Entradas de Margarita Cordero

Periodista

El lenguaje (múltiple) de la violencia

violenciaApenas ayer jueves, los taxistas destacados en el AILA-José Francisco Peña Gómez golpearon a un trabajador de Uber cuando fue a recoger a un pasajero que contrató sus servicios. El Caribe, medio en el que leí la información, habló de intento de linchamiento. No creo que fuera tanto pero, de todos modos, sí suficiente para llamar nuestra atención sobre cómo proceden determinados sectores sociales. El alegato de los taxistas agresores fue contundente: “Aquí mandamos nosotros y Uber no tiene autoridad”.

Este viernes leo en el periódico Hoy que el comité ejecutivo de la Federación Nacional de Transporte la Nueva Opción (Fenatrano), dirigida por Juan Hubieres, exdiputado y fallido candidato a senador, le advierte al Consejo Nacional de la Empresa Privada (Conep), que ha elevado un recurso de amparo contra el monopolio del transporte, de que “aquí se va a saber si el gas pela” porque los afiliados a la organización choferil están “en la disposición de cualquier cosa” en defensa de seguir rigiendo el transporte (que ellos identifican como su posibilidad de mantener a sus familias “como Dios manda”).

No nos engañemos, sin embargo. La violencia del lenguaje choferil, que no tiene reparos en convertirse en hechos (pensemos solo en los asesinatos imputados a Arsenio Quevedo), no es la única que debe hacer que nos rasguemos las vestiduras, aunque nos perturbe, como me perturba a mí, y mucho, lo confieso.

La violencia en la sociedad dominicana es estructural. Y no conoce límites. Todo el tejido social está impregnado de violencia. La organización social es violenta. Las relaciones sociales son violentas. La precariedad de los servicios básicos, es violencia. Las disparidades sociales son violencia, y de la peor: en la República Dominicana el ingreso anual de los multimillonarios es 4,079 veces lo que ganan los dos millones más pobres”, certifica Oxfam el pasado año.

Y hay violencia en la anemia institucional del Estado. En la ausencia de reglas claras que normen el funcionamiento social; en la debilidad extrema del discurso y las acciones de esa parte de la sociedad (civil) que se arroga –me atrevo a pensar que vicariamente— la representación de todos y de todas. Y en esa extraña interpretación de la institucionalidad que exhibe en estos días una oposición que no encuentra candidatos para los órganos cuya parcialidad impugna.

En esta sociedad de libre empresa, el uso de la fuerza irracional de los choferes que obedecen órdenes de empresarios del transporte –pseudosindicalistas y pseudorrevolucionarios, aunque sí dirigentes de estructuras mafiosas, como Blas Peralta o el mencionado Arsenio Quevedo— es inaceptable por violento. Como inaceptable son el monopolio y las prácticas desleales, también violentos, de la Cervecería Nacional Dominicana en el mercado de la cerveza que el Conep defiende a capa y espada porque una cosa es con guitarra y otra con violín.

Frente a la violencia de todo orden y laya, nos falta la crítica que haga volar por los aires este sistema de complicidades transversales. Y se entiende esta carencia: como en la décima de Juan Antonio Alix, nos gustan demasiado los mangos bajitos. El silencio, cuando no la indiferencia absoluta. Imposible, entonces, hundir el escarpelo en nuestra generalizada tumefacción.

Hatuey de Camps, militante político de toda la vida

hatuey y peñaTenía apenas 14 años cuando en aquel julio de 1961, arrimado a su padre, Hatuey de Camps Jiménez inició su andadura por la política. Los cuadernos habían quedado sobre la mesa de su Cotuí natal a la espera de que pasara la fiebre adolescente. Pero la fiebre no lo abandonó nunca.

De los 69 años cumplidos el pasado 29 de junio, Hatuey de Camps dedicó 55 a la política. No es que haya sido un récord en un país donde las figuras públicas no suelen abandonar a tiempo el escenario. Lo que sí fue notable en él fue la pasión de su ejercicio. Obstinado hasta parecer despreciativo y prepotente, hizo pocas concesiones cuando enfrentó adversarios, fuera y dentro del Partido Revolucionario en el que se hizo hombre.

Minado lentamente por un cáncer de colon diagnosticado en el 2006, el dirigente político rindió las armas con toda seguridad muy a pesar suyo. Y no porque se aferrara a la vida, sino porque su agenda continuaba repleta de proyectos. El último y más comprometedor de energía vital fue la proclamación de su candidatura presidencial el 12 de octubre del año pasado por el Partido Revolucionario Social Demócrata, organización que creara en 2004 tras su expulsión de las filas perredeístas.

Como la vida de todo hombre público que llena el escenario con su sola presencia, la de Hatuey de Camps Jiménez tuvo momentos particularmente luminosos. Uno de ellos lo vivió poco después de haber cumplido 31 años. Era julio de 1978 y el país estaba a punto de estallar. Prevalecido en su poder casi omnímodo, Balaguer y los suyos idearon mil formas de escamotear el aplastante triunfo obtenido en las urnas por el candidato perredeísta Antonio Guzmán Fernández en mayo de ese año.

Como abogado del despojo subió al estrado mediático el abogado Marino Vinicio (Vincho) Castillo. Hatuey de Camps lo retó a un debate y el zorruno abogado, entrenado en su curul de diputado trujillista y de comentarista en el albañal que fue Radio Caribe, aceptó convencido de que daría un fulminante jaque mate al joven contendiente. Se equivocó de plano. De Camps resultó imbatible, no solo porque la razón estuviera de su parte, sino por su capacidad y brillantez de polemista.

Ocho años atrás, Hatuey de Camps había conducido con notoria habilidad política las luchas universitarias de 1969 y 1970. Presidente de la entonces combativa Federación de Estudiantes Dominicanos (FED), encabezó la movilización de estudiantes, profesores y empleados de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) que pasó a los archivos de la Historia como “lucha por el medio millón” de presupuesto para la academia. Una reivindicación que alentaba el acceso de los más pobres a la educación universitaria.

Siendo todavía adolescente, permaneció junto a su padre, Miguel Ángel de Camps Cortés, quien había sido diputado del gobierno perredeísta encabezado en 1963 por el profesor Juan Bosch, en el “comando” conformado por exlegisladores para defender en 1965 el retorno del país a la constitucionalidad truncada por el golpe de Estado.

De la zona constitucionalista asediada, y cuando todo hubo terminado, volvió a las aulas del Liceo Juan Pablo Duarte, en la capital, obteniendo diploma en dos menciones del bachillerato: Ciencias Físicas y Matemáticas y Filosofía y Letras. Todo sin abandonar el activismo que le había calado los huesos en ese 1961 que cambió tan abruptamente la historia dominicana.

Fundador en secundaria del Frente Revolucionario Estudiantil Nacional (FREN) y revitalizador del Frente Universitario Socialista Democrático (FUSD) a su ingreso a la UASD, Hatuey de Camps curtió su piel en el combate estudiantil. Su carisma lo elevó a la cúspide del movimiento. Y también su franqueza. En una UASD dominada por los grupos de la variopinta izquierda, donde interpretar de otra manera la política era casi impensable, él gritó a voz en cuello su perredeísmo, organizó los militantes de su partido, vitalizó el FUSD y conquistó la dirección de la FED.

Para entonces ya había fraguado un entrañable y prolongado vínculo con José Francisco Peña Gómez, a instancias de quien en 1973 interrumpe los estudios en Historia y Economía que realiza en París y retorna a la República Dominicana para ayudar en la reconstrucción política de un PRD que Juan Bosch había abandonado tras una lucha interna que lo separó de sus pupilos políticos más aventajados.

Un año después será candidato a diputado por el Acuerdo de Santiago, reagrupación de fuerzas antibalagueristas que postuló por primera vez a la Presidencia a Antonio Guzmán y al general retirado Elías Wessin y Wessin como su segundo al mando. Las adversas condiciones políticas, marcadas por la represión contra los opositores, obligaron al retiro del Acuerdo de Santiago de la competencia electoral.

El cambio en la táctica política del PRD liderado por Peña Gómez, llevará a Antonio Guzmán a buscar nuevamente la presidencia en las elecciones de 1978. De Camps, coordinador de la campaña, será electo diputado. Durante tres años presidirá la Cámara. Ya para entonces miembro prominente del proyecto presidencial de Salvador Jorge Blanco, que contribuyera a fundar en 1976, entrará en abiertas contradicciones con el gobierno de su partido. Bajo su presidencia, por primera vez en la historia del hemiciclo el proyecto de Ley de Presupuesto fue sometido a debate.

