Carta a David Collado de una ciudadana humillada e impotente

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Sr. Collado:

Desde hace 35 años vivo en el mismo lugar. Vale decir, la mitad de mi vida, lo que permite a cualquiera suponer cuán entrañables me resultan las cuatro paredes que resguardan mi intimidad. Durante estos 35 años he sido testigo del vertiginoso desarrollo de Bella Vista, de su crecimiento vertical y de lujo, cada vez más contrastante con la modestia y progresiva decrepitud de mi edificio. Pero todos los días veo el mar, casi siempre de una deslumbrante gama de azules; otras, como hoy, de un gris plomizo. Verlo es un regalo cotidiano, un antídoto contra el Prozac. Nunca, ni un solo día, esta imponente visión del mar me ha dejado indiferente o producido iguales sensaciones. Es siempre un descubrimiento, una epifanía.

Mas debo decir también que los 14 últimos años fueron diluyendo poco a poco la tranquila satisfacción de vivir en esta, mi casa. Roberto Salcedo se encargó de ello. Su estilo chabacano y autoritario de manejar la ciudad, su ordinariez privada y pública, su demagogia política, su desprecio por los munícipes y su espíritu comercial, convirtieron progresivamente el parque Mirador, que pone una intensa línea verde entre el mar y yo, en el lugar por excelencia del jolgorio. Todos los fines de semana, alguna actividad de cualquier naturaleza montaba sus potentísimas bocinas haciendo añicos el silencio de la zona. Hubo ocasiones en que los decibelios alcanzaron tal potencia que su expansión hizo vibrar las paredes. Pero pagaban generosamente al “responsable” correspondiente. Agregue a esta historia los varios años antes de Brillante Navidad en los que le dio a Salcedo con montar, durante todo el mes de diciembre, día tras día, unos conciertos de música popular que comenzaban a las siete de la noche y se extendían hasta las once o más. O ese domingo al mes en el que en el parquecito Joaquín Balaguer (¡vergüenza de nombre!), justo al principio del Mirador, y desde las dos de la tarde hasta medianoche, se convertía en la delirante plataforma de la atonicidad de la música electro. Quejarse a la Policía fue siempre inútil. Roberto Salcedo era el síndico, estaba en el poder, su Partido de la Liberación Dominicana le había extendido una patente de corso. Pero llegó el 911 y la promesa de Gustavo Montalvo de que el ruido innecesario de la ciudad disminuiría porque los ciudadanos y ciudadanas podríamos, desde entonces, recurrir a este servicio para preservar nuestra tranquilidad apelando al cumplimiento de la ley. Mentira absoluta. Mentira rotunda. Mentira demagógica.

Se lo digo, David Collado, por personal experiencia: me quejaba al 911 por el ruido en el Mirador que me molestaba porque excedía los cuchucientos decibelios, y para atender mi queja me pedían hasta el acta de nacimiento del ruidoso, el color de su ropa interior, la partera que lo atendió en el, posiblemente, recóndito campo de su nacimiento. Incapaz de satisfacer tanto requerimiento, cerraba el teléfono y lloraba. Era una ciudadana de mierda. No era nadie, absolutamente nadie. Déjeme decirle, David Collado, que mis dolorosas experiencias de ruido y desatenciones de los responsables de controlarlo, me indujeron a poner ventanas reductoras de ruido en una de las habitaciones, esa que hace de oficina donde leo y escribo, donde me gano precariamente la vida. A la par, cerraba todas aquellas puertas, todas aquellas ventanas, todos aquellos huecos, por donde pudiera colarse el ruido perturbador. De tanto cerrar, me convertí en prisionera en mi propio espacio íntimo, que tanto había amado hasta entonces. ¡Presa en mi propia casa! Fue entonces cuando, por primera vez en 35 años, pensé en vender, aun cuando sabía que lo obtenido jamás me permitiría comprar un apartamento desde donde pudiera ver el mar.

