Haciéndonos los tontos con Odebrecht

Desde el sentido común, y en lo que el hacha va y viene, parece relativamente fácil iniciar una investigación sobre los sobornos pagados por la empresa brasileña Odebrecht desde su desembarco  en el país en 2001 hasta el 2014.

Piensa el lego que, además de solicitar información a las autoridades judiciales norteamericanas sobre lo dicho por Odebrecht en la negociación publicada esta semana, las autoridades locales podrían ir ocupándose de listar las obras construidas por la empresa en los 14 años que cubren los sobornos e identificar quiénes estuvieron a cargo. Sin excepción: desde el Acueducto de la Línea Noroeste hasta las controvertidas plantas de Punta Catalina.odebrechtfoto

Dice Marcos Barinas, arquitecto y planificador urbano, que con los 92 millones de dólares pagados/cobrados en sobornos, se construirían 3,500 viviendas sociales. Esto sin contar con la –¿por qué no?— presumible recuperación de lo “invertido” por Odebrecht a través de la alteración del costo de las obras adjudicadas con tan malas artes.  ¿Es decente la indiferencia?¿Es decente cerrar los ojos?

Va de suyo, también en el supuesto de sentido común que reza  “quien no tiene hechas no tiene sospechas”, que ningún funcionario, incluidos los expresidentes Hipólito Mejía y Leonel Fernández y el presidente Danilo Medina, pueden sentirse desconsiderados si se les llama a declarar. Lo mismo vale para los socios criollos del emporio brasileño, que los hay y son conocidos.

Aunque quizá sea un poco tarde, también podría la Procuraduría seguir el ejemplo de Perú y Ecuador, y allanar las oficinas en el país de la constructora brasileña para incautarse de cuanto documento pueda arrojar el menor indicio de responsabilidad en la trama corrupta. Claro, para hacerlo se necesita no estar comprometido con el apañamiento del ilícito, tener más conciencia cívica que compromiso político, y este no parece ser el caso del actual jefe del Ministerio Público.

Y podrían, procurador y otros funcionarios, dejar de hacerse los tontos de capirote (o de creer que los dominicanos y las dominicanas lo somos) cuando declaran que están a la espera de informes y documentos extranjeros para comenzar a aclarar la turbidez de nuestras propísimas aguas. La verdad monda y lironda es que si quieren, pueden. Lo dudoso es que quieran. En el país, el rechazo a la corrupción es débil y episódico y, por lo general, más propenso a la alharaca que al involucramiento ciudadano que dé frutos. En esta certeza se han guarecido los corruptos. Ojalá que no para siempre. Ojalá que hasta un día.

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Abel Martínez, los “progres” y la homofobia

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Desde hace días circula en las redes la foto de dos jóvenes presuntamente homosexuales que aparecen de espaldas y esposados. La fuente es la página en Instagram de la Alcaldía de Santiago, encabezada por Abel Martínez, ex diputado y ex presidente de la Cámara y alto dirigente peledeísta, cuya única frase memorable es aquella con la que urgió a sus secuaces a aprobar el presupuesto de 2012 que no habían leído ni discutido: “Voten, honorables, voten”.

Quizá por entender que la alcaldía de una ciudad como Santiago es mejor pértiga que una diputación, por muy prolongada que esta sea, Martínez dio vuelta al timón y cambió el rumbo de su nave política. Serísimos conflictos intrapeledeístas de por medio, se convirtió en alcalde de una ciudad que, como la inmensa mayoría de las dominicanas, está ahíta de charlatanes, solo que es la segunda en importancia y forma parte relevante del entramado de poder social y económico que bloquea o aúpa políticos.

Llegado al cargo, Martínez ha decidido poner huevos y cacarearlos, no importa si son hueros. Tanto cacarea que lo hace hasta cuando come guineas a la orilla del río que, dice, lo vio nacer, como si su hartura importara a los munícipes. Por eso no me sorprende que, en pose de Chapulín moralizador, hiciera publicar en la mencionada cuenta de la alcaldía la foto de los dos jóvenes apresados.

Después del circunloquio, entro en materia. La reacción en las redes sociales por la foto, mayoritariamente crítica con el alcalde, relieva la condición homosexual de los apresados y le atribuye a Martínez actuar impulsado por la homofobia, pero sin mencionar los motivos del apresamiento. Prescindo de citar otras imputaciones que, a mí, me resultan inaceptables.

Como sucede a menudo, en este caso los árboles  impiden ver el bosque. Perdemos en aspavientos pseudoprogres la oportunidad de poner el dedo en la llaga de una autoridad de progenie trujillista que, en la alcaldía santiaguera, se publicita con un eslogan que desnuda su ideología: “¡Es hora de respetar!”.

¿Respetar qué? ¿Respetar a quién? ¿Respetar por qué? Sin en lugar de entretenernos en chácharas ansiosas de “likes” comenzáramos a impugnar el autoritarismo que enseña el refajo en el eslogan edilicio santiaguero (y que norma la práctica oficial), estaríamos poniendo un granito de arena al debate democrático tan necesario –y aún ausente— en nuestra sociedad.

