Estás a favor mío o te jodiste

No voy a revelar con quién sostengo este intercambio a través de Facebook, pero es real, dolorosamente real. Se origina en una pregunta, quizá estúpida por el contexto, que hice a mi respondiente: ¿De verdad que en aras de “tumbar la mafia” puedes ignorar esto e instrumentalizar la asesoría de Santana a Medina?”. Reproducía en su muro, y a continuación de la pregunta, un artículo del portal Brasil247.com que ustedes pueden leer presionando aquí.

dilma y santana

Durante estos últimos días he republicado en mi muro de FB numerosos artículos que han visto luz en medios de prensa alternativos, contrarios al golpe contra la presidenta Dilma Rousseff. Artículos que hablan sobre cómo Santana (que puede ser un corrupto redomado, un soberano canalla) es la pieza buscada para poder someter a juicio político a la presidenta Rousseff, destituirla y terminar con todas las conquistas democráticas obtenidas por el pueblo brasileño durante los gobiernos del Partido de los Trabajadores.

Sobra decir que continuaré publicando todo lo que ofrezca una versión distinta a O Globo, ese infame y ultraderechista conglomerado contrario a la democracia y a la justicia que tan acríticamente ha utilizado la ¿oposición? dominicana.

Dado que esta ¿oposición? ha aprovechado el apresamiento de Joao Santana para tratar de sacar ventaja electoral, me pareció pertinente hacer a mi amigo ¿convergente?, ¿emepereista?, ¿rap?, la pregunta que reproduzco en el primer párrafo. Su respuesta no puede ser distinta a la que corresponde a la cultura trujillista que nos signa.  O quizá menos contemporáneo y más atávico: reinó otra vez esa maldita lógica bíblica de “si no estás conmigo, estás contra mí!”, con el agregado cultural dominicano que todos conocemos. Aquí les va lo que me escribió –respetando su gramática– y a continuación mi respuesta

El correo de mi amigo

Mi querida Margarita en respuesta a tu pregunta te respondo con otras preguntas. Te digo ademas que Danilo Medina y su gobierno están en el deber de responder a las interrogantes que sobre este caso se hace la gente en estos días. Este escándalo de corrupción que involucra a dos de las grandes empresas mas grandes de Brasil y que ha pasado al ámbito internacional aparecen los nombres de la RD y su presidente Danilo Medina, En verdad crees que Danilo Medina, Lula y Odebrecht nada tienen que ver con la sobrevaluacion de Punta Catalina?….En verdad crees que el ‘Danilismo’ y el ‘Leonelismo’ no son mafias enquistadas en el Estado dominicano?….Por ultimo, por que tu defensa implícita y no tan implícita al ‘Danilismo’ o a Danilo Medina?, Y…. En verdad crees que Danilo Medina no compro la reelección?

Mi respuesta

Mi querido XXXX: No creo que albergues duda alguna de que puedo responder cada una de tus inquietudes (perdona si parezco prepotente). Y lo haría gustosa si de antemano tú no hubieras contaminado el posible diálogo con la pregunta que indaga el porqué de mi “defensa implícita y no tan implícita al danilismo o a Danilo Medina”.

Quizá no sea esa tu intención, pero para el caso lo mismo da: presupones que lo que he dicho en estos días y la misma pregunta que te hice a ti, no obedece a que creo que hay una grosera instrumentalización del caso de Joao Santana sin parar mientes en el contexto brasileño y en lo que la derecha está haciendo contra Dilma, lo que no obvia –y hasta ahora no se me ha ocurrido decirlo— que se cuestione el origen de los fondos pagados al publicista. Pero además, tus preguntas no son tales, sino acusaciones en forma de preguntas. Y así no, querido XXXX.

A lo que asistimos en estos días es a un manejo político del que disiento: en ningún momento he visto, leído o escuchado ninguna reserva sobre lo que está sucediendo en Brasil lo que, te repito, no invalida que se exija que Danilo Medina esclarezca lo que tiene que esclarecer. Por el contrario, he visto banners en las redes donde se decreta la corrupción de Dilma y de Lula, creando en el imaginario colectivo la idea de que las acusaciones contra ambos están comprobadas. No ignorarás las implicaciones políticas que eso tiene contra el “proyecto progresista”. Si a ti eso te parece bien, a mí no.

De todos modos, querido amigo, porque me conoces debes saber que no me intimidan las asociaciones que buscan descalificar mis opiniones. Aunque me entristece siempre, estoy acostumbrada a que el chantaje social, político e ideológico sea la manera de “dirimir” nuestras diferencias. Es esta distorsión la que explica que para ti yo haya pasado de ser “merecedora de este y más reconocimientos por tu capacidad y dedicación al periodismo responsable” a ser una ¿vendida?

Las culpas de Minou y Guillermo

Hubiera podido también titular este artículo “La derrota como chantaje”. Porque de eso se trata, y no de otra cosa, el argumentario a favor de una “unidad opositora” que prescinde, con un descaro que avergüenza, de ver la viga en el ojo propio para rasgarse las vestiduras por la paja en el ajeno.

guillermoyminou

Tanto nos hemos acostumbrado a entender la política como mera lucha electoral, que las consideraciones ideológicas –por muy descoloridas que sean—para persistir en un proyecto propio, son vistas como perversa traición al fin último, y único, que es ganar y sustituir, ganar y continuar con un modelo que empobrece a los más en beneficio de los menos, cambiar para que todo siga igual.

