo plazo) y como corolario el olvido frente a la memoria histórica”.

El periodismo dominicano está incluso en ese descarnado resumen de déficits profesionales y éticos. Nos hemos acostumbrado, con mareante rapidez, al periodismo sin información, a la banalización de la realidad, a confundir nuestro ejercicio con la vocería de las autoridades asumida, sino por vínculos non sanctos, por una holgazanería profesional que nos asegura una cotidianidad descomplicada. Nos convertimos en publicistas de quienes mueven los hilos del poder cuando, con la grabadora sustituyendo el cerebro, damos categoría de explicación a las declaraciones interesadas de funcionarios, políticos, empresarios y dirigentes sociales; cuando nos conformamos con el hecho en sí mismo, sin intentar establecer antecedentes y consecuentes; cuando preferimos olvidar para no molestar.

En esta poética Arcadia en que el periodismo dominicano, con algunas excepciones, ha convertido al país, la pregunta inquisitiva pierde valor, el deseo de saber se convierte en necedad, y quienes preguntan y hurgan, además de escasos, son diagnosticados de frustrados por una miríada de censuradores. La disidencia está proscrita. En la complicidad unánime que se pretende, por comisión u omisión, resuena la frase de Jean Baptiste Clamence, el camusiano juez penitente de La caída, para quien “cuando seamos todos culpables tendremos la democracia (…) Los otros también tienen sus cuentas y al mismo tiempo que nosotros; eso es lo importante. Todos reunidos, por fin, pero de rodillas y con la cabeza gacha”.

No pretendo echar agua al vino de unas críticas de las que no me excluyo, pero debo decir que en esta búsqueda de la igualación en la culpabilidad colectiva, los periodistas no somos los únicos actores. Por encima de nosotros, induciéndonos a la grisura y al cenagal, están los propios empresarios de la comunicación, el Estado, la empresa privada y los políticos.

En abril de 2014, durante un panel en el que me complació participar, el colega Adalberto Grullón presentó los resultados de un estudio sobre el régimen salarial en televisoras y periódicos impresos. Los datos exponen con crudeza la inducción empresarial, sospecho que calculada, al pluriempleo, y en ocasiones la corrupción, de los y las periodistas. “Hay un canal que paga a los periodistas treinta y cinco mil pesos al mes, pero hay otros que pagan diez mil y les dan a los periodistas permiso para que puedan buscársela”, dijo Adalberto en la ocasión.

Y está el Estado, y más concretamente el Gobierno, como empleador de periodistas por debajo de la cuerda.

En la mayoría de los medios escritos, los salarios son igualmente deprimidos. Los hay que todavía pagan a los periodistas la mísera suma de doce mil pesos. Es decir, poco menos del cincuenta por ciento del costo de la canasta básica establecido por el Banco Central. También en los periódicos las normas son laxas y los periodistas tienen vía libre para complementar sus salarios. Si esta complementariedad compromete la línea informativa o editorial del medio, no es cosa que parezca preocupar a nadie. En definitiva, los medios no son vistos por la generalidad de sus propietarios como empresas de servicio público, sino como instrumentos de utilidad estratégica variada en su propio beneficio.

De ahí que esa licencia que se concede a los periodistas no tenga a estos como únicos beneficiarios. A quienes hacen uso de ella les tocan las humillantes migajas de un pastel que se reparte en otras mesas. El gran favorecido del periodismo anodino, acrítico y que “se la busca”, es el empresario que, en este inédito escenario de concentración de medios en manos de reducidos capitales, salvaguarda sus intereses y los de sus socios en la navegación hacia el seguro puerto de la rentabilidad de sus negocios y de la influencia elegantemente coactiva. Ellos, y no otros, han convertido la información en mercancía.

Y está el Estado, y más concretamente el Gobierno, como empleador de periodistas por debajo de la cuerda. Periodistas que sin abandonar sus puestos de trabajo en las empresas, son empleados por las instituciones públicas para servir de cajas de resonancia, como relacionistas públicos, de sus políticas e intereses coyunturales. O para que guarden oportuno silencio.