Para empezar, los jóvenes apresados cuya foto difundió la propia alcaldía de Martínez, lo habrían sido (versión oficial) porque sostenían relaciones sexuales en el parque Imbert. Es decir, en un lugar público. Una conducta que puede resultar ofensiva para muchos y muchas, incluida yo, que defiendo a capa y espada el derecho a la opción sexual. Creo, como mucha otra gente, que la libertad personal no puede avasallar la de los demás. Y no ser testigo involuntario de ningún tipo de relación sexual es parte de mi libertad y mis derechos. Una cosa distinta sería que los dos jóvenes fueran apresados porque se hacían carantoñas, demostrando el amor que sienten el uno por el otro. O porque se besaban como lo hacen, con la mayor licencia social, los heterosexuales. Pero relaciones coitales en un sitio público tiene otras implicaciones.

Más que por la presunta condición homosexual de los jóvenes apresados, utilizada como arma arrojadiza contra el “homófobo” Abel Martínez, yo me preguntaría quién detuvo a esos jóvenes, con qué derecho, cuáles artículos de no sé cuál código viola la publicación de la foto en la que, pese a aparecer de espaldas, pueden ser identificados por conocidos. Me preguntaría, e indagaría hasta saberlo, si la alcaldía incurrió en una violación del derecho a la imagen, al honor personal, y si por haberlo hecho es pasible de una acción legal reparadora. Y apoyaría a los agraviados con la publicación de la foto si buscaran ser resarcidos. Mas sin olvidar que ellos agraviaron a otras personas y que alguna responsabilidad deben asumir por ello.

En lugar de hacer eso, las redes han reproducido hasta la náusea la foto (infamante), amplificando el daño que dicen rechazar. Uno autoritario, porque está en su ADN político; otros sensacionalistas con el taparrabo de la “justicia”. Todo porque, en el mundo tubular que es el de algunos y algunas, lo que importa es echar lodo sobre el que escogen como blanco de su particular y mediática indignación.

Desconsuela también comprobar que, en este caso, el abuso contra estos jóvenes (abstracción hecha, repito, del que ellos habrían cometido contra los demás) ha sido borrado por los comentarios –estos sí comprobadamente homófobos– contra Martínez. La ligereza se paga caro.

La Habana no es una vieja dama digna

cuba-230LA HABANA. A diferencia de años anteriores, cuando el paisaje cubano era acorralado por inmensas vallas que gritaban mensajes revolucionarios, ahora casi se las echa en falta. Solo en las paredes no escasean las consignas. Tampoco escasean los rostros de Fidel y el Ché, epítome el primero de un proceso que lleva ya casi cincuenta y ocho años, símbolo cuasi religioso el segundo. No muchas veces, todavía, aparece el de Raúl.

En las áreas restauradas de la Vieja Habana, mesa servida para un turismo creciente, la iconografía revolucionaria es hoy un producto vendible en moneda dura. Ya no amenaza. La banalización comercial la ha despojado de su significado primigenio. Los turistas compran cachuchas verde olivo, camisetas con el Ché inmortalizado por la cámara de Korda, viejos afiches y viejos libros expuestos por los libreros de la Plaza de Armas, con el mismo indiferente desparpajo con el que beben un mojito en La Bodeguita del Medio o un daiquirí en el Floridita. Con el mismo indiferente desparpajo con que bailan, contorsionándose como marionetas, en el portuario bar-restaurante Dos Hermanos.

No es la única incongruencia, si así puede llamarse. En el Hotel Nacional, declarado Memoria del Mundo por la Unesco y Monumento Nacional por el gobierno cubano, un enorme retrato de un joven Fidel Castro, mochila al hombro, preside el vestíbulo donde decenas de turistas arrastran sus maletas, abrasados solo por el deseo de ir a tumbarse al sol, bebida en mano. En este ambiente de jolgorio lúdico, la foto del líder recientemente fallecido parece una rareza. Sobre el dintel de uno de los varios salones de fiesta, Compay Segundo sonríe. El domingo, en la pared del pasillo que conduce a ese mismo salón, el Ché también sonreía; el jueves había desaparecido para dar paso a un estand donde se venden objetos diversos a la pléyade de artistas que se dan cita en La Habana con ocasión del Festival Internacional de Cine.

Construido en 1930, el Hotel Nacional ha sido escenario de importantes acontecimientos. Dos de ellos, aunque de diferente signo, destacan en su historia: la reunión en diciembre de 1946 de todos los jefes de la mafia en los Estados Unidos, incluido el capo de capos Lucky Luciano; y el atrincheramiento de soldados que cavaron túneles en sus jardines cuando la llamada Crisis de los Misiles en octubre de 1962. Una exposición, organizada en uno de ellos, y anunciada en un cartel, rememora este último acontecimiento. Como muchos otros sitios de interés, sus puertas permanecen cerradas mientras el encargado se pasea por los extensos jardines que miran al mar, indiferente al reclamo del potencial, y escaso, visitante.