Por eso no hay día de Dios en que los medios no recojan una opinión acusadora sobre la reticencia de Minou Tavarez Mirabal y Guillermo Moreno a unirse a un “bloque progresista” no solo incapaz de hacer una crítica creíble y esperanzadora al modelo peledeísta, distinta a las consabidas y vacías promesas electorales, sino que lava las culpas históricas, éticas y políticas del reformismo balaguerista, cuando, tragándose su propio tiburón podrido, su candidato afirma que faltaría al deseo popular de cambio si permitiera “que se conspire contra la unidad de las fuerzas capaces de construir la mayoría, esgrimiendo rivalidades del pasado, ya felizmente superadas”. A confesión de parte, relevo de pruebas.

Descalificar a Minou por su historial peledeísta, por su acrítico tránsito hacia la independencia es, por lo menos para mí, socialmente avieso y políticamente hipócrita. Sí, fue peledeísta. Sí, fue diputada por un partido apoyado en el incalificable Frente Patriótico que cerró el paso a José Francisco Peña Gómez, el más grande líder popular que haya parido jamás la historia republicana. Sí, tomó juramento a Leonel Fernández y advirtió a la oposición en su discurso de no hacerse ilusiones porque su triunfo sería retroceder a estadios sociales inferiores. Todo eso es verdad como un templo.

Pero también es verdad que, como diputada, Minou fue siempre ácidamente crítica con proyectos lesivos para la salud de la democracia y el bienestar de la ciudadanía. Si para muestra un botón basta, recordemos su coraje en defensa de posiciones minoritarias durante el proceso de reforma constitucional –particularmente en el caso del malhadado artículo 30– y su rechazo a la desnacionalización de los dominicanos de ascendencia haitiana. No es este su inventario, pero he hablado de muestra y me limito.

El acoso a Guillermo Moreno es también sistemático. No teniendo cola partidista que le pisen, se apela a rasgos de su personalidad para convertirlos en déficits políticos. Lo acuestan a la fuerza en el diván de improvisados psiquiatras mediáticos y le diagnostican toda suerte de trastornos. Como no cede, le aplican terapia convulsiva recordándole que su insignificancia electoral, sus miserables porcentajes, solo lo arriesgan al ridículo. Tratan de meterle miedo.

Si todo lo que he venido diciendo es posible, lo es porque los escrúpulos de la mal llamada oposición son los de María Gargajos. Descalifican a Minou por la mancha indeleble de su peledeísmo, pero reivindican como gesto patriótico reformista “abandonar las mieles del poder” morado para “recorrer un camino propio”. Critican la intransigencia principista de Guillermo, pero agradecen el apoyo de los “coloraos” y particularmente a Quique Antún, y no se sonrojan al decir que esta unidad busca terminar con la corrupción, la impunidad, la inseguridad y otros males que nos hereda el Partido de la Liberación Dominicana.

Y es también posible porque la sociedad carece de una masa crítica que obligue a tirios y troyanos a encauzar la política por caminos menos fáciles que el insulto y la estulticia “analítica” de los variopintos que monopolizan los espacios de opinión, púlpito que les sirve, al decir de Félix Ortega, para su “sermoneo profético” y para “tratar de convencer moralmente antes que demostrar racionalmente”.

Las propuestas de Minou y de Guillermo están ahí, discutamos su pertinencia actual y su trascendencia futura. La novedad de sus respectivos enfoques y su fuerza para cambiar las cosas, si las tienen. Atrevámonos a dejar de culparlos desde ya de la previsible desgracia ajena.

Mano Juan y la ardiente pasión de un pescador por las tortugas

En la isla Saona hay un poblado llamado Mano Juan cuya “calle principal” es una ficción. No puede llamarse calle sin faltar a la decencia a ese camino polvoriento y sinuoso sobre el que se inclinan dos hileras de casas precarias. El nombre de play también resulta excesivo para el terreno en que los escasos niños juegan pelota, reducido hasta hace poco en varios metros por un vertedero que se traga los manglares.negro

Hablar de servicio de electricidad es fabular. Varias agencias internacionales mancomunaron esfuerzos en la construcción de una planta de paneles solares que dejó de cumplir su promesa antes de que cantara el gallo. En tono autocrítico, algunos pobladores reconocen que, inaugurado el servicio, se produjo una importación incontrolada de electrodomésticos de alto consumo. La generación no daba para tanto y, ahora, cada cual debe agenciarse electricidad por medios propios o acostumbrarse a pasar las noches a la lumbre de una vela.

No hay agua en Mano Juan. Los pozos abiertos proveen un líquido salobre y contaminado que sirve para el aseo doméstico y personal, pero no para el consumo. Así que la potable hay que importarla de La Romana o Higüey, y eso solo pueden hacerlo quienes tienen lancha propia, convertidos en vendedores de botellones a precio de oro molido.

Las estimaciones hablan de una población de mil personas habitando doscientos hogares. Difícil comprobarlo; la movilidad de los pobladores burla el rigor estadístico. Poquísimos viven de manera permanente en la isla. La falta de oportunidades los desplaza hacia los centros urbanos y turísticos de la región. Para estudiar, los niños y las niñas cuentan con dos aulas donde se agrupan todos los cursos, desde el primero al octavo. Si quieren continuar estudiando la única opción es levar anclas.

