Hubiera podido también titular este artículo “La derrota como chantaje”. Porque de eso se trata, y no de otra cosa, el argumentario a favor de una “unidad opositora” que prescinde, con un descaro que avergüenza, de ver la viga en el ojo propio para rasgarse las vestiduras por la paja en el ajeno.

guillermoyminou

Tanto nos hemos acostumbrado a entender la política como mera lucha electoral, que las consideraciones ideológicas –por muy descoloridas que sean—para persistir en un proyecto propio, son vistas como perversa traición al fin último, y único, que es ganar y sustituir, ganar y continuar con un modelo que empobrece a los más en beneficio de los menos, cambiar para que todo siga igual.

Por eso no hay día de Dios en que los medios no recojan una opinión acusadora sobre la reticencia de Minou Tavarez Mirabal y Guillermo Moreno a unirse a un “bloque progresista” no solo incapaz de hacer una crítica creíble y esperanzadora al modelo peledeísta, distinta a las consabidas y vacías promesas electorales, sino que lava las culpas históricas, éticas y políticas del reformismo balaguerista, cuando, tragándose su propio tiburón podrido, su candidato afirma que faltaría al deseo popular de cambio si permitiera “que se conspire contra la unidad de las fuerzas capaces de construir la mayoría, esgrimiendo rivalidades del pasado, ya felizmente superadas”. A confesión de parte, relevo de pruebas.

Descalificar a Minou por su historial peledeísta, por su acrítico tránsito hacia la independencia es, por lo menos para mí, socialmente avieso y políticamente hipócrita. Sí, fue peledeísta. Sí, fue diputada por un partido apoyado en el incalificable Frente Patriótico que cerró el paso a José Francisco Peña Gómez, el más grande líder popular que haya parido jamás la historia republicana. Sí, tomó juramento a Leonel Fernández y advirtió a la oposición en su discurso de no hacerse ilusiones porque su triunfo sería retroceder a estadios sociales inferiores. Todo eso es verdad como un templo.

Pero también es verdad que, como diputada, Minou fue siempre ácidamente crítica con proyectos lesivos para la salud de la democracia y el bienestar de la ciudadanía. Si para muestra un botón basta, recordemos su coraje en defensa de posiciones minoritarias durante el proceso de reforma constitucional –particularmente en el caso del malhadado artículo 30– y su rechazo a la desnacionalización de los dominicanos de ascendencia haitiana. No es este su inventario, pero he hablado de muestra y me limito.

El acoso a Guillermo Moreno es también sistemático. No teniendo cola partidista que le pisen, se apela a rasgos de su personalidad para convertirlos en déficits políticos. Lo acuestan a la fuerza en el diván de improvisados psiquiatras mediáticos y le diagnostican toda suerte de trastornos. Como no cede, le aplican terapia convulsiva recordándole que su insignificancia electoral, sus miserables porcentajes, solo lo arriesgan al ridículo. Tratan de meterle miedo.

Si todo lo que he venido diciendo es posible, lo es porque los escrúpulos de la mal llamada oposición son los de María Gargajos. Descalifican a Minou por la mancha indeleble de su peledeísmo, pero reivindican como gesto patriótico reformista “abandonar las mieles del poder” morado para “recorrer un camino propio”. Critican la intransigencia principista de Guillermo, pero agradecen el apoyo de los “coloraos” y particularmente a Quique Antún, y no se sonrojan al decir que esta unidad busca terminar con la corrupción, la impunidad, la inseguridad y otros males que nos hereda el Partido de la Liberación Dominicana.

Y es también posible porque la sociedad carece de una masa crítica que obligue a tirios y troyanos a encauzar la política por caminos menos fáciles que el insulto y la estulticia “analítica” de los variopintos que monopolizan los espacios de opinión, púlpito que les sirve, al decir de Félix Ortega, para su “sermoneo profético” y para “tratar de convencer moralmente antes que demostrar racionalmente”.

Las propuestas de Minou y de Guillermo están ahí, discutamos su pertinencia actual y su trascendencia futura. La novedad de sus respectivos enfoques y su fuerza para cambiar las cosas, si las tienen. Atrevámonos a dejar de culparlos desde ya de la previsible desgracia ajena.

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