En el segundo triunfo electoral consecutivo del PRD, que lleva a la Presidencia a Salvador Jorge Blanco, el aguerrido político ocupará hasta enero de 1986 la Secretaría de la Presidencia, a la que renuncia para respaldar la precandidatura presidencial de Peña Gómez frente a su contendiente Jacobo Majluta. Las agudas contradicciones internas dejadas por el proceso electoral de ese año, abocaron al PRD a la división. En la ocasión, como en otras anteriores de similar naturaleza, De Camps se mantuvo fiel a su partido.

Aspirante a la candidatura presidencial por el PRD en 2004, se enfrentó con inflexible radicalidad a las pretensiones reeleccionistas de Hipólito Mejía. Derrotado en la convención por el PPH, se mantendría al margen del activismo electoral pese a su condición de presidente del partido. Más aún, y en una reacción característica de su personalidad, llamó a votar “por el Diablo” antes que por Mejía. El 19 de mayo de ese año, tres días después de la derrota del PRD en las urnas, el hombre que durante 43 años había estado en la primera fila de todas las luchas partidistas fue expulsado “por alta traición”.

La suerte posterior de Hatuey de Camps vino a confirmar la tesis sostenida por muchos de la imposibilidad de liderazgos fuertes fuera de los partidos tradicionales en las culturas políticas impregnadas de caudillismo. Tras su expulsión del PRD, el político capaz de hacer salir a las calles a decenas de miles de personas con solo convocarlas a través del programa Tribuna Democrática –como aconteció el 15 de mayo de 1978 en desafío a los militares portando en sus fusiles los símbolos del balaguerismo— vio declinar su estrella.

La boleta electoral de 2008 del Partido Revolucionario Social Demócrata, que fundara a raíz de su expulsión del PRD, no fue encabezada por él, que fue segundo, sino por Eduardo Estrella, un político proveniente del reformismo de reconocida imagen pública, pero sin peso político propio. A favor de ambos, los electores depositaron 19,309 votos. Antes de tomar la decisión de esta alianza, De Camps coqueteó con la idea de apoyar a Leonel Fernández, con quien llegó a reunirse en marzo del 2006.

Con la salud cada vez más deteriorada, el otrora beligerante político se fue apartando del escenario público, pero sus reapariciones tuvieron siempre la impronta de su apego al perredeísmo. En 2012, comprometió públicamente su apoyo con Hipólito Mejía, enterrando las diferencias de 2004. Entrevistado por el periodista Pablo McKinney, dijo que había combatido a su entonces compañero de partido “por posiciones políticas”, de lo que seguía sintiéndose orgulloso. “Había que guardar el hacha de guerra y la guardé”, explicó sobre la alianza.

También como ocurre con la inmensa mayoría de los políticos, la vida privada de Hatuey de Camps fue objeto de conjeturas, no siempre favorables. Salvo algunas confesiones de ocasión en entrevistas, fue poco lo que se supo sobre sus sentimientos, sus placeres cotidianos y sus preferencias en cualquier otro ámbito ajeno al voraginoso mundo público.

En los corrillos de la murmuración, se le atribuyó actuar como Don Juan, vale decir, como un adicto a la seducción de las mujeres. Sus tres matrimonios con mujeres destacadas –Cecilia García (1976), Milagros Germán (1983) y Dominique Bluhdorn (1995)— cementaron su fama. De estas uniones nacieron nueve hijos e hijas, a los que se añade un décimo fruto de su relación sentimental con la periodista Irene Narpier.

Se dijo amante de la lectura y de la música. En la primera, se decantó por los clásicos, si bien los prodigios del “boom”, entre los cuales Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa, nunca le dejaron indiferente. En la segunda, fue siempre heterodoxo; su alma vibraba con Chaikovski y Beethoven lo mismo que con un bolero.

En una entrevista concedida a la periodista Asela María Lamarche en mayo de 1999 recogida en el libro “Hatuey de Camps Jiménez, su legado político”, de Cándido Gerón, Dominique Bluhdorn, con quien compartió los últimos 21 años de su vida, define esa faceta que la política ocultó siempre: “A él le gusta estar en la casa, descansa mejor que todo el mundo, sabe realmente relajarse, sabe aprovechar el tiempo con sus hijos y conmigo, sabe estar en una finca, en una playa, con libros antiguos, pasando una tarde o leyendo cuentos de niños. Él es polifacético. Él es muy cariñoso. Cuando mis hijos han estado enfermos, siempre los ha atendido personalmente, por más compromisos políticos que tenga”.

Este hombre común y amoroso que ella describe es el que también se ha ido, el que quedará en la memoria de los más suyos, a contrapelo de los panegiristas que solo exaltarán al Hatuey de Camps de las trincheras.

(Publicado originalmente en el periódico Diario Libre http://www.diariolibre.com/noticias/hatuey-de-camps-militante-politico-de-toda-la-vida-GH4786998)

Llorar sobre la leche derramada

En estos tiempos de pasiones desatadas quizá convendría, si es que nos gusta, refugiarnos en la lectura de un libro que nos nutra. Leer, o releer, por ejemplo, El peso de la responsabilidad, de Tony Judt, y encontrar en el pensamiento y acción de León Blum, Albert Camus y Raymond Aron, algunas claves para entender el cabal significado de ser –no autoproclamarse— dirigente político.

No es nuevo, porque nuestra cultura sociopolítica es medularmente autoritaria, pero en este momento de agitación, que no de crisis, el “estás conmigo o contra mí” es la única opción que ofrecen tirios y troyanos. Todos valiéndose por igual del chantaje pretendidamente ético –que en unos y otros es falso— y estrujando en sus respectivos cedazos el ser y deber ser de todo otro contrario.

No hay duda alguna sobre la inequidad e iniquidad de estas elecciones cuyos resultados dañan aún más la democracia, no solo por el indefendible desastre cometido por la JCE en el conteo, sino por lo ocurrido durante todo el proceso previo, que incluye (¿lo olvidamos o no importa?) las decisiones partidistas que anticipaban este resultado. Porque el denunciado fraude no está solo en votos mal contados ni en actas alteradas o faltantes. Estuvo antes en la burla que representaron los acuerdos en el PLD de reelegir todos sus congresistas a cambio del apoyo a la reforma constitucional, pero también en la igual decisión adoptada por el PRM con los legisladores heredados del desmembramiento del PRD, y en la inscripción impúdica como candidatos propios, nombrados de dedo, de la resaca leonelista; verbigracia, Milcíades Franjul, Víctor Sánchez y Néstor Rodríguez, botones de una amplia muestra.

El fraude estuvo antes en la “subasta” de las candidaturas a las regidurías opositoras denunciada por Waldys Taveras (por favor, respétenlo como fuente, que se lo tiene más que ganado) para ponerlas en manos, cito, “de quienes pueden adquirir dinero fácil: prestamistas, banqueros de juegos de azar, empleados de diputados beneficiarios del barrilito y amantes de dirigentes del partido”.

Mientras el candidato-presidente Danilo Medina se servía con la cuchara grande de su aceptación apuntalada fuertemente por los recursos estatales, la oposición, y la reduzco nuevamente al PRM porque era el principal contendor, se contentaba con celebrar el transfuguismo otorgándole cualidades épicas y con esperar, como quien espera el maná, que del cielo internacional le cayera el involucramiento directo de Danilo Medina en Lava Jato, que Joao o Mónica Santana, o ambos, se fueran de boca ante el juez Moro hasta partirse los dientes, o que Medina o algunos de sus muy cercanos salieran con una offshore en los papeles de Panamá. Pasaron casi tres meses electoralmente decisivos con los dedos cruzados para que Brasil o el destino les proveyesen lo que no encontraban en su propia fuente política.

Cuando le tocó hablar de políticas sociales e insistir en ellas para conquistar mayorías, el PRM prefirió los fáciles, aunque inútiles, meandros del “me too” (le robo la descripción a Melvin Peña), inscribiendo en su programa y proclamando en los mítines (también lo diría la vice Carolina Mejía), la duplicación del monto de la tarjeta Solidaridad y del universo de sus beneficiarios mientras, y paradójicamente, esta misma política era denunciada como clientelar y trampa de votos. Nadie pareció parar mientes en la absurda discordancia y sus consecuencias de debilitamiento de la promesa.

¿Cómo vencer al contrario ofreciendo acríticamente lo mismo que él, recogiendo para revalidarlos los restos del naufragio leonelista, si cuando se dice ir más allá en temas tan sensibles como la inseguridad ciudadana halan de los pelos al impresentable Rudolph Giuliani y su “tolerancia cero”, como si acaso en el país no murieran cerca de trescientos jóvenes todos los años a manos de una policía que no necesita asesores para librar una guerra, si, guerra, sin cuartel contra los pobres en nombre del combate a la delincuencia?