Además de la “principal” hay otra “calle”. Da a la playa y está llena, a la escala del poblado, de tiendas de artesanía y pintura naíf en la que se reconoce a leguas el colorido pincel haitiano. Y de tumbonas bajo unos cocoteros esplendorosos en las que los turistas viven su idea del Paraíso. Cada vez son más los que llegan a Mano Juan en modernas embarcaciones desde Bayahíbe, aunque todavía son más numerosos los que desembarcan en Catuano, una playa virgen situada en el mapa del turismo de masas, y potencialmente depredador, por la revista de viajes Caribbean Travel & Life.

Según declaraciones dadas a los medios por Manuel Serrano, viceministro de Recursos Forestales del Ministerio de Medio Ambiente, cada año crece el número de visitantes a la isla Saona, donde está enclavado Mano Juan. En marzo del pasado año calculó, a ojo de buen cubero, que cada día llegan unos dos mil extranjeros; tres mil en temporada alta; seiscientos mil al año. A las cuatro de cada tarde deben emprender el regreso: en Mano Juan ni en Catuano hay hoteles por la simple razón de que la isla Saona es parque nacional y no están permitidas las monumentales edificaciones que llenan la costa oriental y se apropian, mediante la privatización de hecho, de las playas públicas.

Quizá su condición de área protegida preserve a Mano Juan del destino que ya padecen otros poblados orientales. Pero la certidumbre flaquea por incontables motivos. Al influjo del turismo, el Pueblo de Pescadores, como se le conoció desde su fundación en 1944, recoge poco a poco las redes y arrincona las yolas. Los precios encarecen y el guía turístico, que chapurrea dos o tres idiomas, va erigiéndose en tótem de la cegadora industria.

Pero en Mano Juan abunda algo insospechado: la pasión de Pelagio Paulino por la conservación de las tortugas. Quizá este nombre diga poco a muchos, porque para todos él es Negro. El de la sonrisa ancha y la ufana experiencia en labor que demanda de extrema paciencia y cuidado. El que no tiene empacho en admitir que fue en el pasado “el más depredador de los depredadores” –negociante mayorista de conchas, de huevos, de carne de tortuga— porque está ya redimido de sus pecados y su penitencia da frutos.

En su metamorfosis convergen dos circunstancias. Una, la decreciente rentabilidad del negocio provocada por la sobreoferta y la cada vez peor calidad del producto, sobre todo de las conchas del carey, sacrificado demasiado joven. Otra, su encuentro con un biólogo puertorriqueño que con su empeño en salvar las tortugas tocó fibras sensibles de su alma y su conciencia.

Ocho años después, Negro es una especie de oficiante laico de los rituales conservacionistas. Los resultados de su trabajo, que realiza en solitario –o por lo menos es esa la impresión— dibujan sonrisas en la cara de Yolanda León, del Grupo Jaragua, involucrada en cuerpo y alma en una lucha que tiene mucho de quijotesca en un país donde el conservacionismo es un ave extraña. El rescate de los nidos de tortugas en la isla Saona crece de manera casi exponencial. El equilibrio se restablece lentamente, pero de manera sostenida.

Es sábado y Negro habla de su experiencia a un grupo de pescadores que lo visitan para aprender sobre la salvaguarda de tortugas. Su voz es diáfana y su tono apostólico. A las explicaciones de los procedimientos propios de la faena, añade apostillas morales. Alude a la notoriedad pública que van ganando los programas que con la orientación del Grupo Jaragua y el Ministerio de Medio Ambiente se desarrollan en varios puntos estratégicos del país.

“Para mantenerse arriba hay que hacer las cosas con fundamento. La mentira solo conduce al fracaso, y la mentira es hacer algo que de verdad no te guste. Lo digo con toda la honestidad posible, porque soy honesto conmigo mismo. No todo el mundo está de acuerdo con lo que hacemos pero, si hay tres mil personas y quinientas quieren saber de mi, esas quinientas son las más importantes”, plantea frente a quienes anhelan reproducir la experiencia.

Frente a las varias neveras de las que mientras habla irá sacando las recién nacidas tortugas verde, Negro desvela los secretos de sus saberes. A su lado, Yolanda anota en las casillas de un riguroso cuestionario cifras que le encandilan los ojos. Cada vez son más las tortuguitas que volverán al mar.

Eran los últimos años de la década de los noventa cuando Negro sirvió de guía al biólogo que visitó Mano Juan para hacer un censo marino. Para entonces el negocio con las tortugas mostraba sus primeros síntomas de agotamiento. Aquel encuentro fue casi una revelación: le sembró la culpa de ser cómplice de un crimen contra la naturaleza y de una conspiración contra el futuro del mundo. Y lo rebeló contra sí mismo.

“Usted sabe –dice a Diario Libre— que la economía es lo que mueve el mundo. Aquí la carne y la concha de carey se comercializaban libremente. Era ilegal, pero uno le daba algo a quien debía vigilarnos, y problema resuelto. Pero cuando notamos lo que estaba pasando, surge el gran problema mío como pescador: comienzo a darme cuenta del impacto que nosotros creamos. Ya la mercancía nos la pagaban más barata o en algunos casos no querían comprárnosla. Es cuando digo ‘si el problema somos nosotros, vamos a comenzar a criar para que el producto salga bueno’”.

