Desde el sentido común, y en lo que el hacha va y viene, parece relativamente fácil iniciar una investigación sobre los sobornos pagados por la empresa brasileña Odebrecht desde su desembarco  en el país en 2001 hasta el 2014.

Piensa el lego que, además de solicitar información a las autoridades judiciales norteamericanas sobre lo dicho por Odebrecht en la negociación publicada esta semana, las autoridades locales podrían ir ocupándose de listar las obras construidas por la empresa en los 14 años que cubren los sobornos e identificar quiénes estuvieron a cargo. Sin excepción: desde el Acueducto de la Línea Noroeste hasta las controvertidas plantas de Punta Catalina.odebrechtfoto

Dice Marcos Barinas, arquitecto y planificador urbano, que con los 92 millones de dólares pagados/cobrados en sobornos, se construirían 3,500 viviendas sociales. Esto sin contar con la –¿por qué no?— presumible recuperación de lo “invertido” por Odebrecht a través de la alteración del costo de las obras adjudicadas con tan malas artes.  ¿Es decente la indiferencia?¿Es decente cerrar los ojos?

Va de suyo, también en el supuesto de sentido común que reza  “quien no tiene hechas no tiene sospechas”, que ningún funcionario, incluidos los expresidentes Hipólito Mejía y Leonel Fernández y el presidente Danilo Medina, pueden sentirse desconsiderados si se les llama a declarar. Lo mismo vale para los socios criollos del emporio brasileño, que los hay y son conocidos.

Aunque quizá sea un poco tarde, también podría la Procuraduría seguir el ejemplo de Perú y Ecuador, y allanar las oficinas en el país de la constructora brasileña para incautarse de cuanto documento pueda arrojar el menor indicio de responsabilidad en la trama corrupta. Claro, para hacerlo se necesita no estar comprometido con el apañamiento del ilícito, tener más conciencia cívica que compromiso político, y este no parece ser el caso del actual jefe del Ministerio Público.

Y podrían, procurador y otros funcionarios, dejar de hacerse los tontos de capirote (o de creer que los dominicanos y las dominicanas lo somos) cuando declaran que están a la espera de informes y documentos extranjeros para comenzar a aclarar la turbidez de nuestras propísimas aguas. La verdad monda y lironda es que si quieren, pueden. Lo dudoso es que quieran. En el país, el rechazo a la corrupción es débil y episódico y, por lo general, más propenso a la alharaca que al involucramiento ciudadano que dé frutos. En esta certeza se han guarecido los corruptos. Ojalá que no para siempre. Ojalá que hasta un día.

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