Por si algo faltara, todas las encuestas de los medios de comunicación fueron metidas en el mismo saco de la impudicia, y reducidas a una supuesta “mesa de encuestas” instalada en el Palacio para dirigir la opinión pública hacia donde quería Medina. Para contrarrestar los efectos de esos sondeos, salieron al ruedo las menciones de estudios propios que nunca revelaban sus porcentajes y dos o tres de último minuto que vaticinaban segunda vuelta, no el triunfo del candidato perremeísta, que hasta ahí no llegaron. El PRM nunca jamás utilizó las encuestas como instrumento de trabajo que le facilitara identificar las debilidades de Medina y las fortalezas propias, porque la palabrería hueca le llenaba el cerebro, valga el oxímoron.

Y nunca, absolutamente nunca, miró verdaderamente hacia otro lado que no fuera el del reformismo (chao, chao Convergencia), con el dudoso argumento de que negociaba con Quique Antún y sus cómplices, en acepciones que ruborizan todas, porque necesitaba visibilidad en la boleta. Sucede, como lo demuestra el boletín 13 emitido por la JCE, que el puesto tres en la boleta solo le aportó al candidato del PRM un 5.63 %, y que el temido puesto quince le deja un 26.83 %. La gente que lo respaldaba supo siempre dónde tenía y quería votar, mas el PRM no supo nunca con quién tenía que aliarse para construir algo diferente.

Ahora se insiste en hablar de fractura de la institucionalidad como si fuera consecuencia novedosa de estas elecciones, y me parece una afirmación sesgada. Tan sesgada como cuando se habla de los condicionamientos de la prensa en este proceso o siempre, y se callan los efectos y los porqués del monopolio de los medios. Como cuando se habla de irregularidades inaceptables y se exige reconteo (justísimo), pero en las manifestaciones no participan los candidatos opositores ganadores. Como cuando se habla de la corporación PLD (indesmentible y nefasta) y se calla el papel que jugó el Grupo Vicini a favor de David Collado, eludiéndose de paso las posibles consecuencias de este apoyo sobre la ciudad y la política.

De la misma manera en que desasosiega el apabullante poder que adquiere Danilo Medina a partir de estas elecciones, debe inquietar un partidismo que no se renueva, por decir lo menos. La democracia no puede, no debe, descansar en opciones polarizadas, sobre todo cuando estas tienen tan mala calidad como la demostrada. Ojalá todo esto sirva de algo en el futuro.

El infierno son los otros

Me apropio como título de la frase sartreana sin entrar en sus honduras. Sin pretender abordar, porque no me alcanza el bagaje, el conflicto de las subjetividades que ella encierra. Así que la trastoco en mi beneficio y la hago decir: “Porque tengo razón, porque encarno la razón, soy tu némesis. No tu libertad contra la mía, no tu libertad y la mía, sino mi dedo acusador que te parte como un rayo”.

El mundo, el país, se pueblan en estos tiempos de pontífices y artificieros políticos e ideológicos. Los primeros, que no pocas veces trasmutan en los segundos, dictan cátedra moral desde los más diversos púlpitos. Los segundos, que a veces trasmutan en los primeros, clasifican al resto según la carga letal que, a sus ojos, ese resto representa para el futuro. No siempre se equivocan, concedamos.

sapos

Esta mañana leía en Ctxt, una publicación a la que me vuelto adicta, un artículo de la periodista y escritora española Rosa Pereda sobre la saliva que nos cae en la cara cuando escupimos al cielo. Así se llama el artículo, “Escupir al cielo”. Nosotros decimos “escupir para arriba”. Pero como el mío, el título de ella también es equívoco: no es advertencia de prudencia, de cauta cobardía; es constatación de lo que pasa cuando se escupe al cielo –o para arriba— sin ir creando a la par las condiciones que eviten que el escupitajo pueda ensuciarnos el rostro.

No logro continuar escribiendo sin hacer eco de las razones que la llevaron a escribir como lo hizo, aunque luche por no contaminarme con su lúcido pesimismo. Me robo su frase inaugural: “Lo jodido de ser mayor –aparte el calendario que te acerca la muerte– es que no puedes hacer ninguna reflexión que no esté cargada de memoria”. A mí me pasa. Veo el que tenemos hoy y no puedo evitar dolerme por lo que intenté construir y soñé como país. Mas mi dolor no me ciega. No creo que todo se haya perdido. Que hayamos sumado cero. En la sociedad de hoy está la impronta de lo que hemos ido conquistando y se ha quedado, contra viento y marea. Y lo aportado por las nuevas generaciones desde su particular interpretación de las cosas. ¿Que falta mucho? Muchísimo, diría yo, y el superlativo es parco. Sé que llegará otro país, otro nosotros, aunque no voy a verlos cuando se conquisten. Los procesos históricos son de cuenta larga, y yo soy humana; es decir, mortal.

Cuando en 1961 los jóvenes de mi generación salieron a las calles armados de consignas tan radicales como difusas, nos creímos instrumentos elegidos de la Historia. Daríamos vuelta al país como a un guante. La palabra solo útil para el discurso persuasivo de la política, pero incapaz de construir hegemonía cultural, reveló prontamente sus límites, su ineficacia para lograr el declarado propósito. Terminó siendo hábito y tópico. Nos cubrió el barniz de la incomprendida democracia, pero algo fundamental permaneció impertérrito. No sin razón se dice que todos los dominicanos y dominicanas llevamos un trujillito dentro, y eso tiene secuelas, a veces traumáticas. Ni las izquierdas, ni la derecha, ni los conservadores, ni los liberales vernáculos han logrado lavar esta mancha que se extiende al orden social. Quizá sea ese nuestra mayor deuda con nosotros mismos.

Aunque no se trata solo de la herencia ideológico-política del trujillismo. Va más atrás en el tiempo. Es la propia historia que hemos tragado desde 1844. La construcción del mito y la búsqueda desesperada del culpable que reivindique a las élites de sus miserias. Y del héroe que justifique el gratificante martirio. Desde esta “lógica”, nada es social, todo es moral, y así no vale para reconocernos en lo que somos, en cómo nos hemos hecho y nos seguimos haciendo. Mucho menos para parir algo distinto en el porvenir.

No me gusta el presente, me produce regurgitaciones, pero en beneficio de mi propia razonabilidad trato de ir más allá de sus causas aparentes. De ver la viga en mi ojo y no solo la paja en el ajeno. De entender que el conflicto no es entre “buenos” y “malos” y que es imperioso identificar el camino “recto” para ser salva, sino que se da entre intereses diversos que interactúan en un contexto cada vez más complejo. Y trato de decirme que se necesita construir pueblo y ciudadanía –distintos a la caricatura de ambos que garabatea nuestro olímpico buenismo— organizando la resistencia política, social y cultural, alentando el conflicto, poniendo en marcha alternativas creíbles. No hablo de escaramuzas callejeras. Hablo de ideas.

Ya lo dijo Savater en Las preguntas de la vida de una manera que jamás pudiera yo haberlo dicho y que suscribo: “Desde la perspectiva racionalista, la verdad buscada es siempre resultado, no punto de partida: y esa búsqueda incluye la conversación entre iguales, la polémica, el debate, la controversia. No como afirmación de la propia subjetividad sino como vía para alcanzar una verdad objetiva a través de múltiples subjetividades. Si sabemos argumentar pero no sabemos dejarnos persuadir hará falta un jefe, un Dios o un Gran Experto que finalmente decida qué es lo verdadero para todos”.