Paradójicamente, es esa busca de rentabilidad de un negocio de capa caída la que conduce a Negro a trillar el camino opuesto. A partir de aquel momento, las 24 horas de su día son embebidas por la localización, rescate e incubación de los nidos, no para traficarlos, sino para devolver a la naturaleza lo que le pertenece. El rápido crecimiento en el número de anidaciones es su mayor orgullo.

Hablar con Negro luego de terminado su intercambio con los pescadores visitantes fue casi llover sobre mojado. No cansa, empero. Su historia puede ser escuchada un montón de veces, como una canción que de la que somos devotos. Es pródigo en detalles, y solo se torna elusivo en su respuesta a si acaso no estará él monopolizando, en detrimento de la sostenibilidad futura, un proyecto que ya gana fama.

“Esa pregunta no me gusta contestársela a nadie. Todo el mundo y la profesora (Yolanda León) saben qué pasa. Por eso no la contesto”, dice lacónico. Invita a volver en otro tiempo para que sean los propios ojos de la periodista los que ofrezcan la respuesta. No vale argumentar que la crónica se escribirá ahora, no después.

Vuelto a su ser natural, interrumpe a medio camino la pregunta sobre sus relaciones con el Ministerio de Medio Ambiente que, en teoría, supervisa diariamente su trabajo (es guardaparques desde el 2007) y que, en la realidad, puede estar hasta cuatro meses ausente.

“Muy buenas, muy buenas. Muy agradecido de ellos, de verdad que sí. Lo digo honestamente. Claro, tienen sus excepciones, como todo, pero hay que aceptarlos como son. Uno no puede matar a nadie porque sea malo. La gente está cambiando, eso sí”, afirma.

Entre una cosa y otra, algo de conciencia colectiva sobre la preservación de las tortugas avanza poco a poco. En el camino recorrido, los niños de Mano Juan, algunos ya hombres, convocados a la liberación de las tortugas en las playas de arena blanquísima, echan hoy otra mirada al mundo que los rodea. Y son ellos, asegura Negro, quienes han ido plantando en sus padres la voluntad de no recaer en las antiguas prácticas depredadoras. En ellos encuentra un insuperable aliado.

Pero Negro también tiene un agudo sentido del negocio. En lo que antes fue gallinero contiguo a su casa, este hombre que reclama su condición de pescador, ahora recibe grupos de turistas que, sin pago alguno, entran a la sombra de la endeble construcción para conocer el proyecto que él encabeza en Mano Juan. En las paredes, varios carteles detallan las características de las tortugas preservadas. En la mesa, numerosos potes conservan en formol ejemplares de las especies en diferentes estados de su desarrollo embrionario.

El auge de las visitas lo hizo pensar en sacar partido legítimo de su dedicación medioambientalista. Hoy es dueño de una pequeña presa con la que fabrica aceite de coco –exhibido junto a los embriones de tortuga— y de la venta de artesanías que los turistas compran a buen precio.

Reconoce, sin embargo, que ese turismo que también aprende sobre conservación cuando visita el proyecto, puede convertirse mañana en amenaza aupada por la diversidad de intereses que convergen en el desarrollo de la industria.

“En el turismo hay una serie de intermediarios de diferente especie que le complican la vida a todos los seres humanos. Tenemos ahí adentro un sector político, un sector económico, aunque hay un sector que trabaja. Pero son regadores de basura e impactan directamente el medio ambiente. Es una cadena que si nos ponemos a hablar de ella echaríamos la tarde entera”, dice enfático.

Para conjurar el peligro de que en Mano Juan resurja el tráfico de huevos alentado por quienes se acercan no solo en busca de sol y playa, sino también de otras recónditas quimeras, Negro apela a un recurso simple: los alerta sobre la nocividad del producto, “puro colesterol”, y del riesgo de cárcel que entraña la ilegal transacción.

Con los suyos, en esa islita adyacente donde una niña rubia y hablando un idioma extraño se retrata sonriente junto a sus padres montada en un burrito, Negro se gana el respaldo a pulso. Asegura que “el noventa por ciento” de los pescadores de Mano Juan le confiesan haber dejado por él de comerciar con los huevos, no porque haya una política oficial que los convoque y convenza. Por él, simplemente por él.

“Todo esto nos hace saber que sí se puede”, concluye en el momento en que otro grupo de turistas, el último de la tarde, entra curioso al local de lo que Negro sueña ver convertido algún día en un pequeño museo que guarde para todos la memoria de este empeño.

(Publicado originalmente en Diario Libre

 http://www.diariolibre.com/medioambiente/mano-juan-y-la-ardiente-pasion-de-un-pescador-por-las-tortugas-BD2647333)

El discurso patriótico en tiempos del Sika

fantasmasLa semana que concluye este sábado ha estado cargada de advertencias sobre la amenaza que fuerzas malignas hacen pender sobre la testa de la áurea República. Es como para comerse las uñas de puro miedo. Para temblar de espanto cuando el crepúsculo se vuelva noche y cualquiera de las Edes no pueda “aluzar” nuestras penumbras, dejándonos a merced de los fantasmas.