Y está la empresa privada, que salta, desnuda o camuflada, según la circunstancias, al ruedo de la compra de opiniones. Que emplea todas las artes de la seducción para lograr sus objetivos. O que cede gustosa al chantaje sin que una sola fibra de su entrecomillada ética se estremezca cuando la apuesta es salvaguardar sus negocios o la imagen personal. ¿Cuántos empresarios han enfrentado el chantaje? ¿Cuántos han actuado contra los chantajistas? Sobran los dedos de la mano para contarlos, porque la norma es hacer el juego a esta perversión del oficio. Y todos contentos.

Y están los políticos, tan reacios como los anteriores al cuestionamiento, a la pregunta incómoda, al periodista, hombre o mujer, que no les sonríe. Los que convierten la supuesta “confidencia” en vínculo cómplice. Los que ofrecen pagos generosos por la zalamería de la nota de prensa destacada. Los que conforman verdaderas empresas conjuntas con opinadores a su servicio.

Y están los políticos, tan reacios como los anteriores al cuestionamiento, a la pregunta incómoda, al periodista, hombre o mujer, que no les sonríe.

Refiriéndose a esta relación endogámica entre políticos y opinadores, Ignacio Ramonet les atribuye conformar “una especie de corte frívola y mundana, donde se hacen la pelota los unos a los otros con conmovedora atención en la esperanza de obtener a cambio algún favor”. Y que conste: los políticos que así actúan son parte –con honrosísimas excepciones— de todo el espectro político.

El resultado más visible de esta deriva es el progresivo silencio frente a cuestiones cardinales para la salud de la democracia. El periodismo aspiró siempre, y el bueno sigue haciéndolo, a ser valladar de los abusos de los poderes constituidos contra los ciudadanos. Esto ha implicado históricamente la denuncia de la violación de los derechos humanos, la toma de posición frente a decisiones lesivas al interés general, la acérrima defensa de las libertades y la tolerancia, y la conversión en espacio de los sin voz. Abandonados progresivamente estos papeles, el periodismo pierde la confianza ciudadana.

Mas tras esta repartición de culpas, que no pretende ser salomónica, son necesarias las precisiones. Y, para mí, la primera de todas nos remite a la imposibilidad de avanzar en la democracia con un poder –público y privado— que se lucra de la falta de contrapesos, como sería un periodismo independiente y crítico que saque a la luz pública, con seriedad y sin aspavientos, el mucho daño que hacen a la institucionalidad la falta de transparencia, las prácticas corruptas, las opacidades. En ausencia de una opinión pública informada y crítica, la democracia se vacía de contenido y se reduce a meros rituales y a simple retórica.

No pocos dirán, encandilados por las redes sociales, que nuestras esperanzas ciudadanas de recibir una información menos mediada por los intereses corporativos y políticos, están en las vías cada vez más numerosas de acceder y compartir información, casi en tiempo real, que ofrecen las nuevas tecnologías. El pasivo receptor de antaño es hoy, gracias a esas tecnologías, un creador de contenidos con los materiales de lo inmediato. La Red ha venido a cambiar nuestros hábitos de consumo cultural, a situarnos en el epicentro de un proceso de intercambio que no tiene límite ni fronteras. Pero del mismo modo que el periodismo tradicional está plagado de falencias, la comunicación que se produce a través de las redes, y gracias a los teléfonos inteligentes y toda suerte de equipos, adolece de tamices que permitan contextualizar el hecho, conferirle profundidad mediante el dato comprobado y, si ha lugar, analizarlo.

Faltaría a mi propio convencimiento si dijera que veo en el buen periodismo la panacea de todos los males que asuelan a la sociedad dominicana. Nuestros problemas estructurales, nuestras injusticias e iniquidades sociales, políticas y económicas necesitan de algo más que una prensa crítica para ser resueltos: necesitan de una voluntad política que aún nos falta y de una ciudadanía empoderada propugnando una sociedad distinta. Pero creo también, y decididamente, que una prensa capaz de hundir su escarpelo en las tumoraciones de nuestro sistema socioeconómico y político, prestaría un servicio inestimable a una mejor República Dominicana. Es esa prensa la que el país echa en falta.