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Esta vez el taxista es graduado en Economía de la Universidad de La Habana. Para explicar el porqué en la ciudad ya no abundan ni vallas ni afiches, desarrolla toda una teoría macroeconómica. Habla del “desperdicio” en causas ajenas de los recursos obtenidos por Cuba gracias a la “cooperación” de la hoy desaparecida Unión Soviética y, posteriormente, de la Venezuela de Chávez. La “solidaridad” sustituyó la necesidad de desarrollar el aparato productivo cubano y hoy se pagan las consecuencias. Tantos han sido y siguen siendo “los recortes” que no hay ni siquiera para la necesaria propaganda.

En el perímetro en el que el Historiador de la Ciudad Eusebio Leal impulsó la recuperación del añejo esplendor, se levantan andamios desde los cuales los trabajadores se afanan en reconstruir el trozo de soportal destruido por el tiempo y la desidia, devuelven la integridad a la columna neoclásica llena de muescas, lavan a presión fachadas ennegrecidas por incontables capas de polvo. Pero ahora la restauración no está en manos de su principal soñador y artífice: en agosto pasado, los trabajos fueron de las manos de Habaguanex, S.A., la empresa creada por Leal, a las del Grupo Administrativo Empresarial, vinculado estrechamente con las Fuerzas Armadas Revolucionarias. La sensible inteligencia de Leal, quien una vez dijo, evocando a Martí, “Dos patrias tengo yo: Cuba y la noche”, ha sido revocada por la visión pragmática que, según se rumorea, busca más rentabilidad y menos historia.

Su última obra consumada fue un edificio acristalado en el antiguo embarcadero de donde salen las lanchas hacia los municipios de Regla y Casablanca. No es deslumbrante, tampoco grande, pero sí habla del esfuerzo por recuperar zonas de la vieja ciudad en deterioro extremo. Un poco más allá, sobre las aguas hasta hace poco peligrosamente contaminadas se construyó una estructura que permite recrearse en la belleza del lugar, pero un militar impide el paso: pese a su reciente inauguración, estaba cerrada para corregirle daños. Metros más, un viejo almacén maderero ha sido convertido en cervecería que, a la hora de la visita, aún no había abierto sus puertas. En frente, la Alameda de Paula, construida en 1777, ha sido remozada y puede recorrerse tranquilamente si se soporta la extraña pestilencia que trae la brisa, como lo hace un grupo de niños y niñas que juegan volibol bajo un sol inclemente.

Muchos otros antiguos edificios, representativos de la rica y diversa arquitectura cubana de los tiempos anteriores al triunfo de la revolución en 1959, están cercados por altas vallas que resguardan a los ojos de los curiosos los trabajos que se realizan en su interior. El gobierno está apostando seriamente al turismo mezclando en un mismo cóctel de mercadeo la belleza de la ciudad, la nostalgia de un pasado esplendente y la atracción del mito. Pero algunas de las personas con las que se comenta el fenómeno temen que, al igual a como sucede en otras ciudades, este afán económico y empresarial produzca (en buena medida ya lo hace) un proceso de gentrificacion que termine complicando más aún la vida de importantes sectores poblacionales.

En las calles de Centro Habana, fuera del circuito turístico, el panorama es bien otro. El deterioro abruma. Calles polvorientas y rotas, aceras por donde es difícil caminar. Viviendas que se caen a pedazos producto del descuido y del frecuente hacinamiento. Fachadas históricas que han ido perdiendo su valor bajo las adiciones incontroladas de familias que buscan espacio donde vivir a como dé lugar. No es infrecuente ver edificios de más de un piso, verdaderas joyas arquitectónicas, que han perdido los techos y parte importante de su estructura en los que, sin embargo, viven personas.

En los lugares más céntricos y concurridos del turismo, los viejos descapotables se alinean a la espera de clientes. Los encuentran a montones. Están pintados con vívidos colores que brillan al sol y corren raudos por las despejadas avenidas habaneras. Los turistas agarran con sus manos los sombreros que los protegen para que no los lleve el viento, o los levantan como si fueran el indisputable trofeo de un indisputable goce. Ellos, venidos de la hipermodernidad del primer mundo, ríen como locos por esta cópula efímera y turbulenta con el tiempo detenido.

(Publicado originalmente en el periódico Diario Libre, el domingo 11 de diciembre de 2016)

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La envidia del pene de Susan Sarandon

Actress Susan Sarandon arrives at the Time 100 gala celebrating the magazine's naming of the 100 most influential people in the world for the past year in New YorkDespués de la insuperable Meryl Streep, mi actriz estadounidense favorita es Susan Sarandon. Si no recuerdo mal, fue su película “Thelma y Louise” la primera que visioné de ella, aunque para entonces su filmografía era ya extensa. Esa empatía entre mujeres, que encuentra su culmen en el suicidio como último gesto de libertad, me estremeció de pies a cabeza. Además, Susan Sarandon ha mantenido posturas críticas con el “stablishment” de su país y apoyado causas pertinentes. Al igual que a Meryl, también comprometida con una mejor sociedad, la admiro como actriz y como ciudadana.