La lista del CODUE

Fidel Lorenzo Merán, el presidente del CODUE, insiste tercamente en erigirse en la voz de todos los creyentes evangélicos y en orillarlos a las posiciones políticas más retrógradas. Afín a la Fuerza Nacional Progresista, a cuyas proclamaciones de candidatos ha asistido con regularidad, Lorenzo Merán ha asumido posturas en torno al tema migratorio que siembran dudas sobre su firmeza en un valor consustancial a la prédica evangélica: la solidaridad y el amor al prójimo. Basta con “googlear” su nombre y el resultado será una avalancha de opiniones en las que advierte, como lo hacen los Vinchos, sobre el peligro que corren la soberanía, la identidad, etc., y llama a deportaciones masivas de ese que no es prójimo, sino “haitiano ilegal”. ¡Menuda manera de ser cristiano! Ni qué decir sobre sus posiciones sobre los derechos reproductivos de las mujeres y el matrimonio igualitario. Ayer domingo la emprendió contra Minou Tavárez Mirabal y contra Sergia Galván, a quienes llama abortistas y defensoras de la agenda LGTB.

fidel lorenzoInsiste asimismo en que dará a conocer los nombres de los candidatos por los cuales los evangélicos no deben votar. Y me parece bien, solo que como el presidente Danilo Medina observó el Código Penal por vulnerar los derechos reproductivos de las mujeres, sometió la Ley 169-13 para tratar de enmendar la vergüenza que supuso y sigue suponiendo la sentencia TC 168-13, y aceptó a Wally Brewster como embajador, y como, de su parte, el candidato del PRM Luis Abinader ha criticado públicamente la susodicha sentencia, participado en actos de solidaridad con los desnacionalizados y reunido amigablemente con el embajador norteamericano, es de esperar que Lorenzo Merán los ponga a la cabeza de su lista de objetables. De lo contrario, estaría cogiendo piedras para los más chiquitos y eso tampoco parece muy cristiano, que digamos. Y, desde luego, si no los incluye sería un oportunismo tan obvio que daría vergüenza ajena.

Estás a favor mío o te jodiste

No voy a revelar con quién sostengo este intercambio a través de Facebook, pero es real, dolorosamente real. Se origina en una pregunta, quizá estúpida por el contexto, que hice a mi respondiente: ¿De verdad que en aras de “tumbar la mafia” puedes ignorar esto e instrumentalizar la asesoría de Santana a Medina?”. Reproducía en su muro, y a continuación de la pregunta, un artículo del portal Brasil247.com que ustedes pueden leer presionando aquí.

dilma y santana

Durante estos últimos días he republicado en mi muro de FB numerosos artículos que han visto luz en medios de prensa alternativos, contrarios al golpe contra la presidenta Dilma Rousseff. Artículos que hablan sobre cómo Santana (que puede ser un corrupto redomado, un soberano canalla) es la pieza buscada para poder someter a juicio político a la presidenta Rousseff, destituirla y terminar con todas las conquistas democráticas obtenidas por el pueblo brasileño durante los gobiernos del Partido de los Trabajadores.

Sobra decir que continuaré publicando todo lo que ofrezca una versión distinta a O Globo, ese infame y ultraderechista conglomerado contrario a la democracia y a la justicia que tan acríticamente ha utilizado la ¿oposición? dominicana.

Dado que esta ¿oposición? ha aprovechado el apresamiento de Joao Santana para tratar de sacar ventaja electoral, me pareció pertinente hacer a mi amigo ¿convergente?, ¿emepereista?, ¿rap?, la pregunta que reproduzco en el primer párrafo. Su respuesta no puede ser distinta a la que corresponde a la cultura trujillista que nos signa.  O quizá menos contemporáneo y más atávico: reinó otra vez esa maldita lógica bíblica de “si no estás conmigo, estás contra mí!”, con el agregado cultural dominicano que todos conocemos. Aquí les va lo que me escribió –respetando su gramática– y a continuación mi respuesta

El correo de mi amigo

Mi querida Margarita en respuesta a tu pregunta te respondo con otras preguntas. Te digo ademas que Danilo Medina y su gobierno están en el deber de responder a las interrogantes que sobre este caso se hace la gente en estos días. Este escándalo de corrupción que involucra a dos de las grandes empresas mas grandes de Brasil y que ha pasado al ámbito internacional aparecen los nombres de la RD y su presidente Danilo Medina, En verdad crees que Danilo Medina, Lula y Odebrecht nada tienen que ver con la sobrevaluacion de Punta Catalina?….En verdad crees que el ‘Danilismo’ y el ‘Leonelismo’ no son mafias enquistadas en el Estado dominicano?….Por ultimo, por que tu defensa implícita y no tan implícita al ‘Danilismo’ o a Danilo Medina?, Y…. En verdad crees que Danilo Medina no compro la reelección?

Mi respuesta

Mi querido XXXX: No creo que albergues duda alguna de que puedo responder cada una de tus inquietudes (perdona si parezco prepotente). Y lo haría gustosa si de antemano tú no hubieras contaminado el posible diálogo con la pregunta que indaga el porqué de mi “defensa implícita y no tan implícita al danilismo o a Danilo Medina”.

Quizá no sea esa tu intención, pero para el caso lo mismo da: presupones que lo que he dicho en estos días y la misma pregunta que te hice a ti, no obedece a que creo que hay una grosera instrumentalización del caso de Joao Santana sin parar mientes en el contexto brasileño y en lo que la derecha está haciendo contra Dilma, lo que no obvia –y hasta ahora no se me ha ocurrido decirlo— que se cuestione el origen de los fondos pagados al publicista. Pero además, tus preguntas no son tales, sino acusaciones en forma de preguntas. Y así no, querido XXXX.

A lo que asistimos en estos días es a un manejo político del que disiento: en ningún momento he visto, leído o escuchado ninguna reserva sobre lo que está sucediendo en Brasil lo que, te repito, no invalida que se exija que Danilo Medina esclarezca lo que tiene que esclarecer. Por el contrario, he visto banners en las redes donde se decreta la corrupción de Dilma y de Lula, creando en el imaginario colectivo la idea de que las acusaciones contra ambos están comprobadas. No ignorarás las implicaciones políticas que eso tiene contra el “proyecto progresista”. Si a ti eso te parece bien, a mí no.

De todos modos, querido amigo, porque me conoces debes saber que no me intimidan las asociaciones que buscan descalificar mis opiniones. Aunque me entristece siempre, estoy acostumbrada a que el chantaje social, político e ideológico sea la manera de “dirimir” nuestras diferencias. Es esta distorsión la que explica que para ti yo haya pasado de ser “merecedora de este y más reconocimientos por tu capacidad y dedicación al periodismo responsable” a ser una ¿vendida?

Las culpas de Minou y Guillermo

Hubiera podido también titular este artículo “La derrota como chantaje”. Porque de eso se trata, y no de otra cosa, el argumentario a favor de una “unidad opositora” que prescinde, con un descaro que avergüenza, de ver la viga en el ojo propio para rasgarse las vestiduras por la paja en el ajeno.

guillermoyminou

Tanto nos hemos acostumbrado a entender la política como mera lucha electoral, que las consideraciones ideológicas –por muy descoloridas que sean—para persistir en un proyecto propio, son vistas como perversa traición al fin último, y único, que es ganar y sustituir, ganar y continuar con un modelo que empobrece a los más en beneficio de los menos, cambiar para que todo siga igual.

Por eso no hay día de Dios en que los medios no recojan una opinión acusadora sobre la reticencia de Minou Tavarez Mirabal y Guillermo Moreno a unirse a un “bloque progresista” no solo incapaz de hacer una crítica creíble y esperanzadora al modelo peledeísta, distinta a las consabidas y vacías promesas electorales, sino que lava las culpas históricas, éticas y políticas del reformismo balaguerista, cuando, tragándose su propio tiburón podrido, su candidato afirma que faltaría al deseo popular de cambio si permitiera “que se conspire contra la unidad de las fuerzas capaces de construir la mayoría, esgrimiendo rivalidades del pasado, ya felizmente superadas”. A confesión de parte, relevo de pruebas.

Descalificar a Minou por su historial peledeísta, por su acrítico tránsito hacia la independencia es, por lo menos para mí, socialmente avieso y políticamente hipócrita. Sí, fue peledeísta. Sí, fue diputada por un partido apoyado en el incalificable Frente Patriótico que cerró el paso a José Francisco Peña Gómez, el más grande líder popular que haya parido jamás la historia republicana. Sí, tomó juramento a Leonel Fernández y advirtió a la oposición en su discurso de no hacerse ilusiones porque su triunfo sería retroceder a estadios sociales inferiores. Todo eso es verdad como un templo.

Pero también es verdad que, como diputada, Minou fue siempre ácidamente crítica con proyectos lesivos para la salud de la democracia y el bienestar de la ciudadanía. Si para muestra un botón basta, recordemos su coraje en defensa de posiciones minoritarias durante el proceso de reforma constitucional –particularmente en el caso del malhadado artículo 30– y su rechazo a la desnacionalización de los dominicanos de ascendencia haitiana. No es este su inventario, pero he hablado de muestra y me limito.

El acoso a Guillermo Moreno es también sistemático. No teniendo cola partidista que le pisen, se apela a rasgos de su personalidad para convertirlos en déficits políticos. Lo acuestan a la fuerza en el diván de improvisados psiquiatras mediáticos y le diagnostican toda suerte de trastornos. Como no cede, le aplican terapia convulsiva recordándole que su insignificancia electoral, sus miserables porcentajes, solo lo arriesgan al ridículo. Tratan de meterle miedo.