Roberto Rosario Márquez, el inefable presidente de la no menos inefable Junta Central Electoral, se despacha, en un arrebato patriótico casi hipnótico, denunciando que “existe un movimiento para borrar todo vestigio de pensamiento duartiano, y con él, cualquier destello de independencia y soberanía dominicana”, según recoge el periódico El Caribe. ¡Vade retro fusionismo! Váyanse a donde menos huelan las comprobaciones, el dato que certifique, aunque irresponsables como Rosario Márquez se contenten con el espectáculo porque están seguros de que encontrarán una prensa anémica que no les pedirá decir más.

No sé si antes o después que Rosario Márquez, igual da, el presidente del Tribunal Constitucional Milton Ray Guevara hablaba en un discurso de “enemigos ocultos” que amenazan la “independencia” –soberanamente comprometida con el pensamiento y las prácticas sociales más conservadoras, por si se le olvida— de un conjunto de jueces que llegaron a donde están, eso piensa la mayoría, para cumplir los propósitos de un político, Leonel Fernández, que quiso asegurar su futuro impune amarrando las altas cortes a su puerto. Puro relato gótico, incluido el bondage.

Estas pesadillas “patrióticas” de Rosario Márquez y Ray Guevara son caja de resonancia del discurso ultraderechista de la Fuerza Nacional Progresista, minúsculo pero activo grupo, que no partido, que apenas suena desde que saliera del poder por no haber medido las consecuencias de su inútil bravacunería. Aduladores y serviles creyeron que eran “gente” y se dieron de frente contra la pared.

Este sábado 30 de enero, Pelegrín Castillo advierte que “la República está amenazada y en peligro de muchas maneras, y la cúpula de la mayoría de los partidos son cómplices por acción u omisión”. No define las maneras de esta amenaza, quizá porque, de existir, enumerarlas terminaría provocando hipoglucemia cerebral al denunciante; quizá porque es más cómodo y mediático –la zonsera de los medios pare pesadillas— hablar de generalidades que sirven para cualquier cosa, incluido echarlas en la basura. O preparar un imaginario jugo energético que sirva para lograr músculo sin ir al gimnasio.

Hagamos el inventario: a) difusas fuerzas del mal quieren borrar todo vestigio del pensamiento duartiano, según el presidente de la inconsúltil JCE; b) del inframundo salen los malévolos enemigos, parapetados siempre en las sombras, que acosan la “independencia” (¿nos desternillamos de risa?) del intachable Tribunal Constitucional; c) el benjamín de la perversa casta habla también de amenazas y peligros en el mejor estilo del progenitor, que nada concreto dice nunca porque lo suyo es confiar en que la calumnia, aun difusa, algo sedimenta. Y eso le regocija. El lodo es su elemento.

Que el discurso público dominicano es alucinatorio –¿esquizofrénico quizá?– no admite discusión. Ninguno de estos tres próceres de la dominicanidad señala, con nombre y apellido o con nombre jurídico, a los responsables de las conspiraciones contra esas ideas jurásicas de patria, nacionalidad y demás yerbas, incluido el cannabis, más que tormentoso cuando se fuma verde. A algo obedece este silencio. Por eso, y en el mejor de los casos, son agitadores de fantasmas que implantan un espantanpájaros para cuidar, eso creen, sus pequeñas parcelas de fanáticos.

WhatsApp, una encuesta, una empresa

Usted puede o no creer en la eficacia de las encuestas para calibrar la opinión pública. Puede o no otorgarle capacidad predictiva, decir que están pagadas, que aciertan o se equivocan,  o lo que mejor acomode a su necesidad de “interpretar” la realidad política. En definitiva, usted es una persona individual cuya influencia está forzosamente reducida a su entorno.WhatsApp-doble-palomita-azul

Lo que no creo apropiado es que un medio de comunicación publique información generada por una encuestadora sin solicitar, además de los porcentajes y la llamada ficha técnica, los datos empresariales que acreditan su experiencia. Sobre todo cuando esa encuestadora es extranjera y primeriza en el ámbito dominicano.

Cuando leí sobre la encuesta de preferencias electorales realizadas por Laboratorios de Investigaciones Sociales Aplicadas (LISA) a través de WhatsApp, sentí la misma curiosidad que me despierta todo lo que no conozco y se pone frente a mis ojos. No voy a discutir los resultados porque, en buen dominicano, “ni me van ni me vienen”. Pertenezco a ese porcentaje, no medido por LISA, que el día de las elecciones se quedará en su casa sin remordimientos cívicos. Ya lo dijo Savater: “No anda descaminado quien navega a la misma distancia de dos males iguales”.  Y para que los resultados me importen menos aún, tampoco fui incluida en ese medio millón de dominicanos y dominicanas a los que se dice haber consultado.

El interés por el novedoso método me llevó a buscar en Google, ¡dónde más!, información sobre LISA, y mi primera sorpresa fue no encontrar una página web correspondiente a esta empresa, no por lo menos bajo ese nombre. Me desconcertó porque utilizar la tecnología digital para sondear las preferencias electorales de la gente y no estar alojado en la Red me parece un contrasentido. No digo más.