Pese a tanta circunstancia adversa, esa prensa y ese periodismo comprometido con la justicia y la democracia son todavía posibles.

Pese a tanta circunstancia adversa, esa prensa y ese periodismo comprometido con la justicia y la democracia son todavía posibles. Toca a las escuelas de Comunicación y a las organizaciones de periodistas, a cuya cabeza está el Colegio Nacional de Periodistas, emprender el esfuerzo de reencauzar nuestras prácticas profesionales elevando la conciencia ética del oficio y logrando el adecentamiento de las condiciones en las que este oficio se ejerce.

No puedo concluir sin expresar mi profundo agradecimiento a quienes promovieron que este premio me fuera concedido. Nunca me consultaron su propósito, quizá para prevenir que los disuadiera, rosca izquierda como dicen que soy. Agradezco de todo corazón a quienes defendieron mis méritos y a esa defensa añadieron como argumento un principio cardinal de la democracia: el respeto a las diferencias y a la pluralidad de las ideas. Agradezco al jurado haber convenido en otorgármelo.

Tampoco puedo dejar de mencionar a respetados colegas por los que siento un entrañable cariño: Aníbal de Castro, Bienvenido Álvarez Vega, Juan Bolívar Díaz, Osvaldo Santana y Eulalio Almonte Rubiera, el recientemente fallecido Radhamés Gómez Pepín. Todos ellos alimentaron mi crecimiento profesional, me retaron a ser cada día mejor, a luchar a brazo partido contra mis limitaciones. Sus críticas a mi trabajo, nunca complacientes, son la argamasa de este premio.

Y están también como artífices de la periodista que soy mis hijas Laura y Virginia y mi hijo Nassef, a quienes robé tantas horas en edades en que necesitaban de mi calor y mi atención. Me conforta que los daños colaterales provocados por mi ausencia hayan sido menores: los tres –íntegros, comprometidos con su país, solidarios y críticos– han sido siempre y lo serán hasta mi último día mi razón fundamental de vivir.
Y está mi amado nieto Juan Martín, de quien espero que, cuando yo falte, me recuerde siempre con amor y respeto.

Muchas gracias

Represión de la protesta

No tengo claro si la Oisoe debe ser cerrada solo porque en ella la corrupción es pecado original. Creo que el problema no son las instituciones, sino la manera en que son gestionadas, el provecho delictivo de lo público. De lo que sí no me cabe duda alguna es de que los responsables del dolo que irrita a la sociedad deben pagar sus culpas.

Foto: Acento/ Orlando Ramos

Foto: Acento/ Orlando Ramos

La presbicia política aboca a la imbecilidad de creer que todo el mundo es imbécil. Craso error. No satisface a la ciudadanía, y esto deben saberlo las autoridades, incluido el presidente Danilo Medina, el envío a la cárcel solo de quienes el arquitecto David Rodríguez García señalara como inductores de su suicidio. Difícil de tragar que un empleado de categoría media se agenciara el concurso de dos cómplices, por lo demás externos a la Oisoe, y montara un entramado extorsivo de tal envergadura.

Y porque la historia es infumable, la gente es suspicaz. Los ciudadanos y ciudadanas a quienes la Policía les impide desde hace cinco semanas protestar frente a la Oisoe, no están montando el circo que sí ofrecen los funcionarios y los políticos en cada ocasión en que un develado acto de corrupción los pone contra las cuerdas. Están pidiendo transparencia, están pidiendo justicia. Están pidiendo que se respete la inteligencia colectiva.

Más aún. Esos ciudadanos y ciudadanas, al intentar manifestarse pacíficamente frente a la Oisoe, buscan hacer real un derecho que, aunque nos desconcierte, en el país sigue siendo retórico: el de expresar públicamente la disidencia respecto a cualquier cuestión pública dañosa.

El despliegue represivo que les impide hacerlo es, en contrapartida, expresión de una conducta oficial antidemocrática y anticonstitucional. Ni el ministro de Interior José Ramón Fadul, ni ningún otro funcionario, no importa su categoría, puede desconocer la Constitución sin lesionar profundamente nuestro orden social y político.