Pero acortemos la narración del camino al Gólgota de mis humillaciones ciudadanas. Es ocioso reproducir sus detalles. Lleguemos al 15 de mayo pasado. La acartonada mentira edilicia de Roberto Salcedo se resquebraja, y el ruido se escuchó en las urnas. En lugar de molestar, ese ruido reconfortó. En los labios de muchos y muchas votantes, apareció una sonrisa. Es el último ruido, y que bueno, dijimos. Y llegó usted, David Collado, emprendedor, joven, diciéndose comprometido con la ciudad, aunque su prioridad sea la zona colonial por razones más o menos entendibles.

Cuando usted ganó la alcaldía, David Collado, pensé que las cosas cambiarían. Que usted, por lo menos, repartiría equitativamente las migajas que dejaba en su mesa la prioridad colonial. Algo es algo, me dije. Una llega a veces a tal grado de desesperación que se resigna a recibir el último rastrojito del pan. Así de miserable nos hace una sociedad sin derechos.

Durante el tiempo que transcurre entre el 15 de mayo y el 16 de agosto yo, su votante, me ilusioné con la idea de que había recuperado la tranquilidad. Silencio absoluto en el Mirador durante varias semanas. Escuchaba por primera vez en mucho tiempo sabatino o dominguero, el trinar de las aves, o disfrutaba el paso de la incontable bandada de pericos haciendo piruetas frente a mi ventana. Me sentía feliz de aquel silencio que me reconciliaba conmigo misma. Ese silencio al que tengo derecho como ser humano y como ciudadana.

Pero todo concluyó hace una semana. El domingo 25 de septiembre por el Mirador pasaron las hordas de Atila y no dejaron espacio libre de basura. La carrera Cartoon Network se encargó de devolvernos a la realidad del país en que vivimos: sin reglas, sin normas, excepto la del “atento a mí”, que impone sin apelaciones la ley del más fuerte… y salvaje. El volumen del ruido que produjo esta carrera es solo comparable con la basura dejada a lo largo de casi dos kilómetros por estos desaprensivos, la mayoría montados en yipetas. Este domingo 2 de octubre fueron Avon y su carrera dispuesta a convencernos de que existe una “belleza con propósito” los que hicieron de las suyas. Impunemente. Salvajemente. Prevalecidos, empresa y organizadores, en esta miserable impunidad que decreta la cercanía con el poder.

Señor David Collado: créame que estoy consciente de que escribirle no vale para nada, o que vale de muy poco. Son las 6:41 de la tarde de este domingo plomizo y pese a mi ventana reductora de ruidos escucho a una desaforada muchacha exhortar a Gerard y a Joseph (sí, eso dijo) a no rendirse. No sé si es esta la carrera de Avon que todavía a estas horas continúa en sus buenas, o si es otra. Todas las ventanas están cerradas. Tengo calor porque carezco de aire central, y ni siquiera aire acondicionado en ninguna de las habitaciones. Y tengo rabia, mucha rabia. Contra usted, contra los que hacen pasar la ley, usted incluido, por sus rincones más oscuros y apestosos. Casi diría que, en este momento, los odio.

¿Le digo la verdad a esta hora de la tarde, la número doce y dieciséis minutos desde que el desorden comenzara en el Mirador? Usted me decepciona, aunque quizá alguien, con justa razón, me reproche que solo me decepciona un espejismo. No hay que esperar cien días para saber por dónde va un funcionario. Y usted va mal, David Collado. Nada dice de sus capacidades que vaya demagógicamente a apretar la mano de los pobres de los barrios, ni montar su oficina a pleno sol, si es incapaz de tomar, avalado por los munícipes, las riendas de la ciudad.

Usted es cómplice de la violación de la Ley 287-04. Peor, usted es el responsable absoluto de que ciudadanos autorizados por usted coloquen esta ley debajo de sus zapatos y la restrieguen contra el suelo hasta convertirla en polvo. Usted está demostrando ser un fiasco para los ciudadanos y ciudadanas que confiamos en su capacidad de gestión y de democratizar el espacio público. Me corrijo: quizá no sea un fiasco para los capitales que auparon su candidatura –por la cual repito que voté, porque contra Roberto todo valía— pero si lo es para quienes como yo esperaron que aportara su grano de arena a liberar al ethos dominicano de su pesada carga de desprestigio que aumentó hasta lo insoportable su antecesor.