Después busqué en las Páginas Amarillas de Colombia con el mismo resultado. Continúe pidiéndole información a Google sobre las encuestadoras de ese origen y por esos caminos llegué hasta la página oficial del Consejo Nacional Electoral de Colombia, en cuya barra de inicio está una pestaña con el nombre “Encuestas”. Ahí están todas las encuestadoras, 189 en total, registradas en el organismo. Laboratorios de Investigaciones Sociales Aplicadas (LISA) no aparece en el lugar que le correspondería por el orden alfabético. Es decir, no está entre LCA PUBLITECA LTDA, que es la primera de la letra “L”, y Luis Eduardo Trujillo Solarte, que es la última. Tampoco aparece el nombre de Israel Navarro o de Diego Pérez, las dos personas que se presentaron como ejecutivos en la rueda de prensa ofrecida en Santo Domingo.

El pasado domingo fui al cine a ver “Spotlight” (En primera plana) que trata de la historia, verídica, de un grupo de periodistas del Boston Globe que, tras una paciente y minuciosa investigación, descubrieron en 2002 la perversa complicidad de la alta jerarquía de la Iglesia católica de los Estados Unidos con las violaciones sexuales de centenares de niños por curas pederastas. Conmovieron los cimientos no solo de la sociedad norteamericana, sino los del mundo. Desde esa investigación nada volvió a ser lo mismo. Ningún periodista, incluidos los redactores jefes,  debe dejar de verla. Es una demoledora lección de periodismo.

Los enfermos mentales: el eslabón más débil de un sistema que no funciona

María Mercedes, “la fashionista”, adora los abalorios. Los pasillos del Centro de Salud Mental Padre Billini, enclavado en Pedro Brand, dan fe de ello. Con su protagonismo compite la histriónica Lucía. En el pabellón de hombres, un sociable Rafael lee el periódico bajo el dintel del pabellón que lo confina. Sentado en silla de ruedas porque es amputado, Santiago tiene una expresión serena y los ojos de un azul sin fondo. En algún oscuro lugar, alguien está atado a los barrotes de la cama. En otro, alguien grita.

Son 103 internos, hombres y mujeres, la mayoría crónicos, y el resto ingresados en “estancia media”, que por lo general termina en permanente. Sus expedientes clínicos son un vasto catálogo de patologías dominado por la esquizofrenia y la bipolaridad. En sus historias sociales la lista de déficits enfermantes es mucho más prolija. Dos saltan a la vista: la pobreza y el abandono.

fashionista

Objeto recurrente de la información periodística, el centro de salud mental –una forma políticamente correcta de nombrar la dura realidad del manicomio— es un pequeño mundo que sobrecoge y acusa. No es hoy el lugar apestoso que describen algunos reportajes hechos a la carrera del sensacionalismo. Ni centro de sevicias. Ni se camina sorteando heces y basura. Ni los pacientes andan sucios y andrajosos. Va mejorado y la demolición de ruinosos pabellones lo atestigua, como también los intentos de humanizar el entorno con murales, única nota de color en la abismal grisura de la locura. Mas continúa siendo un manicomio, y eso lo es todo.

Ahora el plan es abolirlo. Borrarlo del paisaje. Fundado el 1 de agosto de 1959 como sustituto del alojado en Nigua, que fue también cárcel de opositores a la dictadura, el “manicomio del 28” no tuvo inicialmente, quizá nunca la ha tenido, una verdadera misión rehabilitante. Cuando abrió sus puertas, a él fueron a parar junto a los enfermos mentales, los leprosos, los tuberculosos y los mendigos que afeaban la ciudad trujillista.

Desde entonces, sus avatares han sido infinitos y “el 28” ha continuado cumpliendo, con pocos cambios notorios, la función aniquilante de almacén de locos. Tanta ha sido su resistencia que ha resistido incluso, durante nueve años, la aplicación de la Ley sobre Salud Mental, promulgada en febrero de 2006.

“La cenicienta histórica de la salud pública ha sido la salud mental”, dice categórico el doctor Ángel Almánzar. Las razones de que así haya sido remiten a un inercial descuido del sistema provocado por la falta de voluntad política y la casi nula disponibilidad de recursos.

Director de la Unidad de Salud Mental del Ministerio de Salud Pública, Almánzar avanza de puntillas por el minado terreno de la admisión de culpas. Pero el desastre es obvio y no admite circunloquios. Si la salud mental ha sido la preterida del sistema, como afirma, obedece a la renuencia a encarar el elevado costo de los servicios y a la irresponsable ceguera frente a un problema de dimensiones casi catastróficas.

Pongámoslo de este modo para entenderlo: si de cada cien dominicanos y dominicanas veinte sufren algún grado de depresión, si el uno por ciento padece esquizofrenia y los trastornos del sueño y su correlato de ansiedad crecen como la verdolaga, es forzoso admitir una verdad de Perogrullo: la dominicana es una sociedad peligrosamente enferma.

En carta que resulta una apasionada defensa de la locura, el poeta, ensayista y actor francés Antonin Artaud escribía en 1941 a “todos los directores de asilos de locos”, en uno de los cuales se hallaba, que “los locos son las víctimas individuales por excelencia de la dictadura social”. En nombre de esa individualidad enrostraba a las autoridades manicomiales que no entraba en “las facultades de la ley el condenar a encierro a todos aquellos que piensan y obran”.

Han pasado más de setenta años desde la muy célebre carta de Artaud, y es solo ahora cuando, guardando la distancia, en la República Dominicana se plantea terminar con el encierro carcelario del “loco”. Por lo menos así está inscrito en la llamada Estrategia para la ampliación de la cobertura de los servicios de salud mental, presentada hace apenas unas semanas por el Ministerio de Salud Pública. El hospital psiquiátrico tal y como se conoce hoy, será cerrado.

