Nunca sabremos si al momento de dispararse a la sien en un baño de la Oficina de Ingenieros Supervisores de Obras del Estado, al arquitecto David Rodríguez García le pasó por la mente que la bala de su pistola estallaría con fuerza devastadora en la red de corrupción que lo hizo presa. Mas ese ha sido el resultado: de las alcantarillas de la institución ha comenzado a salir toda suerte de inmundicias, asqueando hasta la náusea a una buena parte de nosotros.

Quizá por primera vez en mucho tiempo, la sociedad dominicana se enfrenta de manera tan dolorosa al vínculo público entre David Rodríguez-Garcíacorrupción y tragedia personal. El conmovedor drama de Rodríguez García explicaría, en buena medida, por qué los resortes de la opinión pública se han disparado con tal fuerza frente a una práctica, la corrupción, que ha venido siendo tolerada, cuando no aprovechada, por otros sectores ajenos al sistema político.

Su nota denunciando los nombres de quienes lo condujeron, mediante la extorsión y el chantaje, a decisión tan extrema, es apenas la punta del iceberg. El témpano al que esta punta pertenece no ha sido tocado aún. Quizá no lo sea nunca. Nuestra historia del último medio siglo testimonia de la impunidad de la clase política y no abona la esperanza.

Mas en lugar de hacer de las propicias circunstancias un uso social productivo; uno que permita, aunque sea, poner pequeños frenos a la corrupción endémica y llevar a la cárcel a sus responsables, grandes y pequeños, estamos asistiendo en los últimos días a la dilución de esta posibilidad en un mar de chismografía barata que distrae del meollo del problema. En esta operación de distracción, sea o no intencional, juegan un notorio papel algunos “líderes opináticos”, que no son otra cosa que ese “tipo de actor a caballo entre la comunicación y la política…” que define con tanto acierto Félix Ortega, un implacable estudioso español del fenómeno mediático.

Ortega sabe poner al desnudo el alma del periodismo que ejerce el “opinático”: “El periodismo que aspira a dirigir la sociedad es fácilmente reconocible por la utilización masiva de dos recursos que sustituyen radicalmente a la información: la charlatanería y la opinión infundada (…). En vez de atenerse a lo que se sabe (en el caso de que se sepa), se procede en orden inverso: se recrea todo un universo de posibilidades (verosímiles pero improbables) acerca de lo que ha sucedido”.

Si una piensa en el entramado corrupto de la OISOE –y de cualquiera otra institución pública— y se lo imagina como una hidra de siete cabezas, no fantasea. Cortas una y le renace. Para poner coto a la reproducción de la corrupción, tenemos descabezarla de tajo y sin tregua. Y eso, entiendo yo, solo se logra con una ciudadanía empoderada, movilizada, informada. En la calle. No con cherchas banales que buscan efectos públicos más pasionales que racionales, que es táctica consuetudinaria de todo charlatán.

Anuncios