Me siento humillada e impotente. Pero como muchos dominicanos y dominicanas, no tengo manera de eludir esta condición. Estoy cercada. Ustedes mandan. Solo me queda el asco, la rabia sorda que, si no tengo la inteligencia de controlarlos, terminarán ahogándome. Pero a usted, David Collado, esto le sabe a nada. No le importa. Ya ganó las elecciones del 15 de mayo y sus patrocinadores están de plácemes. La zona colonial es un primor.

Sin ningún afecto,

Margarita Cordero

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El lenguaje (múltiple) de la violencia

violenciaApenas ayer jueves, los taxistas destacados en el AILA-José Francisco Peña Gómez golpearon a un trabajador de Uber cuando fue a recoger a un pasajero que contrató sus servicios. El Caribe, medio en el que leí la información, habló de intento de linchamiento. No creo que fuera tanto pero, de todos modos, sí suficiente para llamar nuestra atención sobre cómo proceden determinados sectores sociales. El alegato de los taxistas agresores fue contundente: “Aquí mandamos nosotros y Uber no tiene autoridad”.

Este viernes leo en el periódico Hoy que el comité ejecutivo de la Federación Nacional de Transporte la Nueva Opción (Fenatrano), dirigida por Juan Hubieres, exdiputado y fallido candidato a senador, le advierte al Consejo Nacional de la Empresa Privada (Conep), que ha elevado un recurso de amparo contra el monopolio del transporte, de que “aquí se va a saber si el gas pela” porque los afiliados a la organización choferil están “en la disposición de cualquier cosa” en defensa de seguir rigiendo el transporte (que ellos identifican como su posibilidad de mantener a sus familias “como Dios manda”).

No nos engañemos, sin embargo. La violencia del lenguaje choferil, que no tiene reparos en convertirse en hechos (pensemos solo en los asesinatos imputados a Arsenio Quevedo), no es la única que debe hacer que nos rasguemos las vestiduras, aunque nos perturbe, como me perturba a mí, y mucho, lo confieso.

La violencia en la sociedad dominicana es estructural. Y no conoce límites. Todo el tejido social está impregnado de violencia. La organización social es violenta. Las relaciones sociales son violentas. La precariedad de los servicios básicos, es violencia. Las disparidades sociales son violencia, y de la peor: en la República Dominicana el ingreso anual de los multimillonarios es 4,079 veces lo que ganan los dos millones más pobres”, certifica Oxfam el pasado año.

Y hay violencia en la anemia institucional del Estado. En la ausencia de reglas claras que normen el funcionamiento social; en la debilidad extrema del discurso y las acciones de esa parte de la sociedad (civil) que se arroga –me atrevo a pensar que vicariamente— la representación de todos y de todas. Y en esa extraña interpretación de la institucionalidad que exhibe en estos días una oposición que no encuentra candidatos para los órganos cuya parcialidad impugna.

En esta sociedad de libre empresa, el uso de la fuerza irracional de los choferes que obedecen órdenes de empresarios del transporte –pseudosindicalistas y pseudorrevolucionarios, aunque sí dirigentes de estructuras mafiosas, como Blas Peralta o el mencionado Arsenio Quevedo— es inaceptable por violento. Como inaceptable son el monopolio y las prácticas desleales, también violentos, de la Cervecería Nacional Dominicana en el mercado de la cerveza que el Conep defiende a capa y espada porque una cosa es con guitarra y otra con violín.

Frente a la violencia de todo orden y laya, nos falta la crítica que haga volar por los aires este sistema de complicidades transversales. Y se entiende esta carencia: como en la décima de Juan Antonio Alix, nos gustan demasiado los mangos bajitos. El silencio, cuando no la indiferencia absoluta. Imposible, entonces, hundir el escarpelo en nuestra generalizada tumefacción.