Pero hasta el Sol tiene manchas. En el 2000, Susan Sarandon se decantó electoralmente por Ralph Nader y se declaró en contra de Al Gore, que disputaba la presidencia al candidato republicano George Bush. Su tardío arrepentimiento sirvió de nada. Entonces, como ahora hace con Hillary Clinton y Donald Trump, afirmó que votar por Gore era lo mismo o peor que hacerlo por Bush. Y ya sabemos cómo fue el gobierno de Bush y cuál su legado. Durante las primarias demócratas de 2008, Sarandon brindó su apoyo a John Edwards en contra de Barack Obama y Hillary Clinton. Cuando aquél fue descartado se arrimó a Obama.

En la lucha interna demócrata por la candidatura presidencial de este 2016, su fogosidad política la dedicó a la causa de Bernie Sanders. Derrotado su candidato, decidió romper lanzas contra Hillary Clinton, reviviendo para ella frente a Trump lo que dijo de Gore frente a Bush: que la demócrata es peor que el republicano. Está demostrado que no teme equivocarse porque, al parecer, se siente ungida por la razón histórica, pese a lo mucho que ha sufrido el mundo desde que Bush, por citar un episodio que la involucra, se hizo malamente con la presidencia norteamericana.

Nadie que aprecie el debate democrático criticará a la actriz sus opciones electorales, si bien son discutibles sus razones. Mas respetar no equivale a extender una patente de corso. Y eso es lo que parece creer Susan Sarandon que posee cuando vitupera a las mujeres que respaldan la candidatura de Hillary Clinton. Porque ¿qué otra cosa hace la actriz cuando afirma que ella no vota con la vagina? Sin buscar la quinta pata al gato es obvio que establece una diferencia en la calidad de su voto contraponiéndola a la calidad (mala) de quienes secundan a la candidata demócrata.

Ella sí que sabe lo que es correcto hacer, y eso le da la potestad de descalificar y descerebrar a quienes no proceden como ella. Pero a la hora de evaluar sus declaraciones no olvidemos que Sarandon es blanca, rica, famosa y parte de una élite social que disfruta de garantías para ejercer de progresista sin que eso le arriesgue un pelo. Sarandon puede darse el lujo de proclamar que no vota “con la vagina” porque no es inmigrante (individuo de indefinida categoría humana), no es negra (con la violencia racista pendiendo sobre su vida, pregunten a Black Lives Matter), no es trabajadora fabril, informal o doméstica ni deja la piel en la economía sumergida, es actriz oscarizada; no es pobre (en el 2014 perdió cerca de 20 millones de dólares en una mala inversión inmobiliaria y eso permite hacerse una idea de su fortuna); no es anónima como las decenas de millones de inmigrantes a quienes Trump ha llamado delincuentes y amenazado con mano dura, es una estrella. Y pare de buscar desemejanzas entre Sarandon y los millones de mujeres que desde su marginalidad sí le tienen miedo a Trump.

Por si fuera poco, Sarandon prefiere definirse “humanista” y no feminista porque “(E)l problema de muchas mujeres que se denominan feministas es que no tienen sentido del humor y eso hace que las feministas tengan mala reputación. Por eso, digo que yo no soy feminista, soy humanista. Mi hija siempre dice que las feministas son mujeres estiradas que odian a los hombres. Y es verdad”.  Un razonamiento tan elemental, sesgado y prepotente como el que hace sobre la actual coyuntura electoral de su país. A mi, como feminista, me rebelan sus opiniones.

Acreditemos que Sarandon no vota con su vagina; pero yo me atrevo a apostar que si el misógino Freud reviviera y la acostara en su diván le diagnosticaría certeramente envidia del pene. Porque no hay nada más masculino que tratar de arrebatar cuando se pierde.

Carta a David Collado de una ciudadana humillada e impotente

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Sr. Collado:

Desde hace 35 años vivo en el mismo lugar. Vale decir, la mitad de mi vida, lo que permite a cualquiera suponer cuán entrañables me resultan las cuatro paredes que resguardan mi intimidad. Durante estos 35 años he sido testigo del vertiginoso desarrollo de Bella Vista, de su crecimiento vertical y de lujo, cada vez más contrastante con la modestia y progresiva decrepitud de mi edificio. Pero todos los días veo el mar, casi siempre de una deslumbrante gama de azules; otras, como hoy, de un gris plomizo. Verlo es un regalo cotidiano, un antídoto contra el Prozac. Nunca, ni un solo día, esta imponente visión del mar me ha dejado indiferente o producido iguales sensaciones. Es siempre un descubrimiento, una epifanía.