Bien provisto de documentos, Almánzar describe los objetivos perseguidos: un mayor número de unidades de intervención en crisis (UIC) y remodelación de las existentes; crear condiciones de ingreso de enfermos mentales en los hospitales con servicios psiquiátricos; conversión del manicomio en residencia para enfermos crónicos abandonados; crear centros de salud mental comunitaria; capacitar en salud mental a personal del área e instaurar un sistema de monitoreo y evaluación. Y claro, apuntalar el trabajo psicosocial e involucrar a las comunidades en la aplicación de la estrategia.

Pero hay quienes recelan de que sea verdad tanta belleza. Entre ellos el médico psiquiatra Hamlet Montero, jefe del Departamento de Salud Mental del Hospital Vinicio Calventi, quien, día tras día, debe vérselas con los enfermos que acuden o son llevados forzosamente a consulta.

Montero no duda de las buenas intenciones de las autoridades de Salud Pública, pero desconfía de los resultados y le irritan la improvisación del proceso estratégico y su colindancia con el autoritarismo. “Tenemos que ver –dice– qué vamos a hacer con el sistema en general, porque tenemos una mezcla diversa de pacientes”. En lenguaje que pasma al lego, Montero cita tres grandes grupos que demandan intervenciones diferenciadas: los que sufren de discapacidad intelectual, los trastornados y los dementes. Imposible meterlos a todos en el saco de las mismas respuestas terapéuticas.

No se trata pues de cuestiones meramente operativas. De levantar edificios que engrosen el material propagandístico. Está la institucionalidad y están también los derechos que consagra la ley a los enfermos mentales. Una ley que, según Montero, parece sueca de tan perfecta, pero que igual obliga a los dominicanos a respetar sus contenidos. Y precisamente por esto último, cerrar el Psiquiátrico Padre Billini, como lo propone la Estrategia, no le parece razonable.

“Manicomio es una palabra terrible –aduce— pero sigue siendo el lugar de investigación. Abolir el Psiquiátrico no es la salida porque necesitamos un espacio para seguir investigando y comprender ciertas cosas”. Y porque, asimismo, el enfermo necesita de un lugar en donde pueda permanecer cuando a su deterioro se agrega la desolación del abandono.

Además, Montero esgrime una visión conceptual que implica una suerte de descolonización del conocimiento psiquiátrico. Pese a la pequeñez del país, el cómo se manifiestan las enfermedades mentales de una región a otra no es unívoco, ni siquiera en las formas que utiliza el lenguaje coloquial para nombrarlas. Agréguele el sincretismo religioso de las provincias fronterizas y verá por qué la teoría diagnóstica y terapéutica norteamericana, que es el referente local, sirve para tan poco en la realidad de esa media isla.

Si Almánzar hubiera estado frente a su colega, de seguro frunciría el entrecejo. Él también habla de derechos y afirma que mantener a los pacientes en las condiciones propias de un manicomio –en este caso el dominicano— los despoja de su dignidad y los cronifica de manera irremediable. De ahí la propuesta, y la determinación, de crear unidades de intervención en crisis en todas las regiones sanitarias e ingresar en los hospitales, por un tiempo clínicamente prudente, a pesar de la resistencia de algunos psiquiatras del sistema.

En el afuera de las discrepancias, la afirmación de Almánzar sobre la intransigencia médica desconcierta y más aún lo hacen los atribuidos motivos: la generalidad no quiere las UIC en los hospitales porque un paciente con trastorno mental “es incómodo, potencialmente agresivo y porque es de difícil contención. Se quiere lo más fácil, violentando derechos”.

“¿Qué queremos? Que todos los hospitales abran las puertas a las personas con enfermedades mentales. Por ejemplo, muchos psiquiatras condicionan la aceptación de las UIC a que se les provean aparatos electroconvulsivos. Los vamos a complacer porque tienen razón. La calidad de la atención llevó a muchos pacientes a un deterioro tal que sin estos aparatos no salen de la crisis. Ahí todos somos culpables”, insiste Almánzar.

Dice terapia electroconvulsiva y está hablando (están hablando todos) de electrochoque, usado para normalizar (¿normatizar?) a los pacientes resistentes a los fármacos y otro tipo de intervenciones. Una terapia polémica que recuerda la picana eléctrica aplicada a los torturados.

Pero no solo electrochoques. Montero propugna una suerte de colaboración institucional con el hipertecnologizado Cecanot, que opera “una unidad de cirugía interesantísima” ¿Propósito? Poder realizar neurocirugías, ahora “muy seguras”, a aquellos pacientes en los que han fracasado otras terapias, incluido el electrochoque. “Son medidas extremas, pero necesarias”, sentencia.

María Mercedes, “la fashionista” dice ser también psiquiatra. La graduaron sus años de reclusión. Enfundada en unos apretados yines y calzando botas de caña alta y tacón infinito, habla con igual vehemencia de diseñadores y fármacos. De moda y enfermedades. Trueca hacer fotos de sus manos enjoyadas por “una cooperación” monetaria. En el oscuro pabellón de mujeres donde ahora se mezclan las crónicas y las no tanto, ella impone su estilo.

