No tengo claro si la Oisoe debe ser cerrada solo porque en ella la corrupción es pecado original. Creo que el problema no son las instituciones, sino la manera en que son gestionadas, el provecho delictivo de lo público. De lo que sí no me cabe duda alguna es de que los responsables del dolo que irrita a la sociedad deben pagar sus culpas.

Foto: Acento/ Orlando Ramos

Foto: Acento/ Orlando Ramos

La presbicia política aboca a la imbecilidad de creer que todo el mundo es imbécil. Craso error. No satisface a la ciudadanía, y esto deben saberlo las autoridades, incluido el presidente Danilo Medina, el envío a la cárcel solo de quienes el arquitecto David Rodríguez García señalara como inductores de su suicidio. Difícil de tragar que un empleado de categoría media se agenciara el concurso de dos cómplices, por lo demás externos a la Oisoe, y montara un entramado extorsivo de tal envergadura.

Y porque la historia es infumable, la gente es suspicaz. Los ciudadanos y ciudadanas a quienes la Policía les impide desde hace cinco semanas protestar frente a la Oisoe, no están montando el circo que sí ofrecen los funcionarios y los políticos en cada ocasión en que un develado acto de corrupción los pone contra las cuerdas. Están pidiendo transparencia, están pidiendo justicia. Están pidiendo que se respete la inteligencia colectiva.

Más aún. Esos ciudadanos y ciudadanas, al intentar manifestarse pacíficamente frente a la Oisoe, buscan hacer real un derecho que, aunque nos desconcierte, en el país sigue siendo retórico: el de expresar públicamente la disidencia respecto a cualquier cuestión pública dañosa.

El despliegue represivo que les impide hacerlo es, en contrapartida, expresión de una conducta oficial antidemocrática y anticonstitucional. Ni el ministro de Interior José Ramón Fadul, ni ningún otro funcionario, no importa su categoría, puede desconocer la Constitución sin lesionar profundamente nuestro orden social y político.

¿Por qué no puede protestarse en los alrededores del Palacio Nacional? Fadul no argumenta razonablemente. Impone. Ejerce un poder desbocado, una autoridad deleznable. Imagino que a su pesar, la imagen que ofrece es la del connivente con la opacidad que rodea todo lo acontecido en la Oisoe. Y, para el común de la gente, esa imagen se convierte en explicación de la represión a los protestantes.

El Palacio Nacional no es un lugar sagrado que haya que resguardar de profanadores. Por el contrario: es sede del Poder Ejecutivo, que es mandatario, no mandante; que está para hacer cumplir el contrato social que le permite funcionar a la democracia y que la corrupción amenaza tan seriamente en el país.

Es de desear que siendo a su vez Fadul un subalterno del Ejecutivo, el presidente Danilo Medina lo llame a capítulo. Salvo, claro está, que la coerción de las libertades de la que el ministro es brazo ejecutor, cuente con su beneplácito.

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