¿Por qué no puede protestarse en los alrededores del Palacio Nacional? Fadul no argumenta razonablemente. Impone. Ejerce un poder desbocado, una autoridad deleznable. Imagino que a su pesar, la imagen que ofrece es la del connivente con la opacidad que rodea todo lo acontecido en la Oisoe. Y, para el común de la gente, esa imagen se convierte en explicación de la represión a los protestantes.

El Palacio Nacional no es un lugar sagrado que haya que resguardar de profanadores. Por el contrario: es sede del Poder Ejecutivo, que es mandatario, no mandante; que está para hacer cumplir el contrato social que le permite funcionar a la democracia y que la corrupción amenaza tan seriamente en el país.

Es de desear que siendo a su vez Fadul un subalterno del Ejecutivo, el presidente Danilo Medina lo llame a capítulo. Salvo, claro está, que la coerción de las libertades de la que el ministro es brazo ejecutor, cuente con su beneplácito.

El tiempo detenido

Sales del país por apenas unos días y, cuando regresas, tienes la sensación de no haberte ido nunca. De no haber saltado el charco. De que el tiempo no transcurre porque somos atemporales por obra y gracia de la repetición incesante.

Los actores del espectáculo pueden ser distintos, pero la trama es invariable. Estás clavado a treloju butaca en la sala del país-teatro. Los narcotraficantes Bruno Odos y Pascal Fauret burlan nuestro casi inexistente sistema de vigilancia judicial y llegan a París a mofarse de nuestra insularidad. Pero antes lo hicieron José Figueroa Agosto, Sobeida Félix Morel. O por otros motivos que la coca, José Michelén, Fulgencio Espinal, Frederic Marzouka… Datos, solo datos. No consuelan, pero explican.

Los fugados pilotos franceses viajan a bordo de una nave ligera donde aparece, –¡albricias!— el eurodiputado Aymeric Chauprade, tan ultraderechista que ni Marine Le Pen lo quiere a su lado, aunque Leonel Fernández, hace unos años, se vanagloriara de su presencia frecuente en Funglode. El entramado perfecto con un mayor contenido de racismo que de lógica matemática. Pero la embajada dominicana en París guarda silencio. Rosa de Grullón, tan eufórica entusiasta de los desfiles de moda y las celebraciones natalicias estilo flapper, no ha dicho “esta boca es mía”. Acaso no la tiene.

Peggy Cabral, cuya viudedad es una especie de empresa individual de responsabilidad limitada –sobre todo por no tener la obligación de un comisario de cuentas o de aportes— es nombrada embajadora dominicana en Italia. ¿Por qué? Son dos las razones principales: Miguel Vargas le paga su desaprendizaje ético y Danilo Medina le paga a Miguel Vargas el endoso de la franquicia. Y, claro, ella trueca su presidencia en funciones sin funciones en el Partido Revolucionario Dominicano por el placer inagotable de la eternidad romana.

Antonio Marte, de tan intragable imagen social, es hoy candidato a senador por Santiago Rodríguez en la boleta del Partido ¿Revolucionario? ¿Moderno? Indultado por Leonel Fernández en 2008 –guardaba cárcel por su implicación en la corrupción del Plan Renove— fue parte del parapeto que ocultaba la intención más relevante en aquel diciembre: sacar de la cárcel a Vivian Lubrano, uno de los cerebros del fraude en Baninter. Pero hay más. Vicente Sánchez Baret (Cotuí, 1939) encabezará la boleta senatorial del PRM en la provincia Sánchez Ramírez. Las deudas políticas son impagables.

Te vas y vuelves y encuentras que Altagracia Guzmán Marcelino, ministra de Salud, recurre en 2015 al manido y seudodemocráctico involucramiento de más de uno en el atajo del dengue. Hace casi diez años, José Rodríguez Soldevila, entonces secretario de Salud del gobierno de Hipólito Mejía, pronunció una antológica frase: “El problema del dengue se resuelve con que cada dominicano mate un mosquito diario”. De tanto mordérsela, el país se queda sin cola.

