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No, no voy a hablar de la postración ante el chantaje de los sectores neonacionalistas en que incurre el gobierno cuando sus funcionarios califican de “inoportuno” el premio concedido al nobel de literatura Mario Vargas Llosa, deslegitimando la decisión libérrima del jurado y, por vía de consecuencia, avalando el odio y la intolerancia. Siento al respecto una paralizante vergüenza ajena.

monumento de santiagoA lo que me dispongo es a meter la cuchara en la cháchara sobre la posible utilización como restaurante o bar de tapas, lo mismo da, del quinto piso del Monumento a la Restauración en esa Santiago cada vez más parecida a la capital en sus abismales desigualdades, su hacinamiento vertical y su insufrible caos.

Resulta que el domingo 31 de enero, mientras el peledeísmo proclamaba candidato a Danilo Medina y el reformismo a Luis Abinader, yo estaba de visita en ese monumento que es identidad de la llamada Ciudad Corazón. Era la primera vez que recorría, subiendo por las escaleras, un monumento que Santiago reclama como patrimonio.

Grande fue mi asombro, y aún mayor mi indignación, por el ostensible escamoteo del papel jugado por Gregorio Luperón en la gesta restauradora que muchos y reconocidos historiadores (Roberto Cassá, por ejemplo) consideran nuestra verdadera independencia, por cuanto se produce de un poder colonial.

En ninguno de los paneles explicativos anexos a los dioramas –y creo no haber omitido la lectura de ninguno—, Luperón aparece como la figura determinante de la Restauración que la historia no hispanófila reconoce en él. Quien haya visto su imagen en los libros puede, a lo sumo, adivinar que se le alude en algunos dioramas por el color oscuro de la piel de una figura entre otras, no porque se le nombre.

La melcochosa narrativa “histórica” del hecho desplegada ante los ojos del visitante, concede subliminalmente más importancia a Juan Pablo Duarte que a Luperón; una manipulación que, al parecer, nadie se ha ocupado de enmendar con firmeza, diciendo que dos estatuas no bastan para borrar la exclusión. Manipulación que, por demás, no es inocente, sino estrategia político-ideológica de los sectores conservadores dominicanos: ocultar el carácter anticolonialista de la Restauración y las ideas liberales que la alentaron. Asimismo, para esta estrategia en permanente desarrollo, el pensamiento anticolonialista, antiimperialista y antillanista de Luperón es palmariamente subversivo.

Si hemos de discutir sobre el Monumento quizá sería pertinente comenzar por desmontar su perversa carga ideológica. Reivindicar que sus escasos visitantes –no obstante el irrisorio precio del acceso guiado— no sean contaminados con una versión de la historia que solo favorece a las élites, sus hacedoras.

Después, o concomitantemente, según plazca, vale exigir que la transparencia de cualquier negocio que pretenda montarse en sus espacios esté libre de toda sospecha. Que todo sea publicitado en detalle y sometido a la consideración de expertos ya que es impensable, como quizá preferirían algunos, la discusión en asamblea ciudadana.

En fin, que no agarremos el rábano por las hojas.

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