Mas debo decir también que los 14 últimos años fueron diluyendo poco a poco la tranquila satisfacción de vivir en esta, mi casa. Roberto Salcedo se encargó de ello. Su estilo chabacano y autoritario de manejar la ciudad, su ordinariez privada y pública, su demagogia política, su desprecio por los munícipes y su espíritu comercial, convirtieron progresivamente el parque Mirador, que pone una intensa línea verde entre el mar y yo, en el lugar por excelencia del jolgorio. Todos los fines de semana, alguna actividad de cualquier naturaleza montaba sus potentísimas bocinas haciendo añicos el silencio de la zona. Hubo ocasiones en que los decibelios alcanzaron tal potencia que su expansión hizo vibrar las paredes. Pero pagaban generosamente al “responsable” correspondiente. Agregue a esta historia los varios años antes de Brillante Navidad en los que le dio a Salcedo con montar, durante todo el mes de diciembre, día tras día, unos conciertos de música popular que comenzaban a las siete de la noche y se extendían hasta las once o más. O ese domingo al mes en el que en el parquecito Joaquín Balaguer (¡vergüenza de nombre!), justo al principio del Mirador, y desde las dos de la tarde hasta medianoche, se convertía en la delirante plataforma de la atonicidad de la música electro. Quejarse a la Policía fue siempre inútil. Roberto Salcedo era el síndico, estaba en el poder, su Partido de la Liberación Dominicana le había extendido una patente de corso. Pero llegó el 911 y la promesa de Gustavo Montalvo de que el ruido innecesario de la ciudad disminuiría porque los ciudadanos y ciudadanas podríamos, desde entonces, recurrir a este servicio para preservar nuestra tranquilidad apelando al cumplimiento de la ley. Mentira absoluta. Mentira rotunda. Mentira demagógica.

Se lo digo, David Collado, por personal experiencia: me quejaba al 911 por el ruido en el Mirador que me molestaba porque excedía los cuchucientos decibelios, y para atender mi queja me pedían hasta el acta de nacimiento del ruidoso, el color de su ropa interior, la partera que lo atendió en el, posiblemente, recóndito campo de su nacimiento. Incapaz de satisfacer tanto requerimiento, cerraba el teléfono y lloraba. Era una ciudadana de mierda. No era nadie, absolutamente nadie. Déjeme decirle, David Collado, que mis dolorosas experiencias de ruido y desatenciones de los responsables de controlarlo, me indujeron a poner ventanas reductoras de ruido en una de las habitaciones, esa que hace de oficina donde leo y escribo, donde me gano precariamente la vida. A la par, cerraba todas aquellas puertas, todas aquellas ventanas, todos aquellos huecos, por donde pudiera colarse el ruido perturbador. De tanto cerrar, me convertí en prisionera en mi propio espacio íntimo, que tanto había amado hasta entonces. ¡Presa en mi propia casa! Fue entonces cuando, por primera vez en 35 años, pensé en vender, aun cuando sabía que lo obtenido jamás me permitiría comprar un apartamento desde donde pudiera ver el mar.

Pero acortemos la narración del camino al Gólgota de mis humillaciones ciudadanas. Es ocioso reproducir sus detalles. Lleguemos al 15 de mayo pasado. La acartonada mentira edilicia de Roberto Salcedo se resquebraja, y el ruido se escuchó en las urnas. En lugar de molestar, ese ruido reconfortó. En los labios de muchos y muchas votantes, apareció una sonrisa. Es el último ruido, y que bueno, dijimos. Y llegó usted, David Collado, emprendedor, joven, diciéndose comprometido con la ciudad, aunque su prioridad sea la zona colonial por razones más o menos entendibles.

Cuando usted ganó la alcaldía, David Collado, pensé que las cosas cambiarían. Que usted, por lo menos, repartiría equitativamente las migajas que dejaba en su mesa la prioridad colonial. Algo es algo, me dije. Una llega a veces a tal grado de desesperación que se resigna a recibir el último rastrojito del pan. Así de miserable nos hace una sociedad sin derechos.

Durante el tiempo que transcurre entre el 15 de mayo y el 16 de agosto yo, su votante, me ilusioné con la idea de que había recuperado la tranquilidad. Silencio absoluto en el Mirador durante varias semanas. Escuchaba por primera vez en mucho tiempo sabatino o dominguero, el trinar de las aves, o disfrutaba el paso de la incontable bandada de pericos haciendo piruetas frente a mi ventana. Me sentía feliz de aquel silencio que me reconciliaba conmigo misma. Ese silencio al que tengo derecho como ser humano y como ciudadana.

Pero todo concluyó hace una semana. El domingo 25 de septiembre por el Mirador pasaron las hordas de Atila y no dejaron espacio libre de basura. La carrera Cartoon Network se encargó de devolvernos a la realidad del país en que vivimos: sin reglas, sin normas, excepto la del “atento a mí”, que impone sin apelaciones la ley del más fuerte… y salvaje. El volumen del ruido que produjo esta carrera es solo comparable con la basura dejada a lo largo de casi dos kilómetros por estos desaprensivos, la mayoría montados en yipetas. Este domingo 2 de octubre fueron Avon y su carrera dispuesta a convencernos de que existe una “belleza con propósito” los que hicieron de las suyas. Impunemente. Salvajemente. Prevalecidos, empresa y organizadores, en esta miserable impunidad que decreta la cercanía con el poder.

Señor David Collado: créame que estoy consciente de que escribirle no vale para nada, o que vale de muy poco. Son las 6:41 de la tarde de este domingo plomizo y pese a mi ventana reductora de ruidos escucho a una desaforada muchacha exhortar a Gerard y a Joseph (sí, eso dijo) a no rendirse. No sé si es esta la carrera de Avon que todavía a estas horas continúa en sus buenas, o si es otra. Todas las ventanas están cerradas. Tengo calor porque carezco de aire central, y ni siquiera aire acondicionado en ninguna de las habitaciones. Y tengo rabia, mucha rabia. Contra usted, contra los que hacen pasar la ley, usted incluido, por sus rincones más oscuros y apestosos. Casi diría que, en este momento, los odio.

