Me apropio como título de la frase sartreana sin entrar en sus honduras. Sin pretender abordar, porque no me alcanza el bagaje, el conflicto de las subjetividades que ella encierra. Así que la trastoco en mi beneficio y la hago decir: “Porque tengo razón, porque encarno la razón, soy tu némesis. No tu libertad contra la mía, no tu libertad y la mía, sino mi dedo acusador que te parte como un rayo”.

El mundo, el país, se pueblan en estos tiempos de pontífices y artificieros políticos e ideológicos. Los primeros, que no pocas veces trasmutan en los segundos, dictan cátedra moral desde los más diversos púlpitos. Los segundos, que a veces trasmutan en los primeros, clasifican al resto según la carga letal que, a sus ojos, ese resto representa para el futuro. No siempre se equivocan, concedamos.

sapos

Esta mañana leía en Ctxt, una publicación a la que me vuelto adicta, un artículo de la periodista y escritora española Rosa Pereda sobre la saliva que nos cae en la cara cuando escupimos al cielo. Así se llama el artículo, “Escupir al cielo”. Nosotros decimos “escupir para arriba”. Pero como el mío, el título de ella también es equívoco: no es advertencia de prudencia, de cauta cobardía; es constatación de lo que pasa cuando se escupe al cielo –o para arriba— sin ir creando a la par las condiciones que eviten que el escupitajo pueda ensuciarnos el rostro.

No logro continuar escribiendo sin hacer eco de las razones que la llevaron a escribir como lo hizo, aunque luche por no contaminarme con su lúcido pesimismo. Me robo su frase inaugural: “Lo jodido de ser mayor –aparte el calendario que te acerca la muerte– es que no puedes hacer ninguna reflexión que no esté cargada de memoria”. A mí me pasa. Veo el que tenemos hoy y no puedo evitar dolerme por lo que intenté construir y soñé como país. Mas mi dolor no me ciega. No creo que todo se haya perdido. Que hayamos sumado cero. En la sociedad de hoy está la impronta de lo que hemos ido conquistando y se ha quedado, contra viento y marea. Y lo aportado por las nuevas generaciones desde su particular interpretación de las cosas. ¿Que falta mucho? Muchísimo, diría yo, y el superlativo es parco. Sé que llegará otro país, otro nosotros, aunque no voy a verlos cuando se conquisten. Los procesos históricos son de cuenta larga, y yo soy humana; es decir, mortal.

Cuando en 1961 los jóvenes de mi generación salieron a las calles armados de consignas tan radicales como difusas, nos creímos instrumentos elegidos de la Historia. Daríamos vuelta al país como a un guante. La palabra solo útil para el discurso persuasivo de la política, pero incapaz de construir hegemonía cultural, reveló prontamente sus límites, su ineficacia para lograr el declarado propósito. Terminó siendo hábito y tópico. Nos cubrió el barniz de la incomprendida democracia, pero algo fundamental permaneció impertérrito. No sin razón se dice que todos los dominicanos y dominicanas llevamos un trujillito dentro, y eso tiene secuelas, a veces traumáticas. Ni las izquierdas, ni la derecha, ni los conservadores, ni los liberales vernáculos han logrado lavar esta mancha que se extiende al orden social. Quizá sea ese nuestra mayor deuda con nosotros mismos.

Aunque no se trata solo de la herencia ideológico-política del trujillismo. Va más atrás en el tiempo. Es la propia historia que hemos tragado desde 1844. La construcción del mito y la búsqueda desesperada del culpable que reivindique a las élites de sus miserias. Y del héroe que justifique el gratificante martirio. Desde esta “lógica”, nada es social, todo es moral, y así no vale para reconocernos en lo que somos, en cómo nos hemos hecho y nos seguimos haciendo. Mucho menos para parir algo distinto en el porvenir.

No me gusta el presente, me produce regurgitaciones, pero en beneficio de mi propia razonabilidad trato de ir más allá de sus causas aparentes. De ver la viga en mi ojo y no solo la paja en el ajeno. De entender que el conflicto no es entre “buenos” y “malos” y que es imperioso identificar el camino “recto” para ser salva, sino que se da entre intereses diversos que interactúan en un contexto cada vez más complejo. Y trato de decirme que se necesita construir pueblo y ciudadanía –distintos a la caricatura de ambos que garabatea nuestro olímpico buenismo— organizando la resistencia política, social y cultural, alentando el conflicto, poniendo en marcha alternativas creíbles. No hablo de escaramuzas callejeras. Hablo de ideas.

Ya lo dijo Savater en Las preguntas de la vida de una manera que jamás pudiera yo haberlo dicho y que suscribo: “Desde la perspectiva racionalista, la verdad buscada es siempre resultado, no punto de partida: y esa búsqueda incluye la conversación entre iguales, la polémica, el debate, la controversia. No como afirmación de la propia subjetividad sino como vía para alcanzar una verdad objetiva a través de múltiples subjetividades. Si sabemos argumentar pero no sabemos dejarnos persuadir hará falta un jefe, un Dios o un Gran Experto que finalmente decida qué es lo verdadero para todos”.

Anuncios