Si todo lo que he venido diciendo es posible, lo es porque los escrúpulos de la mal llamada oposición son los de María Gargajos. Descalifican a Minou por la mancha indeleble de su peledeísmo, pero reivindican como gesto patriótico reformista “abandonar las mieles del poder” morado para “recorrer un camino propio”. Critican la intransigencia principista de Guillermo, pero agradecen el apoyo de los “coloraos” y particularmente a Quique Antún, y no se sonrojan al decir que esta unidad busca terminar con la corrupción, la impunidad, la inseguridad y otros males que nos hereda el Partido de la Liberación Dominicana.

Y es también posible porque la sociedad carece de una masa crítica que obligue a tirios y troyanos a encauzar la política por caminos menos fáciles que el insulto y la estulticia “analítica” de los variopintos que monopolizan los espacios de opinión, púlpito que les sirve, al decir de Félix Ortega, para su “sermoneo profético” y para “tratar de convencer moralmente antes que demostrar racionalmente”.

Las propuestas de Minou y de Guillermo están ahí, discutamos su pertinencia actual y su trascendencia futura. La novedad de sus respectivos enfoques y su fuerza para cambiar las cosas, si las tienen. Atrevámonos a dejar de culparlos desde ya de la previsible desgracia ajena.

El rábano por las hojas

No, no voy a hablar de la postración ante el chantaje de los sectores neonacionalistas en que incurre el gobierno cuando sus funcionarios califican de “inoportuno” el premio concedido al nobel de literatura Mario Vargas Llosa, deslegitimando la decisión libérrima del jurado y, por vía de consecuencia, avalando el odio y la intolerancia. Siento al respecto una paralizante vergüenza ajena.

monumento de santiagoA lo que me dispongo es a meter la cuchara en la cháchara sobre la posible utilización como restaurante o bar de tapas, lo mismo da, del quinto piso del Monumento a la Restauración en esa Santiago cada vez más parecida a la capital en sus abismales desigualdades, su hacinamiento vertical y su insufrible caos.

Resulta que el domingo 31 de enero, mientras el peledeísmo proclamaba candidato a Danilo Medina y el reformismo a Luis Abinader, yo estaba de visita en ese monumento que es identidad de la llamada Ciudad Corazón. Era la primera vez que recorría, subiendo por las escaleras, un monumento que Santiago reclama como patrimonio.

Grande fue mi asombro, y aún mayor mi indignación, por el ostensible escamoteo del papel jugado por Gregorio Luperón en la gesta restauradora que muchos y reconocidos historiadores (Roberto Cassá, por ejemplo) consideran nuestra verdadera independencia, por cuanto se produce de un poder colonial.

En ninguno de los paneles explicativos anexos a los dioramas –y creo no haber omitido la lectura de ninguno—, Luperón aparece como la figura determinante de la Restauración que la historia no hispanófila reconoce en él. Quien haya visto su imagen en los libros puede, a lo sumo, adivinar que se le alude en algunos dioramas por el color oscuro de la piel de una figura entre otras, no porque se le nombre.

La melcochosa narrativa “histórica” del hecho desplegada ante los ojos del visitante, concede subliminalmente más importancia a Juan Pablo Duarte que a Luperón; una manipulación que, al parecer, nadie se ha ocupado de enmendar con firmeza, diciendo que dos estatuas no bastan para borrar la exclusión. Manipulación que, por demás, no es inocente, sino estrategia político-ideológica de los sectores conservadores dominicanos: ocultar el carácter anticolonialista de la Restauración y las ideas liberales que la alentaron. Asimismo, para esta estrategia en permanente desarrollo, el pensamiento anticolonialista, antiimperialista y antillanista de Luperón es palmariamente subversivo.

Si hemos de discutir sobre el Monumento quizá sería pertinente comenzar por desmontar su perversa carga ideológica. Reivindicar que sus escasos visitantes –no obstante el irrisorio precio del acceso guiado— no sean contaminados con una versión de la historia que solo favorece a las élites, sus hacedoras.

Después, o concomitantemente, según plazca, vale exigir que la transparencia de cualquier negocio que pretenda montarse en sus espacios esté libre de toda sospecha. Que todo sea publicitado en detalle y sometido a la consideración de expertos ya que es impensable, como quizá preferirían algunos, la discusión en asamblea ciudadana.

En fin, que no agarremos el rábano por las hojas.

Mano Juan y la ardiente pasión de un pescador por las tortugas

En la isla Saona hay un poblado llamado Mano Juan cuya “calle principal” es una ficción. No puede llamarse calle sin faltar a la decencia a ese camino polvoriento y sinuoso sobre el que se inclinan dos hileras de casas precarias. El nombre de play también resulta excesivo para el terreno en que los escasos niños juegan pelota, reducido hasta hace poco en varios metros por un vertedero que se traga los manglares.negro

Hablar de servicio de electricidad es fabular. Varias agencias internacionales mancomunaron esfuerzos en la construcción de una planta de paneles solares que dejó de cumplir su promesa antes de que cantara el gallo. En tono autocrítico, algunos pobladores reconocen que, inaugurado el servicio, se produjo una importación incontrolada de electrodomésticos de alto consumo. La generación no daba para tanto y, ahora, cada cual debe agenciarse electricidad por medios propios o acostumbrarse a pasar las noches a la lumbre de una vela.

No hay agua en Mano Juan. Los pozos abiertos proveen un líquido salobre y contaminado que sirve para el aseo doméstico y personal, pero no para el consumo. Así que la potable hay que importarla de La Romana o Higüey, y eso solo pueden hacerlo quienes tienen lancha propia, convertidos en vendedores de botellones a precio de oro molido.

Las estimaciones hablan de una población de mil personas habitando doscientos hogares. Difícil comprobarlo; la movilidad de los pobladores burla el rigor estadístico. Poquísimos viven de manera permanente en la isla. La falta de oportunidades los desplaza hacia los centros urbanos y turísticos de la región. Para estudiar, los niños y las niñas cuentan con dos aulas donde se agrupan todos los cursos, desde el primero al octavo. Si quieren continuar estudiando la única opción es levar anclas.

Además de la “principal” hay otra “calle”. Da a la playa y está llena, a la escala del poblado, de tiendas de artesanía y pintura naíf en la que se reconoce a leguas el colorido pincel haitiano. Y de tumbonas bajo unos cocoteros esplendorosos en las que los turistas viven su idea del Paraíso. Cada vez son más los que llegan a Mano Juan en modernas embarcaciones desde Bayahíbe, aunque todavía son más numerosos los que desembarcan en Catuano, una playa virgen situada en el mapa del turismo de masas, y potencialmente depredador, por la revista de viajes Caribbean Travel & Life.

Según declaraciones dadas a los medios por Manuel Serrano, viceministro de Recursos Forestales del Ministerio de Medio Ambiente, cada año crece el número de visitantes a la isla Saona, donde está enclavado Mano Juan. En marzo del pasado año calculó, a ojo de buen cubero, que cada día llegan unos dos mil extranjeros; tres mil en temporada alta; seiscientos mil al año. A las cuatro de cada tarde deben emprender el regreso: en Mano Juan ni en Catuano hay hoteles por la simple razón de que la isla Saona es parque nacional y no están permitidas las monumentales edificaciones que llenan la costa oriental y se apropian, mediante la privatización de hecho, de las playas públicas.

Quizá su condición de área protegida preserve a Mano Juan del destino que ya padecen otros poblados orientales. Pero la certidumbre flaquea por incontables motivos. Al influjo del turismo, el Pueblo de Pescadores, como se le conoció desde su fundación en 1944, recoge poco a poco las redes y arrincona las yolas. Los precios encarecen y el guía turístico, que chapurrea dos o tres idiomas, va erigiéndose en tótem de la cegadora industria.

Pero en Mano Juan abunda algo insospechado: la pasión de Pelagio Paulino por la conservación de las tortugas. Quizá este nombre diga poco a muchos, porque para todos él es Negro. El de la sonrisa ancha y la ufana experiencia en labor que demanda de extrema paciencia y cuidado. El que no tiene empacho en admitir que fue en el pasado “el más depredador de los depredadores” –negociante mayorista de conchas, de huevos, de carne de tortuga— porque está ya redimido de sus pecados y su penitencia da frutos.

