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El acoso del juez Frank Soto a la jueza Miriam Germán no es fruto –o no tan solo- del sexismo, pedestre e irreprimible, que signa la cultura masculina. Su origen más arraigado es una visión del poder que exige la sumisión como condición de existencia de sus sometidos.

Una frase dicha por Soto sobre Germán revela sin equívocos lo que subyace a su ira: “Esa mal agradecida no era la persona adecuada para que la asignaran en este cargo”. Soto no reprocha la supuesta o real incompetencia de la magistrada, sino su insubordinación a las directrices implícitas de quienes manejan los hilos del entramado judicial.

(Tomada de Acento/ Orlando Ramos)

(Tomada de Acento/ Orlando Ramos)

No descalifica a Germán en el plano jurídico, que incluiría, por ejemplo, endilgarle una mala aplicación de las leyes. Le enrostra desagradecimiento. ¿A quién desagradece? Quizá a Leonel Fernández, quien presidió el Consejo Nacional de la Magistratura en el que ella fue electa. En el imaginario propio y en el de sus secuaces, Leonel Fernández era un padre que repartía premios y castigos. La lealtad era, sigue siendo, la retribución natural esperada por los primeros; el ostracismo, la consecuencia de los segundos.

En eso parece pensar Soto cuando denuesta a Germán. Cuando traspasa todo límite del irrespeto, que se exacerba cuando la jueza disiente del criterio de la mayoría, como ella misma escribe. Soto quiere no una jueza, sino una ilota. Alguien que no perturbe la placidez de las complicidades. Que simplemente asienta para “salvaguardar” la imagen de la Justicia, tan motu proprio devastada que no necesita de la divergencia de una jueza para ser peor.

Soto reclama la unanimidad o, en su defecto, el silencio. “Este tribunal tiene por todos lados cuestionamientos de personas mal intencionadas y Usted con sus votos nos echa un cubo de lodo”, le espeta a Germán. El retorcimiento es conocido: pone sobre los hombros de la aludida la pesada carga moral de preservar la integridad del grupo. La culpabiliza del menoscabo. Así que vote según la mayoría, no según su libre interpretación del acto enjuiciado, anúlese, es lo que le dice Soto a Germán. Él nunca se detendrá a pensar en el porqué de los cuestionamientos al tribunal. Le basta con saber que quienes lo hacen son personas “mal intencionadas”; es decir, perversos, como la desagradecida Germán. El autoritarismo deja muy pocas cosas en la indefinición.

¿Actuaría Soto de la misma manera frente a un hombre? Casi con toda seguridad sería menos virulento, pero creo que lo haría. La cólera la provoca que el otro o la otra no chapotee en las mismas turbias aguas. Que no se ajuste a los deseos orwellianos de unanimidad. Que salga ideológica y éticamente inmune de esa “habitación 101” en la que el Poder político se esfuerza en convertir a la sociedad dominicana.

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