Y como si todo esto no bastara en apenas unos días, dos coroneles y un raso de la Policía irrumpen en una asamblea de movimiento Poder Ciudadano sostenida en el Centro Bonó. Toman fotografías, revisan listado de asistentes. Violan derechos fundamentales inscritos en la Constitución, pero su jefe, cerrando los ojos frente a la evidencia, ordena “una exhaustiva investigación” y espera que sus subordinados “expliquen” su comportamiento. Ganas de tomarnos el pelo: la Policía, pródigo nido de delincuentes, pretende ahora, y bajo la jefatura del general Nelson Peguero Paredes, convertirse en policía política.

Hay quien atribuye a Platón simplificar la frase de Heráclito hasta convertirla en la que doctos y legos conocen: “Nadie se baña dos veces en el mismo río”. Es decir, el cambio es incesante. Menos aquí, que nos perdone el filósofo por refutarlo con tanta contundencia.

La OISOE y la justicia (y 2)

Los prolongados interrogatorios este lunes al exdirector de la OISOE, Miguel Pimentel Kareh, y a quien fuera director técnico de la institución, José Florencio Estévez, terminarían en agua de borrajas si no ayudan a establecer las reales responsabilidades en la red de extorsión y chantaje develada por el suicidio del arquitecto David Rodríguez García.

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Partamos de reconocer y respetar escrupulosamente el derecho constitucional de los involucrados a la presunción de inocencia. Pero asimismo admitamos, sin que implique juicio condenatorio previo, que resulta cuesta arriba aceptar que prácticas corruptas de la envergadura de las denunciadas pudieran ser llevadas a cabo solo por empleados subalternos.

Lo salido a flote hasta ahora deja dos cosas meridianamente claras: la red extorsiva contaba con una abundancia de dinero y un poder de decisión tales que es casi inimaginable que sus hilos fueran movidos por gente notoriamente carente de ambas cosas, como los que ya enviados preventivamente a la cárcel Yoel Soriano, Alejandro de los Santos y Julio Rafael Pérez Alejo.

No se trataba de macuteo –seña de identidad de la gestión pública— sino de la apropiación ilegal de sumas de dinero millonarias mediante la dilación de los pagos de las cubicaciones con el propósito de  llevar a los ingenieros y arquitectos a la desesperada aceptación de préstamos usureros cuyo reembolso los despojaba de los beneficios de su trabajo.

De ahí que tras los interrogatorios a Florencio Estévez y Pimentel Kareh realizados por la Procuraduría Especializada Anticorrupción Administrativa (PEPCA), la gente espere ser informada de los resultados. Sin engañifas jurídicas. Sin medias tintas.

Circo ya hay bastante, nutrido y colorido, por lo que es impertinente suponer que los reclamos de transparencia en el manejo de este asunto obedezcan a la proclividad nacional a divertirse “manchando”  honras. Lo que se exige de las autoridades, y se hace con absoluto derecho, es la investigación ecuánime de las denuncias, pero también la valentía de no excluir responsabilidades por razones extrajudiciales.

La ciudadanía –o parte de ella, para que no protesten por su inclusión los que la corrupción no les va ni les viene— espera, nuevamente, que se haga justicia. Hay demasiada impunidad ofensiva. Demasiada “indelicadeza” dejada pasar por debajo de la mesa. Demasiado delincuente prevalecido en sus vínculos políticos.  En contraposición, hay cada vez menos gente dispuesta a que le sigan tomando el pelo. Y de esto último deben estar al tanto quienes nos gobiernan.

La OISOE y el béisbol (1)

Nunca sabremos si al momento de dispararse a la sien en un baño de la Oficina de Ingenieros Supervisores de Obras del Estado, al arquitecto David Rodríguez García le pasó por la mente que la bala de su pistola estallaría con fuerza devastadora en la red de corrupción que lo hizo presa. Mas ese ha sido el resultado: de las alcantarillas de la institución ha comenzado a salir toda suerte de inmundicias, asqueando hasta la náusea a una buena parte de nosotros.