En su metamorfosis convergen dos circunstancias. Una, la decreciente rentabilidad del negocio provocada por la sobreoferta y la cada vez peor calidad del producto, sobre todo de las conchas del carey, sacrificado demasiado joven. Otra, su encuentro con un biólogo puertorriqueño que con su empeño en salvar las tortugas tocó fibras sensibles de su alma y su conciencia.

Ocho años después, Negro es una especie de oficiante laico de los rituales conservacionistas. Los resultados de su trabajo, que realiza en solitario –o por lo menos es esa la impresión— dibujan sonrisas en la cara de Yolanda León, del Grupo Jaragua, involucrada en cuerpo y alma en una lucha que tiene mucho de quijotesca en un país donde el conservacionismo es un ave extraña. El rescate de los nidos de tortugas en la isla Saona crece de manera casi exponencial. El equilibrio se restablece lentamente, pero de manera sostenida.

Es sábado y Negro habla de su experiencia a un grupo de pescadores que lo visitan para aprender sobre la salvaguarda de tortugas. Su voz es diáfana y su tono apostólico. A las explicaciones de los procedimientos propios de la faena, añade apostillas morales. Alude a la notoriedad pública que van ganando los programas que con la orientación del Grupo Jaragua y el Ministerio de Medio Ambiente se desarrollan en varios puntos estratégicos del país.

“Para mantenerse arriba hay que hacer las cosas con fundamento. La mentira solo conduce al fracaso, y la mentira es hacer algo que de verdad no te guste. Lo digo con toda la honestidad posible, porque soy honesto conmigo mismo. No todo el mundo está de acuerdo con lo que hacemos pero, si hay tres mil personas y quinientas quieren saber de mi, esas quinientas son las más importantes”, plantea frente a quienes anhelan reproducir la experiencia.

Frente a las varias neveras de las que mientras habla irá sacando las recién nacidas tortugas verde, Negro desvela los secretos de sus saberes. A su lado, Yolanda anota en las casillas de un riguroso cuestionario cifras que le encandilan los ojos. Cada vez son más las tortuguitas que volverán al mar.

Eran los últimos años de la década de los noventa cuando Negro sirvió de guía al biólogo que visitó Mano Juan para hacer un censo marino. Para entonces el negocio con las tortugas mostraba sus primeros síntomas de agotamiento. Aquel encuentro fue casi una revelación: le sembró la culpa de ser cómplice de un crimen contra la naturaleza y de una conspiración contra el futuro del mundo. Y lo rebeló contra sí mismo.

“Usted sabe –dice a Diario Libre— que la economía es lo que mueve el mundo. Aquí la carne y la concha de carey se comercializaban libremente. Era ilegal, pero uno le daba algo a quien debía vigilarnos, y problema resuelto. Pero cuando notamos lo que estaba pasando, surge el gran problema mío como pescador: comienzo a darme cuenta del impacto que nosotros creamos. Ya la mercancía nos la pagaban más barata o en algunos casos no querían comprárnosla. Es cuando digo ‘si el problema somos nosotros, vamos a comenzar a criar para que el producto salga bueno’”.

Paradójicamente, es esa busca de rentabilidad de un negocio de capa caída la que conduce a Negro a trillar el camino opuesto. A partir de aquel momento, las 24 horas de su día son embebidas por la localización, rescate e incubación de los nidos, no para traficarlos, sino para devolver a la naturaleza lo que le pertenece. El rápido crecimiento en el número de anidaciones es su mayor orgullo.

Hablar con Negro luego de terminado su intercambio con los pescadores visitantes fue casi llover sobre mojado. No cansa, empero. Su historia puede ser escuchada un montón de veces, como una canción que de la que somos devotos. Es pródigo en detalles, y solo se torna elusivo en su respuesta a si acaso no estará él monopolizando, en detrimento de la sostenibilidad futura, un proyecto que ya gana fama.

“Esa pregunta no me gusta contestársela a nadie. Todo el mundo y la profesora (Yolanda León) saben qué pasa. Por eso no la contesto”, dice lacónico. Invita a volver en otro tiempo para que sean los propios ojos de la periodista los que ofrezcan la respuesta. No vale argumentar que la crónica se escribirá ahora, no después.

Vuelto a su ser natural, interrumpe a medio camino la pregunta sobre sus relaciones con el Ministerio de Medio Ambiente que, en teoría, supervisa diariamente su trabajo (es guardaparques desde el 2007) y que, en la realidad, puede estar hasta cuatro meses ausente.

“Muy buenas, muy buenas. Muy agradecido de ellos, de verdad que sí. Lo digo honestamente. Claro, tienen sus excepciones, como todo, pero hay que aceptarlos como son. Uno no puede matar a nadie porque sea malo. La gente está cambiando, eso sí”, afirma.

Entre una cosa y otra, algo de conciencia colectiva sobre la preservación de las tortugas avanza poco a poco. En el camino recorrido, los niños de Mano Juan, algunos ya hombres, convocados a la liberación de las tortugas en las playas de arena blanquísima, echan hoy otra mirada al mundo que los rodea. Y son ellos, asegura Negro, quienes han ido plantando en sus padres la voluntad de no recaer en las antiguas prácticas depredadoras. En ellos encuentra un insuperable aliado.

Pero Negro también tiene un agudo sentido del negocio. En lo que antes fue gallinero contiguo a su casa, este hombre que reclama su condición de pescador, ahora recibe grupos de turistas que, sin pago alguno, entran a la sombra de la endeble construcción para conocer el proyecto que él encabeza en Mano Juan. En las paredes, varios carteles detallan las características de las tortugas preservadas. En la mesa, numerosos potes conservan en formol ejemplares de las especies en diferentes estados de su desarrollo embrionario.

El auge de las visitas lo hizo pensar en sacar partido legítimo de su dedicación medioambientalista. Hoy es dueño de una pequeña presa con la que fabrica aceite de coco –exhibido junto a los embriones de tortuga— y de la venta de artesanías que los turistas compran a buen precio.

Reconoce, sin embargo, que ese turismo que también aprende sobre conservación cuando visita el proyecto, puede convertirse mañana en amenaza aupada por la diversidad de intereses que convergen en el desarrollo de la industria.

“En el turismo hay una serie de intermediarios de diferente especie que le complican la vida a todos los seres humanos. Tenemos ahí adentro un sector político, un sector económico, aunque hay un sector que trabaja. Pero son regadores de basura e impactan directamente el medio ambiente. Es una cadena que si nos ponemos a hablar de ella echaríamos la tarde entera”, dice enfático.

Para conjurar el peligro de que en Mano Juan resurja el tráfico de huevos alentado por quienes se acercan no solo en busca de sol y playa, sino también de otras recónditas quimeras, Negro apela a un recurso simple: los alerta sobre la nocividad del producto, “puro colesterol”, y del riesgo de cárcel que entraña la ilegal transacción.

Con los suyos, en esa islita adyacente donde una niña rubia y hablando un idioma extraño se retrata sonriente junto a sus padres montada en un burrito, Negro se gana el respaldo a pulso. Asegura que “el noventa por ciento” de los pescadores de Mano Juan le confiesan haber dejado por él de comerciar con los huevos, no porque haya una política oficial que los convoque y convenza. Por él, simplemente por él.

“Todo esto nos hace saber que sí se puede”, concluye en el momento en que otro grupo de turistas, el último de la tarde, entra curioso al local de lo que Negro sueña ver convertido algún día en un pequeño museo que guarde para todos la memoria de este empeño.

(Publicado originalmente en Diario Libre

 http://www.diariolibre.com/medioambiente/mano-juan-y-la-ardiente-pasion-de-un-pescador-por-las-tortugas-BD2647333)

El discurso patriótico en tiempos del Sika

fantasmasLa semana que concluye este sábado ha estado cargada de advertencias sobre la amenaza que fuerzas malignas hacen pender sobre la testa de la áurea República. Es como para comerse las uñas de puro miedo. Para temblar de espanto cuando el crepúsculo se vuelva noche y cualquiera de las Edes no pueda “aluzar” nuestras penumbras, dejándonos a merced de los fantasmas.

Roberto Rosario Márquez, el inefable presidente de la no menos inefable Junta Central Electoral, se despacha, en un arrebato patriótico casi hipnótico, denunciando que “existe un movimiento para borrar todo vestigio de pensamiento duartiano, y con él, cualquier destello de independencia y soberanía dominicana”, según recoge el periódico El Caribe. ¡Vade retro fusionismo! Váyanse a donde menos huelan las comprobaciones, el dato que certifique, aunque irresponsables como Rosario Márquez se contenten con el espectáculo porque están seguros de que encontrarán una prensa anémica que no les pedirá decir más.

