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La gente sensata no debería prestar mayor atención a los exabruptos de Nicolás López Rodríguez. Todo lo suyo es demasiado previsible, y eso incluye su destemplanza, su gusto por el insulto.

Y no vale la pena atenderlo porque de López Rodríguez no puede esperarse que razone. No está en su genética intelectual. Es –se encarga él mismo de demostrarlo— un ordinario empoderado. Soez y prejuicioso.

Pero no solo eso. Es también cómplice impenitente de todas las sinvergüencerías que comete el poder político, económico y social dominicano. Solo se desmadra contra los que cree más débiles –y mira por encima del hombro— o aquellos que, como el embajador James Brewster, no son sus cómplices, aunque sean poderosos. De ahí su última homofóbica y machista grosería.

Él solo sabe ser medido cuando la insistencia de los periodistas le hace abrir la boca para referirse a algún corrupto. Botón de muestra: en octubre de 2012, cuando la sociedad comenzó a demandar el encausamiento por corrupción de Félix Bautista, el cardenal consideró “importante” que fueran los abogados quienes discutieran  el expediente, no los legos,  y citó a “figuras” como Vincho Castillo y Abel Rodríguez del Orbe, “de quienes dijo son personas que saben de derecho”. ¿Quiere alguien una forma más canalla de escurrir el bulto?

Pero en fin, he dicho que no vale la pena prestarle atención y llevo escritas 225 palabras. Una contradicción flagrante, que solo puedo explicar en que yo también me dejo arrastrar por el sensacionalismo de nuestra prensa.

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