A ella, o a Lucía, que escribe poemas y fábulas y los repite sin el más mínimo tropiezo, la que ha actuado en obras de teatro montadas por la dirección del hospital y se lamenta de haber perdido su “suite” jugando en un casino, habría que preguntarles si acaso los defensores y contradictores del modelo en discusión han tomado sus opiniones en cuenta. Porque las tienen, pese a que la psiquiatría todavía les concede escasísimas oportunidades de ser algo más que locos y locas. Es decir, no personas.

Habría que preguntar igualmente a Dulce quien, juntas las manos sobre el regazo, acaricia el sueño interminable de regresar al Perú, de donde dice que llegó un día muy joven con la encomienda de una gran empresa. Anciana ya, nadie conoce su verdadero nombre, ni su real procedencia, ni la edad, ni qué día de qué año entró al pabellón-celda donde la blancura de su piel se hace cada vez más intensa, más lechosa.

En el ahora llamado Centro de Salud Mental Padre Billini, las obras de renovación física avanzan. Los obreros abren zanjas para colocar tuberías, puertas para comunicar con los patios; derriban árboles para agregar metros cuadrados a los pabellones de la futura residencia. Pero todavía persiste el intenso olor que te golpea cuando traspones el umbral. Un olor que habla de aislamiento y soledades. Es olor a manicomio, que no es igual a ningún otro, dice Fernando Ceballos.

El seco tun-tun de las mandarrias anuncia una promesa. Pero aún nadie sabe a ciencia cierta qué habrá nacido cuando dejen de retumbar. Solo es obvio que derribar la infraestructura es parte importante de la nueva y más vasta estrategia en salud mental y que es motivo de desacuerdo entre quienes, desde el funcionariado y la práctica médica, dicen –¿sólo dicen?— querer evitar que la débil soga de las políticas públicas continúe cediendo en disfavor de los más pobres.

Publicado originalmente en Diario Libre. Usted puede leerlo  y disfrutar sus magnificas fotos presionando en http://www.diariolibre.com/noticias/los-enfermos-mentales-el-eslabon-mas-debil-de-un-sistema-que-no-funciona-DC2361522

PRM y política esquizofrénica

En un sistema político y partidista donde como en ningún otro ámbito es norma el descarado criterio de que “to’ e’ to’ y na’ e’ na’”, que el PRM pacte con el PRSC no debería asombrarnos.

Preguntémonos empero no por las razones prácticas de esta alianza, si no por las complicadas artes que demanda esta conciliación de posiciones, cuando uno de los actores, Luis Abinader, dice representar la antítesis de lo que hasta ahora prima en la política y encarna el reformismo.

abinader-y-quique

Para comenzar, prestemos oídos al discurso de Antún el pasado jueves 17. Sin inmutarse, afirmó que con esta alianza “el PRSC vuelve a sus orígenes” para “sembrar el país de esperanzas redentoras”. ¿Hemos olvidado cuáles fueron estos orígenes? De estar vivo, Lyndon B. Johnson podría ofrecernos la respuesta. Aunque quizá no la necesitemos, y la represión feroz contra las fuerzas democráticas durante los famosos “doce años” sea dato suficiente. Como también puede serlo el prohijamiento del parasitismo empresarial que succionó la ubre pública con gulosidad obscena. O la corrupción que, según un Balaguer-gatita-de-María-Ramos, solo se detenía a la puerta del despacho presidencial; escuela que legó a nuestra política un excesivo número de magísteres summa cum laude.

El lamento de Antún por los pobres, por los niveles intolerables de injusticia e inequidad social, los devaneos medioambientalistas, las citas que fueron desde Allende y el Ché hasta Benedetti y Sabina, son parte de lo que en mi entrega “Política siciliana” califico de lenguaje vacío. Agrego ahora que ofensivo a la inteligencia colectiva.

Mas hay una afirmación en el discurso que deseo resaltar: aquella según la cual “la soberanía nacional está en graves peligros (sic)”, convirtiendo en imperativo “profundizar su defensa e implementar una política migratoria responsable, que garantice la integridad, seguridad e intereses de la nación que nos legara el patricio Juan Pablo Duarte”.  No hay que ser adivino para saber a qué se refiere Antún con esto.

En diciembre de 2013, Abinader, cuyos ascendientes fueron inmigrantes irregulares, pronunció un emotivo discurso en el acto “Un abrazo solidario con los dominicanos desnacionalizados”, celebrado en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). En el Congreso y en la opinión pública, el PRSC han hecho causa común con el neonacionalismo más rastrero, reconfirmado este jueves cuando Antún agita los fantasmas de una nacionalidad supuestamente en riesgo. ¿Cuál de los dos criterios primará en esta alianza?

En la cultura política dominicana se tiende a responder las preguntas incómodas de dos maneras con resultados indistintos. Una, descalificando a quien pregunta (y en eso la mayoría somos doctorados) endilgándole haber vendido su alma al mejor postor, que será siempre el Gobierno o el contrario. Otra, haciéndose el extraterrestre.

Mas cual que sea el tipo de respuesta, a muchos nos seguirá escociendo el alma esta alianza que no es fruto de otra cosa que del más reptante oportunismo de ambas partes, pero de la que sale ganando sin discusión alguna un reformismo que sella los labios de quienes, en el PRM, critican la corrupción, el clientelismo y el autoritarismo y abogan por la decencia, la justicia y el futuro.