No sé si antes o después que Rosario Márquez, igual da, el presidente del Tribunal Constitucional Milton Ray Guevara hablaba en un discurso de “enemigos ocultos” que amenazan la “independencia” –soberanamente comprometida con el pensamiento y las prácticas sociales más conservadoras, por si se le olvida— de un conjunto de jueces que llegaron a donde están, eso piensa la mayoría, para cumplir los propósitos de un político, Leonel Fernández, que quiso asegurar su futuro impune amarrando las altas cortes a su puerto. Puro relato gótico, incluido el bondage.

Estas pesadillas “patrióticas” de Rosario Márquez y Ray Guevara son caja de resonancia del discurso ultraderechista de la Fuerza Nacional Progresista, minúsculo pero activo grupo, que no partido, que apenas suena desde que saliera del poder por no haber medido las consecuencias de su inútil bravacunería. Aduladores y serviles creyeron que eran “gente” y se dieron de frente contra la pared.

Este sábado 30 de enero, Pelegrín Castillo advierte que “la República está amenazada y en peligro de muchas maneras, y la cúpula de la mayoría de los partidos son cómplices por acción u omisión”. No define las maneras de esta amenaza, quizá porque, de existir, enumerarlas terminaría provocando hipoglucemia cerebral al denunciante; quizá porque es más cómodo y mediático –la zonsera de los medios pare pesadillas— hablar de generalidades que sirven para cualquier cosa, incluido echarlas en la basura. O preparar un imaginario jugo energético que sirva para lograr músculo sin ir al gimnasio.

Hagamos el inventario: a) difusas fuerzas del mal quieren borrar todo vestigio del pensamiento duartiano, según el presidente de la inconsúltil JCE; b) del inframundo salen los malévolos enemigos, parapetados siempre en las sombras, que acosan la “independencia” (¿nos desternillamos de risa?) del intachable Tribunal Constitucional; c) el benjamín de la perversa casta habla también de amenazas y peligros en el mejor estilo del progenitor, que nada concreto dice nunca porque lo suyo es confiar en que la calumnia, aun difusa, algo sedimenta. Y eso le regocija. El lodo es su elemento.

Que el discurso público dominicano es alucinatorio –¿esquizofrénico quizá?– no admite discusión. Ninguno de estos tres próceres de la dominicanidad señala, con nombre y apellido o con nombre jurídico, a los responsables de las conspiraciones contra esas ideas jurásicas de patria, nacionalidad y demás yerbas, incluido el cannabis, más que tormentoso cuando se fuma verde. A algo obedece este silencio. Por eso, y en el mejor de los casos, son agitadores de fantasmas que implantan un espantanpájaros para cuidar, eso creen, sus pequeñas parcelas de fanáticos.

WhatsApp, una encuesta, una empresa

Usted puede o no creer en la eficacia de las encuestas para calibrar la opinión pública. Puede o no otorgarle capacidad predictiva, decir que están pagadas, que aciertan o se equivocan,  o lo que mejor acomode a su necesidad de “interpretar” la realidad política. En definitiva, usted es una persona individual cuya influencia está forzosamente reducida a su entorno.WhatsApp-doble-palomita-azul

Lo que no creo apropiado es que un medio de comunicación publique información generada por una encuestadora sin solicitar, además de los porcentajes y la llamada ficha técnica, los datos empresariales que acreditan su experiencia. Sobre todo cuando esa encuestadora es extranjera y primeriza en el ámbito dominicano.

Cuando leí sobre la encuesta de preferencias electorales realizadas por Laboratorios de Investigaciones Sociales Aplicadas (LISA) a través de WhatsApp, sentí la misma curiosidad que me despierta todo lo que no conozco y se pone frente a mis ojos. No voy a discutir los resultados porque, en buen dominicano, “ni me van ni me vienen”. Pertenezco a ese porcentaje, no medido por LISA, que el día de las elecciones se quedará en su casa sin remordimientos cívicos. Ya lo dijo Savater: “No anda descaminado quien navega a la misma distancia de dos males iguales”.  Y para que los resultados me importen menos aún, tampoco fui incluida en ese medio millón de dominicanos y dominicanas a los que se dice haber consultado.

El interés por el novedoso método me llevó a buscar en Google, ¡dónde más!, información sobre LISA, y mi primera sorpresa fue no encontrar una página web correspondiente a esta empresa, no por lo menos bajo ese nombre. Me desconcertó porque utilizar la tecnología digital para sondear las preferencias electorales de la gente y no estar alojado en la Red me parece un contrasentido. No digo más.

Después busqué en las Páginas Amarillas de Colombia con el mismo resultado. Continúe pidiéndole información a Google sobre las encuestadoras de ese origen y por esos caminos llegué hasta la página oficial del Consejo Nacional Electoral de Colombia, en cuya barra de inicio está una pestaña con el nombre “Encuestas”. Ahí están todas las encuestadoras, 189 en total, registradas en el organismo. Laboratorios de Investigaciones Sociales Aplicadas (LISA) no aparece en el lugar que le correspondería por el orden alfabético. Es decir, no está entre LCA PUBLITECA LTDA, que es la primera de la letra “L”, y Luis Eduardo Trujillo Solarte, que es la última. Tampoco aparece el nombre de Israel Navarro o de Diego Pérez, las dos personas que se presentaron como ejecutivos en la rueda de prensa ofrecida en Santo Domingo.

El pasado domingo fui al cine a ver “Spotlight” (En primera plana) que trata de la historia, verídica, de un grupo de periodistas del Boston Globe que, tras una paciente y minuciosa investigación, descubrieron en 2002 la perversa complicidad de la alta jerarquía de la Iglesia católica de los Estados Unidos con las violaciones sexuales de centenares de niños por curas pederastas. Conmovieron los cimientos no solo de la sociedad norteamericana, sino los del mundo. Desde esa investigación nada volvió a ser lo mismo. Ningún periodista, incluidos los redactores jefes,  debe dejar de verla. Es una demoledora lección de periodismo.

Los enfermos mentales: el eslabón más débil de un sistema que no funciona

María Mercedes, “la fashionista”, adora los abalorios. Los pasillos del Centro de Salud Mental Padre Billini, enclavado en Pedro Brand, dan fe de ello. Con su protagonismo compite la histriónica Lucía. En el pabellón de hombres, un sociable Rafael lee el periódico bajo el dintel del pabellón que lo confina. Sentado en silla de ruedas porque es amputado, Santiago tiene una expresión serena y los ojos de un azul sin fondo. En algún oscuro lugar, alguien está atado a los barrotes de la cama. En otro, alguien grita.

Son 103 internos, hombres y mujeres, la mayoría crónicos, y el resto ingresados en “estancia media”, que por lo general termina en permanente. Sus expedientes clínicos son un vasto catálogo de patologías dominado por la esquizofrenia y la bipolaridad. En sus historias sociales la lista de déficits enfermantes es mucho más prolija. Dos saltan a la vista: la pobreza y el abandono.

fashionista

Objeto recurrente de la información periodística, el centro de salud mental –una forma políticamente correcta de nombrar la dura realidad del manicomio— es un pequeño mundo que sobrecoge y acusa. No es hoy el lugar apestoso que describen algunos reportajes hechos a la carrera del sensacionalismo. Ni centro de sevicias. Ni se camina sorteando heces y basura. Ni los pacientes andan sucios y andrajosos. Va mejorado y la demolición de ruinosos pabellones lo atestigua, como también los intentos de humanizar el entorno con murales, única nota de color en la abismal grisura de la locura. Mas continúa siendo un manicomio, y eso lo es todo.

Ahora el plan es abolirlo. Borrarlo del paisaje. Fundado el 1 de agosto de 1959 como sustituto del alojado en Nigua, que fue también cárcel de opositores a la dictadura, el “manicomio del 28” no tuvo inicialmente, quizá nunca la ha tenido, una verdadera misión rehabilitante. Cuando abrió sus puertas, a él fueron a parar junto a los enfermos mentales, los leprosos, los tuberculosos y los mendigos que afeaban la ciudad trujillista.

Desde entonces, sus avatares han sido infinitos y “el 28” ha continuado cumpliendo, con pocos cambios notorios, la función aniquilante de almacén de locos. Tanta ha sido su resistencia que ha resistido incluso, durante nueve años, la aplicación de la Ley sobre Salud Mental, promulgada en febrero de 2006.

“La cenicienta histórica de la salud pública ha sido la salud mental”, dice categórico el doctor Ángel Almánzar. Las razones de que así haya sido remiten a un inercial descuido del sistema provocado por la falta de voluntad política y la casi nula disponibilidad de recursos.

