Es verdad obvia y sabida que los políticos, aquí y donde quiera, han devaluado el lenguaje. Ni siquiera significa lo que ellos quieren que signifique porque lo han vaciado de contenido. Las palabras de la política ya no dicen nada.

pistolaHablan de democracia, disciplina y respeto, y se matan como gánsteres. Conforman verdaderas “familias”, cada una con su temible Don. Es esto lo que los sucesos del domingo en la convención peledeísta de Santiago pone ante nuestros ojos. Antes corrió el dinero para asegurar el territorio de la candidatura a alcalde en un municipio que reboza basura, caos vial y falta de respeto a los derechos de los munícipes. Después vino la sangre.

Que el Partido de la Liberación Dominicana se rasgue las vestiduras y diga lamentarse no es otra cosa que intento de desvirtuar la realidad cubriéndola de palabras inútiles. Como lo es que algunos dirigentes clamen por una vuelta a la perdida disciplina de cuando Bosch, como si no entendieran que ese PLD dejó de existir hace ya mucho tiempo, tragado por las peores prácticas de la política criolla.

Las muertes del domingo son secuela de la primacía del clientelismo, del aprovechamiento del Estado para afianzar proyectos particulares, para resolver pugnas que nada tienen de ideológicas. No ocurrieron por azar. Tienen detrás suyo un proceso de distorsión de las instituciones, de perversión de la política que no puede dar resultados distintos.

Hablar, entonces, no vale de nada. Y hasta sería mejor que los dirigentes peledeístas callaran por simple respeto a quienes contemplamos –lamentablemente ya sin asombro– el atolladero en que el país está metido.

(Publicado ya este artículo, leí la información de que dirigentes del PLD en Santiago piden la anulación de los resultados convencionales porque Abel Martínez, en connivencia con Félix Bautista, habría distorsionado las listas de electores. A confesión de parte, relevo de pruebas).

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