Quizá por primera vez en mucho tiempo, la sociedad dominicana se enfrenta de manera tan dolorosa al vínculo público entre David Rodríguez-Garcíacorrupción y tragedia personal. El conmovedor drama de Rodríguez García explicaría, en buena medida, por qué los resortes de la opinión pública se han disparado con tal fuerza frente a una práctica, la corrupción, que ha venido siendo tolerada, cuando no aprovechada, por otros sectores ajenos al sistema político.

Su nota denunciando los nombres de quienes lo condujeron, mediante la extorsión y el chantaje, a decisión tan extrema, es apenas la punta del iceberg. El témpano al que esta punta pertenece no ha sido tocado aún. Quizá no lo sea nunca. Nuestra historia del último medio siglo testimonia de la impunidad de la clase política y no abona la esperanza.

Mas en lugar de hacer de las propicias circunstancias un uso social productivo; uno que permita, aunque sea, poner pequeños frenos a la corrupción endémica y llevar a la cárcel a sus responsables, grandes y pequeños, estamos asistiendo en los últimos días a la dilución de esta posibilidad en un mar de chismografía barata que distrae del meollo del problema. En esta operación de distracción, sea o no intencional, juegan un notorio papel algunos “líderes opináticos”, que no son otra cosa que ese “tipo de actor a caballo entre la comunicación y la política…” que define con tanto acierto Félix Ortega, un implacable estudioso español del fenómeno mediático.

Ortega sabe poner al desnudo el alma del periodismo que ejerce el “opinático”: “El periodismo que aspira a dirigir la sociedad es fácilmente reconocible por la utilización masiva de dos recursos que sustituyen radicalmente a la información: la charlatanería y la opinión infundada (…). En vez de atenerse a lo que se sabe (en el caso de que se sepa), se procede en orden inverso: se recrea todo un universo de posibilidades (verosímiles pero improbables) acerca de lo que ha sucedido”.

Si una piensa en el entramado corrupto de la OISOE –y de cualquiera otra institución pública— y se lo imagina como una hidra de siete cabezas, no fantasea. Cortas una y le renace. Para poner coto a la reproducción de la corrupción, tenemos descabezarla de tajo y sin tregua. Y eso, entiendo yo, solo se logra con una ciudadanía empoderada, movilizada, informada. En la calle. No con cherchas banales que buscan efectos públicos más pasionales que racionales, que es táctica consuetudinaria de todo charlatán.

La carta de Miriam Germán

El acoso del juez Frank Soto a la jueza Miriam Germán no es fruto –o no tan solo- del sexismo, pedestre e irreprimible, que signa la cultura masculina. Su origen más arraigado es una visión del poder que exige la sumisión como condición de existencia de sus sometidos.

Una frase dicha por Soto sobre Germán revela sin equívocos lo que subyace a su ira: “Esa mal agradecida no era la persona adecuada para que la asignaran en este cargo”. Soto no reprocha la supuesta o real incompetencia de la magistrada, sino su insubordinación a las directrices implícitas de quienes manejan los hilos del entramado judicial.

(Tomada de Acento/ Orlando Ramos)

(Tomada de Acento/ Orlando Ramos)

No descalifica a Germán en el plano jurídico, que incluiría, por ejemplo, endilgarle una mala aplicación de las leyes. Le enrostra desagradecimiento. ¿A quién desagradece? Quizá a Leonel Fernández, quien presidió el Consejo Nacional de la Magistratura en el que ella fue electa. En el imaginario propio y en el de sus secuaces, Leonel Fernández era un padre que repartía premios y castigos. La lealtad era, sigue siendo, la retribución natural esperada por los primeros; el ostracismo, la consecuencia de los segundos.

En eso parece pensar Soto cuando denuesta a Germán. Cuando traspasa todo límite del irrespeto, que se exacerba cuando la jueza disiente del criterio de la mayoría, como ella misma escribe. Soto quiere no una jueza, sino una ilota. Alguien que no perturbe la placidez de las complicidades. Que simplemente asienta para “salvaguardar” la imagen de la Justicia, tan motu proprio devastada que no necesita de la divergencia de una jueza para ser peor.

