La OISOE y la justicia (y 2)

Los prolongados interrogatorios este lunes al exdirector de la OISOE, Miguel Pimentel Kareh, y a quien fuera director técnico de la institución, José Florencio Estévez, terminarían en agua de borrajas si no ayudan a establecer las reales responsabilidades en la red de extorsión y chantaje develada por el suicidio del arquitecto David Rodríguez García.

Hydra

Partamos de reconocer y respetar escrupulosamente el derecho constitucional de los involucrados a la presunción de inocencia. Pero asimismo admitamos, sin que implique juicio condenatorio previo, que resulta cuesta arriba aceptar que prácticas corruptas de la envergadura de las denunciadas pudieran ser llevadas a cabo solo por empleados subalternos.

Lo salido a flote hasta ahora deja dos cosas meridianamente claras: la red extorsiva contaba con una abundancia de dinero y un poder de decisión tales que es casi inimaginable que sus hilos fueran movidos por gente notoriamente carente de ambas cosas, como los que ya enviados preventivamente a la cárcel Yoel Soriano, Alejandro de los Santos y Julio Rafael Pérez Alejo.

No se trataba de macuteo –seña de identidad de la gestión pública— sino de la apropiación ilegal de sumas de dinero millonarias mediante la dilación de los pagos de las cubicaciones con el propósito de  llevar a los ingenieros y arquitectos a la desesperada aceptación de préstamos usureros cuyo reembolso los despojaba de los beneficios de su trabajo.

De ahí que tras los interrogatorios a Florencio Estévez y Pimentel Kareh realizados por la Procuraduría Especializada Anticorrupción Administrativa (PEPCA), la gente espere ser informada de los resultados. Sin engañifas jurídicas. Sin medias tintas.

Circo ya hay bastante, nutrido y colorido, por lo que es impertinente suponer que los reclamos de transparencia en el manejo de este asunto obedezcan a la proclividad nacional a divertirse “manchando”  honras. Lo que se exige de las autoridades, y se hace con absoluto derecho, es la investigación ecuánime de las denuncias, pero también la valentía de no excluir responsabilidades por razones extrajudiciales.

La ciudadanía –o parte de ella, para que no protesten por su inclusión los que la corrupción no les va ni les viene— espera, nuevamente, que se haga justicia. Hay demasiada impunidad ofensiva. Demasiada “indelicadeza” dejada pasar por debajo de la mesa. Demasiado delincuente prevalecido en sus vínculos políticos.  En contraposición, hay cada vez menos gente dispuesta a que le sigan tomando el pelo. Y de esto último deben estar al tanto quienes nos gobiernan.

Anuncios

La OISOE y el béisbol (1)

Nunca sabremos si al momento de dispararse a la sien en un baño de la Oficina de Ingenieros Supervisores de Obras del Estado, al arquitecto David Rodríguez García le pasó por la mente que la bala de su pistola estallaría con fuerza devastadora en la red de corrupción que lo hizo presa. Mas ese ha sido el resultado: de las alcantarillas de la institución ha comenzado a salir toda suerte de inmundicias, asqueando hasta la náusea a una buena parte de nosotros.

Quizá por primera vez en mucho tiempo, la sociedad dominicana se enfrenta de manera tan dolorosa al vínculo público entre David Rodríguez-Garcíacorrupción y tragedia personal. El conmovedor drama de Rodríguez García explicaría, en buena medida, por qué los resortes de la opinión pública se han disparado con tal fuerza frente a una práctica, la corrupción, que ha venido siendo tolerada, cuando no aprovechada, por otros sectores ajenos al sistema político.

Su nota denunciando los nombres de quienes lo condujeron, mediante la extorsión y el chantaje, a decisión tan extrema, es apenas la punta del iceberg. El témpano al que esta punta pertenece no ha sido tocado aún. Quizá no lo sea nunca. Nuestra historia del último medio siglo testimonia de la impunidad de la clase política y no abona la esperanza.

Mas en lugar de hacer de las propicias circunstancias un uso social productivo; uno que permita, aunque sea, poner pequeños frenos a la corrupción endémica y llevar a la cárcel a sus responsables, grandes y pequeños, estamos asistiendo en los últimos días a la dilución de esta posibilidad en un mar de chismografía barata que distrae del meollo del problema. En esta operación de distracción, sea o no intencional, juegan un notorio papel algunos “líderes opináticos”, que no son otra cosa que ese “tipo de actor a caballo entre la comunicación y la política…” que define con tanto acierto Félix Ortega, un implacable estudioso español del fenómeno mediático.