¿Le digo la verdad a esta hora de la tarde, la número doce y dieciséis minutos desde que el desorden comenzara en el Mirador? Usted me decepciona, aunque quizá alguien, con justa razón, me reproche que solo me decepciona un espejismo. No hay que esperar cien días para saber por dónde va un funcionario. Y usted va mal, David Collado. Nada dice de sus capacidades que vaya demagógicamente a apretar la mano de los pobres de los barrios, ni montar su oficina a pleno sol, si es incapaz de tomar, avalado por los munícipes, las riendas de la ciudad.

Usted es cómplice de la violación de la Ley 287-04. Peor, usted es el responsable absoluto de que ciudadanos autorizados por usted coloquen esta ley debajo de sus zapatos y la restrieguen contra el suelo hasta convertirla en polvo. Usted está demostrando ser un fiasco para los ciudadanos y ciudadanas que confiamos en su capacidad de gestión y de democratizar el espacio público. Me corrijo: quizá no sea un fiasco para los capitales que auparon su candidatura –por la cual repito que voté, porque contra Roberto todo valía— pero si lo es para quienes como yo esperaron que aportara su grano de arena a liberar al ethos dominicano de su pesada carga de desprestigio que aumentó hasta lo insoportable su antecesor.

Me siento humillada e impotente. Pero como muchos dominicanos y dominicanas, no tengo manera de eludir esta condición. Estoy cercada. Ustedes mandan. Solo me queda el asco, la rabia sorda que, si no tengo la inteligencia de controlarlos, terminarán ahogándome. Pero a usted, David Collado, esto le sabe a nada. No le importa. Ya ganó las elecciones del 15 de mayo y sus patrocinadores están de plácemes. La zona colonial es un primor.

Sin ningún afecto,

Margarita Cordero

El lenguaje (múltiple) de la violencia

violenciaApenas ayer jueves, los taxistas destacados en el AILA-José Francisco Peña Gómez golpearon a un trabajador de Uber cuando fue a recoger a un pasajero que contrató sus servicios. El Caribe, medio en el que leí la información, habló de intento de linchamiento. No creo que fuera tanto pero, de todos modos, sí suficiente para llamar nuestra atención sobre cómo proceden determinados sectores sociales. El alegato de los taxistas agresores fue contundente: “Aquí mandamos nosotros y Uber no tiene autoridad”.

Este viernes leo en el periódico Hoy que el comité ejecutivo de la Federación Nacional de Transporte la Nueva Opción (Fenatrano), dirigida por Juan Hubieres, exdiputado y fallido candidato a senador, le advierte al Consejo Nacional de la Empresa Privada (Conep), que ha elevado un recurso de amparo contra el monopolio del transporte, de que “aquí se va a saber si el gas pela” porque los afiliados a la organización choferil están “en la disposición de cualquier cosa” en defensa de seguir rigiendo el transporte (que ellos identifican como su posibilidad de mantener a sus familias “como Dios manda”).

No nos engañemos, sin embargo. La violencia del lenguaje choferil, que no tiene reparos en convertirse en hechos (pensemos solo en los asesinatos imputados a Arsenio Quevedo), no es la única que debe hacer que nos rasguemos las vestiduras, aunque nos perturbe, como me perturba a mí, y mucho, lo confieso.

La violencia en la sociedad dominicana es estructural. Y no conoce límites. Todo el tejido social está impregnado de violencia. La organización social es violenta. Las relaciones sociales son violentas. La precariedad de los servicios básicos, es violencia. Las disparidades sociales son violencia, y de la peor: en la República Dominicana el ingreso anual de los multimillonarios es 4,079 veces lo que ganan los dos millones más pobres”, certifica Oxfam el pasado año.

Y hay violencia en la anemia institucional del Estado. En la ausencia de reglas claras que normen el funcionamiento social; en la debilidad extrema del discurso y las acciones de esa parte de la sociedad (civil) que se arroga –me atrevo a pensar que vicariamente— la representación de todos y de todas. Y en esa extraña interpretación de la institucionalidad que exhibe en estos días una oposición que no encuentra candidatos para los órganos cuya parcialidad impugna.

En esta sociedad de libre empresa, el uso de la fuerza irracional de los choferes que obedecen órdenes de empresarios del transporte –pseudosindicalistas y pseudorrevolucionarios, aunque sí dirigentes de estructuras mafiosas, como Blas Peralta o el mencionado Arsenio Quevedo— es inaceptable por violento. Como inaceptable son el monopolio y las prácticas desleales, también violentos, de la Cervecería Nacional Dominicana en el mercado de la cerveza que el Conep defiende a capa y espada porque una cosa es con guitarra y otra con violín.

Frente a la violencia de todo orden y laya, nos falta la crítica que haga volar por los aires este sistema de complicidades transversales. Y se entiende esta carencia: como en la décima de Juan Antonio Alix, nos gustan demasiado los mangos bajitos. El silencio, cuando no la indiferencia absoluta. Imposible, entonces, hundir el escarpelo en nuestra generalizada tumefacción.