Director de la Unidad de Salud Mental del Ministerio de Salud Pública, Almánzar avanza de puntillas por el minado terreno de la admisión de culpas. Pero el desastre es obvio y no admite circunloquios. Si la salud mental ha sido la preterida del sistema, como afirma, obedece a la renuencia a encarar el elevado costo de los servicios y a la irresponsable ceguera frente a un problema de dimensiones casi catastróficas.

Pongámoslo de este modo para entenderlo: si de cada cien dominicanos y dominicanas veinte sufren algún grado de depresión, si el uno por ciento padece esquizofrenia y los trastornos del sueño y su correlato de ansiedad crecen como la verdolaga, es forzoso admitir una verdad de Perogrullo: la dominicana es una sociedad peligrosamente enferma.

En carta que resulta una apasionada defensa de la locura, el poeta, ensayista y actor francés Antonin Artaud escribía en 1941 a “todos los directores de asilos de locos”, en uno de los cuales se hallaba, que “los locos son las víctimas individuales por excelencia de la dictadura social”. En nombre de esa individualidad enrostraba a las autoridades manicomiales que no entraba en “las facultades de la ley el condenar a encierro a todos aquellos que piensan y obran”.

Han pasado más de setenta años desde la muy célebre carta de Artaud, y es solo ahora cuando, guardando la distancia, en la República Dominicana se plantea terminar con el encierro carcelario del “loco”. Por lo menos así está inscrito en la llamada Estrategia para la ampliación de la cobertura de los servicios de salud mental, presentada hace apenas unas semanas por el Ministerio de Salud Pública. El hospital psiquiátrico tal y como se conoce hoy, será cerrado.

Bien provisto de documentos, Almánzar describe los objetivos perseguidos: un mayor número de unidades de intervención en crisis (UIC) y remodelación de las existentes; crear condiciones de ingreso de enfermos mentales en los hospitales con servicios psiquiátricos; conversión del manicomio en residencia para enfermos crónicos abandonados; crear centros de salud mental comunitaria; capacitar en salud mental a personal del área e instaurar un sistema de monitoreo y evaluación. Y claro, apuntalar el trabajo psicosocial e involucrar a las comunidades en la aplicación de la estrategia.

Pero hay quienes recelan de que sea verdad tanta belleza. Entre ellos el médico psiquiatra Hamlet Montero, jefe del Departamento de Salud Mental del Hospital Vinicio Calventi, quien, día tras día, debe vérselas con los enfermos que acuden o son llevados forzosamente a consulta.

Montero no duda de las buenas intenciones de las autoridades de Salud Pública, pero desconfía de los resultados y le irritan la improvisación del proceso estratégico y su colindancia con el autoritarismo. “Tenemos que ver –dice– qué vamos a hacer con el sistema en general, porque tenemos una mezcla diversa de pacientes”. En lenguaje que pasma al lego, Montero cita tres grandes grupos que demandan intervenciones diferenciadas: los que sufren de discapacidad intelectual, los trastornados y los dementes. Imposible meterlos a todos en el saco de las mismas respuestas terapéuticas.

No se trata pues de cuestiones meramente operativas. De levantar edificios que engrosen el material propagandístico. Está la institucionalidad y están también los derechos que consagra la ley a los enfermos mentales. Una ley que, según Montero, parece sueca de tan perfecta, pero que igual obliga a los dominicanos a respetar sus contenidos. Y precisamente por esto último, cerrar el Psiquiátrico Padre Billini, como lo propone la Estrategia, no le parece razonable.

“Manicomio es una palabra terrible –aduce— pero sigue siendo el lugar de investigación. Abolir el Psiquiátrico no es la salida porque necesitamos un espacio para seguir investigando y comprender ciertas cosas”. Y porque, asimismo, el enfermo necesita de un lugar en donde pueda permanecer cuando a su deterioro se agrega la desolación del abandono.

Además, Montero esgrime una visión conceptual que implica una suerte de descolonización del conocimiento psiquiátrico. Pese a la pequeñez del país, el cómo se manifiestan las enfermedades mentales de una región a otra no es unívoco, ni siquiera en las formas que utiliza el lenguaje coloquial para nombrarlas. Agréguele el sincretismo religioso de las provincias fronterizas y verá por qué la teoría diagnóstica y terapéutica norteamericana, que es el referente local, sirve para tan poco en la realidad de esa media isla.

Si Almánzar hubiera estado frente a su colega, de seguro frunciría el entrecejo. Él también habla de derechos y afirma que mantener a los pacientes en las condiciones propias de un manicomio –en este caso el dominicano— los despoja de su dignidad y los cronifica de manera irremediable. De ahí la propuesta, y la determinación, de crear unidades de intervención en crisis en todas las regiones sanitarias e ingresar en los hospitales, por un tiempo clínicamente prudente, a pesar de la resistencia de algunos psiquiatras del sistema.

En el afuera de las discrepancias, la afirmación de Almánzar sobre la intransigencia médica desconcierta y más aún lo hacen los atribuidos motivos: la generalidad no quiere las UIC en los hospitales porque un paciente con trastorno mental “es incómodo, potencialmente agresivo y porque es de difícil contención. Se quiere lo más fácil, violentando derechos”.

“¿Qué queremos? Que todos los hospitales abran las puertas a las personas con enfermedades mentales. Por ejemplo, muchos psiquiatras condicionan la aceptación de las UIC a que se les provean aparatos electroconvulsivos. Los vamos a complacer porque tienen razón. La calidad de la atención llevó a muchos pacientes a un deterioro tal que sin estos aparatos no salen de la crisis. Ahí todos somos culpables”, insiste Almánzar.

Dice terapia electroconvulsiva y está hablando (están hablando todos) de electrochoque, usado para normalizar (¿normatizar?) a los pacientes resistentes a los fármacos y otro tipo de intervenciones. Una terapia polémica que recuerda la picana eléctrica aplicada a los torturados.

Pero no solo electrochoques. Montero propugna una suerte de colaboración institucional con el hipertecnologizado Cecanot, que opera “una unidad de cirugía interesantísima” ¿Propósito? Poder realizar neurocirugías, ahora “muy seguras”, a aquellos pacientes en los que han fracasado otras terapias, incluido el electrochoque. “Son medidas extremas, pero necesarias”, sentencia.

María Mercedes, “la fashionista” dice ser también psiquiatra. La graduaron sus años de reclusión. Enfundada en unos apretados yines y calzando botas de caña alta y tacón infinito, habla con igual vehemencia de diseñadores y fármacos. De moda y enfermedades. Trueca hacer fotos de sus manos enjoyadas por “una cooperación” monetaria. En el oscuro pabellón de mujeres donde ahora se mezclan las crónicas y las no tanto, ella impone su estilo.

A ella, o a Lucía, que escribe poemas y fábulas y los repite sin el más mínimo tropiezo, la que ha actuado en obras de teatro montadas por la dirección del hospital y se lamenta de haber perdido su “suite” jugando en un casino, habría que preguntarles si acaso los defensores y contradictores del modelo en discusión han tomado sus opiniones en cuenta. Porque las tienen, pese a que la psiquiatría todavía les concede escasísimas oportunidades de ser algo más que locos y locas. Es decir, no personas.

Habría que preguntar igualmente a Dulce quien, juntas las manos sobre el regazo, acaricia el sueño interminable de regresar al Perú, de donde dice que llegó un día muy joven con la encomienda de una gran empresa. Anciana ya, nadie conoce su verdadero nombre, ni su real procedencia, ni la edad, ni qué día de qué año entró al pabellón-celda donde la blancura de su piel se hace cada vez más intensa, más lechosa.

En el ahora llamado Centro de Salud Mental Padre Billini, las obras de renovación física avanzan. Los obreros abren zanjas para colocar tuberías, puertas para comunicar con los patios; derriban árboles para agregar metros cuadrados a los pabellones de la futura residencia. Pero todavía persiste el intenso olor que te golpea cuando traspones el umbral. Un olor que habla de aislamiento y soledades. Es olor a manicomio, que no es igual a ningún otro, dice Fernando Ceballos.

El seco tun-tun de las mandarrias anuncia una promesa. Pero aún nadie sabe a ciencia cierta qué habrá nacido cuando dejen de retumbar. Solo es obvio que derribar la infraestructura es parte importante de la nueva y más vasta estrategia en salud mental y que es motivo de desacuerdo entre quienes, desde el funcionariado y la práctica médica, dicen –¿sólo dicen?— querer evitar que la débil soga de las políticas públicas continúe cediendo en disfavor de los más pobres.

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