Soto reclama la unanimidad o, en su defecto, el silencio. “Este tribunal tiene por todos lados cuestionamientos de personas mal intencionadas y Usted con sus votos nos echa un cubo de lodo”, le espeta a Germán. El retorcimiento es conocido: pone sobre los hombros de la aludida la pesada carga moral de preservar la integridad del grupo. La culpabiliza del menoscabo. Así que vote según la mayoría, no según su libre interpretación del acto enjuiciado, anúlese, es lo que le dice Soto a Germán. Él nunca se detendrá a pensar en el porqué de los cuestionamientos al tribunal. Le basta con saber que quienes lo hacen son personas “mal intencionadas”; es decir, perversos, como la desagradecida Germán. El autoritarismo deja muy pocas cosas en la indefinición.

¿Actuaría Soto de la misma manera frente a un hombre? Casi con toda seguridad sería menos virulento, pero creo que lo haría. La cólera la provoca que el otro o la otra no chapotee en las mismas turbias aguas. Que no se ajuste a los deseos orwellianos de unanimidad. Que salga ideológica y éticamente inmune de esa “habitación 101” en la que el Poder político se esfuerza en convertir a la sociedad dominicana.

Roberto Salcedo y la ciudad

Sigo casi con pasión las gestiones municipales de la madrileña Manuela Carmena y la barcelonesa Ada Colau. Me complazco, como si fuera munícipe del ayuntamiento respectivo, cuando leo que Carmena le torció el brazo a las empresas recolectoras de basura, largamente beneficiadas por su antecesora del derechista Partido Popular, Ana Botella, obligándolas a paralizar la reducción de nómina y a incrementar en 500 los trabajadores que limpian calles y parques de Madrid. Y que en Barcelona, Colau suspendió la concesión de licencias para alojamientos turísticos con el objetivo final de evaluar y diagnosticar el impacto social de la ofertaroberto salcedo valla existente sobre la ciudad y la calidad de vida de la gente.

Aquí, en el Distrito Nacional dominicano, cosas como estas son impensables. Autoritario, personalista, pero sobre todo empresario de éxito aunque escaso de algunas luces, Roberto Salcedo maneja la ciudad como una más de sus empresas privadas. Con un bagaje cultural rengo, ha dejado su impronta en el espacio público con adefesios como el “zooberto” (le encantaron los parques temáticos de Disney), asolado los árboles de avenidas principales para sembrarlas de palmeras (como en Miami, desde luego), pintado en los postes del alumbrado público unas franjas que nada dicen a nadie (vio de joven a un hombre cometer feminicidio junto a uno de ellos, y de este modo crea “conciencia”), y construido con dinero público un anfiteatro en zona residencial del que la ciudad solo recibe perjuicios y sus socios (¿o sosias?) pingües beneficios. Y pare de contar, que el vía crucis de la ciudad tiene estaciones innumerables.

Mas como si los torturantes catorce años que lleva al frente del Ayuntamiento del Distrito Nacional fueran poca cosa, Roberto Salcedo sigue en liza. Su propaganda electoral es como para producir una apoplejía. Una frase bastaría: “Roberto es cambio”. Para hacer explícito el (falaz) mensaje, la valla despliega en segundo plano una imagen el anfiteatro Nurín Sanlley, fuente de abuso sin cuento contra todo un sector vecinal impotente.

Pese a todo, es muy probable que Salcedo logre su cuarta candidatura consecutiva. Afiliado al grupo de Leonel Fernández en el Partido de la Liberación Dominicana, las negociaciones para el reparto del poder electoral con los seguidores de Danilo Medina, le aseguran, por lo menos, la competencia. Y como los peledeístas parecen gozar, todavía, de la habilidad de conceder para no perder, el Distrito Nacional, donde siempre han sido electoralmente fuertes, votaría por él, si es candidato, sin reparar en su pésima calidad de gestor de la ciudad. Consecuencia estomagante de esta política vernácula de transacciones espurias, para la que los ciudadanos y ciudadanas nada cuentan. Y consecuencia, también, de la modorra social de los munícipes, tan centrados en la contemplación del ombligo de su pequeño mundo. Pero esto último es harina de otro costal.