Hatuey de Camps, militante político de toda la vida

hatuey y peñaTenía apenas 14 años cuando en aquel julio de 1961, arrimado a su padre, Hatuey de Camps Jiménez inició su andadura por la política. Los cuadernos habían quedado sobre la mesa de su Cotuí natal a la espera de que pasara la fiebre adolescente. Pero la fiebre no lo abandonó nunca.

De los 69 años cumplidos el pasado 29 de junio, Hatuey de Camps dedicó 55 a la política. No es que haya sido un récord en un país donde las figuras públicas no suelen abandonar a tiempo el escenario. Lo que sí fue notable en él fue la pasión de su ejercicio. Obstinado hasta parecer despreciativo y prepotente, hizo pocas concesiones cuando enfrentó adversarios, fuera y dentro del Partido Revolucionario en el que se hizo hombre.

Minado lentamente por un cáncer de colon diagnosticado en el 2006, el dirigente político rindió las armas con toda seguridad muy a pesar suyo. Y no porque se aferrara a la vida, sino porque su agenda continuaba repleta de proyectos. El último y más comprometedor de energía vital fue la proclamación de su candidatura presidencial el 12 de octubre del año pasado por el Partido Revolucionario Social Demócrata, organización que creara en 2004 tras su expulsión de las filas perredeístas.

Como la vida de todo hombre público que llena el escenario con su sola presencia, la de Hatuey de Camps Jiménez tuvo momentos particularmente luminosos. Uno de ellos lo vivió poco después de haber cumplido 31 años. Era julio de 1978 y el país estaba a punto de estallar. Prevalecido en su poder casi omnímodo, Balaguer y los suyos idearon mil formas de escamotear el aplastante triunfo obtenido en las urnas por el candidato perredeísta Antonio Guzmán Fernández en mayo de ese año.

Como abogado del despojo subió al estrado mediático el abogado Marino Vinicio (Vincho) Castillo. Hatuey de Camps lo retó a un debate y el zorruno abogado, entrenado en su curul de diputado trujillista y de comentarista en el albañal que fue Radio Caribe, aceptó convencido de que daría un fulminante jaque mate al joven contendiente. Se equivocó de plano. De Camps resultó imbatible, no solo porque la razón estuviera de su parte, sino por su capacidad y brillantez de polemista.

Ocho años atrás, Hatuey de Camps había conducido con notoria habilidad política las luchas universitarias de 1969 y 1970. Presidente de la entonces combativa Federación de Estudiantes Dominicanos (FED), encabezó la movilización de estudiantes, profesores y empleados de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) que pasó a los archivos de la Historia como “lucha por el medio millón” de presupuesto para la academia. Una reivindicación que alentaba el acceso de los más pobres a la educación universitaria.

Siendo todavía adolescente, permaneció junto a su padre, Miguel Ángel de Camps Cortés, quien había sido diputado del gobierno perredeísta encabezado en 1963 por el profesor Juan Bosch, en el “comando” conformado por exlegisladores para defender en 1965 el retorno del país a la constitucionalidad truncada por el golpe de Estado.

De la zona constitucionalista asediada, y cuando todo hubo terminado, volvió a las aulas del Liceo Juan Pablo Duarte, en la capital, obteniendo diploma en dos menciones del bachillerato: Ciencias Físicas y Matemáticas y Filosofía y Letras. Todo sin abandonar el activismo que le había calado los huesos en ese 1961 que cambió tan abruptamente la historia dominicana.

Fundador en secundaria del Frente Revolucionario Estudiantil Nacional (FREN) y revitalizador del Frente Universitario Socialista Democrático (FUSD) a su ingreso a la UASD, Hatuey de Camps curtió su piel en el combate estudiantil. Su carisma lo elevó a la cúspide del movimiento. Y también su franqueza. En una UASD dominada por los grupos de la variopinta izquierda, donde interpretar de otra manera la política era casi impensable, él gritó a voz en cuello su perredeísmo, organizó los militantes de su partido, vitalizó el FUSD y conquistó la dirección de la FED.

Para entonces ya había fraguado un entrañable y prolongado vínculo con José Francisco Peña Gómez, a instancias de quien en 1973 interrumpe los estudios en Historia y Economía que realiza en París y retorna a la República Dominicana para ayudar en la reconstrucción política de un PRD que Juan Bosch había abandonado tras una lucha interna que lo separó de sus pupilos políticos más aventajados.

Un año después será candidato a diputado por el Acuerdo de Santiago, reagrupación de fuerzas antibalagueristas que postuló por primera vez a la Presidencia a Antonio Guzmán y al general retirado Elías Wessin y Wessin como su segundo al mando. Las adversas condiciones políticas, marcadas por la represión contra los opositores, obligaron al retiro del Acuerdo de Santiago de la competencia electoral.

El cambio en la táctica política del PRD liderado por Peña Gómez, llevará a Antonio Guzmán a buscar nuevamente la presidencia en las elecciones de 1978. De Camps, coordinador de la campaña, será electo diputado. Durante tres años presidirá la Cámara. Ya para entonces miembro prominente del proyecto presidencial de Salvador Jorge Blanco, que contribuyera a fundar en 1976, entrará en abiertas contradicciones con el gobierno de su partido. Bajo su presidencia, por primera vez en la historia del hemiciclo el proyecto de Ley de Presupuesto fue sometido a debate.

En el segundo triunfo electoral consecutivo del PRD, que lleva a la Presidencia a Salvador Jorge Blanco, el aguerrido político ocupará hasta enero de 1986 la Secretaría de la Presidencia, a la que renuncia para respaldar la precandidatura presidencial de Peña Gómez frente a su contendiente Jacobo Majluta. Las agudas contradicciones internas dejadas por el proceso electoral de ese año, abocaron al PRD a la división. En la ocasión, como en otras anteriores de similar naturaleza, De Camps se mantuvo fiel a su partido.

Aspirante a la candidatura presidencial por el PRD en 2004, se enfrentó con inflexible radicalidad a las pretensiones reeleccionistas de Hipólito Mejía. Derrotado en la convención por el PPH, se mantendría al margen del activismo electoral pese a su condición de presidente del partido. Más aún, y en una reacción característica de su personalidad, llamó a votar “por el Diablo” antes que por Mejía. El 19 de mayo de ese año, tres días después de la derrota del PRD en las urnas, el hombre que durante 43 años había estado en la primera fila de todas las luchas partidistas fue expulsado “por alta traición”.

La suerte posterior de Hatuey de Camps vino a confirmar la tesis sostenida por muchos de la imposibilidad de liderazgos fuertes fuera de los partidos tradicionales en las culturas políticas impregnadas de caudillismo. Tras su expulsión del PRD, el político capaz de hacer salir a las calles a decenas de miles de personas con solo convocarlas a través del programa Tribuna Democrática –como aconteció el 15 de mayo de 1978 en desafío a los militares portando en sus fusiles los símbolos del balaguerismo— vio declinar su estrella.

La boleta electoral de 2008 del Partido Revolucionario Social Demócrata, que fundara a raíz de su expulsión del PRD, no fue encabezada por él, que fue segundo, sino por Eduardo Estrella, un político proveniente del reformismo de reconocida imagen pública, pero sin peso político propio. A favor de ambos, los electores depositaron 19,309 votos. Antes de tomar la decisión de esta alianza, De Camps coqueteó con la idea de apoyar a Leonel Fernández, con quien llegó a reunirse en marzo del 2006.

Con la salud cada vez más deteriorada, el otrora beligerante político se fue apartando del escenario público, pero sus reapariciones tuvieron siempre la impronta de su apego al perredeísmo. En 2012, comprometió públicamente su apoyo con Hipólito Mejía, enterrando las diferencias de 2004. Entrevistado por el periodista Pablo McKinney, dijo que había combatido a su entonces compañero de partido “por posiciones políticas”, de lo que seguía sintiéndose orgulloso. “Había que guardar el hacha de guerra y la guardé”, explicó sobre la alianza.

También como ocurre con la inmensa mayoría de los políticos, la vida privada de Hatuey de Camps fue objeto de conjeturas, no siempre favorables. Salvo algunas confesiones de ocasión en entrevistas, fue poco lo que se supo sobre sus sentimientos, sus placeres cotidianos y sus preferencias en cualquier otro ámbito ajeno al voraginoso mundo público.

En los corrillos de la murmuración, se le atribuyó actuar como Don Juan, vale decir, como un adicto a la seducción de las mujeres. Sus tres matrimonios con mujeres destacadas –Cecilia García (1976), Milagros Germán (1983) y Dominique Bluhdorn (1995)— cementaron su fama. De estas uniones nacieron nueve hijos e hijas, a los que se añade un décimo fruto de su relación sentimental con la periodista Irene Narpier.

Se dijo amante de la lectura y de la música. En la primera, se decantó por los clásicos, si bien los prodigios del “boom”, entre los cuales Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa, nunca le dejaron indiferente. En la segunda, fue siempre heterodoxo; su alma vibraba con Chaikovski y Beethoven lo mismo que con un bolero.

En una entrevista concedida a la periodista Asela María Lamarche en mayo de 1999 recogida en el libro “Hatuey de Camps Jiménez, su legado político”, de Cándido Gerón, Dominique Bluhdorn, con quien compartió los últimos 21 años de su vida, define esa faceta que la política ocultó siempre: “A él le gusta estar en la casa, descansa mejor que todo el mundo, sabe realmente relajarse, sabe aprovechar el tiempo con sus hijos y conmigo, sabe estar en una finca, en una playa, con libros antiguos, pasando una tarde o leyendo cuentos de niños. Él es polifacético. Él es muy cariñoso. Cuando mis hijos han estado enfermos, siempre los ha atendido personalmente, por más compromisos políticos que tenga”.

Este hombre común y amoroso que ella describe es el que también se ha ido, el que quedará en la memoria de los más suyos, a contrapelo de los panegiristas que solo exaltarán al Hatuey de Camps de las trincheras.

(Publicado originalmente en el periódico Diario Libre http://www.diariolibre.com/noticias/hatuey-de-camps-militante-politico-de-toda-la-vida-GH4786998)