Ortega sabe poner al desnudo el alma del periodismo que ejerce el “opinático”: “El periodismo que aspira a dirigir la sociedad es fácilmente reconocible por la utilización masiva de dos recursos que sustituyen radicalmente a la información: la charlatanería y la opinión infundada (…). En vez de atenerse a lo que se sabe (en el caso de que se sepa), se procede en orden inverso: se recrea todo un universo de posibilidades (verosímiles pero improbables) acerca de lo que ha sucedido”.

Si una piensa en el entramado corrupto de la OISOE –y de cualquiera otra institución pública— y se lo imagina como una hidra de siete cabezas, no fantasea. Cortas una y le renace. Para poner coto a la reproducción de la corrupción, tenemos descabezarla de tajo y sin tregua. Y eso, entiendo yo, solo se logra con una ciudadanía empoderada, movilizada, informada. En la calle. No con cherchas banales que buscan efectos públicos más pasionales que racionales, que es táctica consuetudinaria de todo charlatán.

La carta de Miriam Germán

El acoso del juez Frank Soto a la jueza Miriam Germán no es fruto –o no tan solo- del sexismo, pedestre e irreprimible, que signa la cultura masculina. Su origen más arraigado es una visión del poder que exige la sumisión como condición de existencia de sus sometidos.

Una frase dicha por Soto sobre Germán revela sin equívocos lo que subyace a su ira: “Esa mal agradecida no era la persona adecuada para que la asignaran en este cargo”. Soto no reprocha la supuesta o real incompetencia de la magistrada, sino su insubordinación a las directrices implícitas de quienes manejan los hilos del entramado judicial.

(Tomada de Acento/ Orlando Ramos)

(Tomada de Acento/ Orlando Ramos)

No descalifica a Germán en el plano jurídico, que incluiría, por ejemplo, endilgarle una mala aplicación de las leyes. Le enrostra desagradecimiento. ¿A quién desagradece? Quizá a Leonel Fernández, quien presidió el Consejo Nacional de la Magistratura en el que ella fue electa. En el imaginario propio y en el de sus secuaces, Leonel Fernández era un padre que repartía premios y castigos. La lealtad era, sigue siendo, la retribución natural esperada por los primeros; el ostracismo, la consecuencia de los segundos.

En eso parece pensar Soto cuando denuesta a Germán. Cuando traspasa todo límite del irrespeto, que se exacerba cuando la jueza disiente del criterio de la mayoría, como ella misma escribe. Soto quiere no una jueza, sino una ilota. Alguien que no perturbe la placidez de las complicidades. Que simplemente asienta para “salvaguardar” la imagen de la Justicia, tan motu proprio devastada que no necesita de la divergencia de una jueza para ser peor.

Soto reclama la unanimidad o, en su defecto, el silencio. “Este tribunal tiene por todos lados cuestionamientos de personas mal intencionadas y Usted con sus votos nos echa un cubo de lodo”, le espeta a Germán. El retorcimiento es conocido: pone sobre los hombros de la aludida la pesada carga moral de preservar la integridad del grupo. La culpabiliza del menoscabo. Así que vote según la mayoría, no según su libre interpretación del acto enjuiciado, anúlese, es lo que le dice Soto a Germán. Él nunca se detendrá a pensar en el porqué de los cuestionamientos al tribunal. Le basta con saber que quienes lo hacen son personas “mal intencionadas”; es decir, perversos, como la desagradecida Germán. El autoritarismo deja muy pocas cosas en la indefinición.

¿Actuaría Soto de la misma manera frente a un hombre? Casi con toda seguridad sería menos virulento, pero creo que lo haría. La cólera la provoca que el otro o la otra no chapotee en las mismas turbias aguas. Que no se ajuste a los deseos orwellianos de unanimidad. Que salga ideológica y éticamente inmune de esa “habitación 101” en la que el Poder político se esfuerza en convertir a la sociedad dominicana.

Roberto Salcedo y la ciudad

Sigo casi con pasión las gestiones municipales de la madrileña Manuela Carmena y la barcelonesa Ada Colau. Me complazco, como si fuera munícipe del ayuntamiento respectivo, cuando leo que Carmena le torció el brazo a las empresas recolectoras de basura, largamente beneficiadas por su antecesora del derechista Partido Popular, Ana Botella, obligándolas a paralizar la reducción de nómina y a incrementar en 500 los trabajadores que limpian calles y parques de Madrid. Y que en Barcelona, Colau suspendió la concesión de licencias para alojamientos turísticos con el objetivo final de evaluar y diagnosticar el impacto social de la ofertaroberto salcedo valla existente sobre la ciudad y la calidad de vida de la gente.

Aquí, en el Distrito Nacional dominicano, cosas como estas son impensables. Autoritario, personalista, pero sobre todo empresario de éxito aunque escaso de algunas luces, Roberto Salcedo maneja la ciudad como una más de sus empresas privadas. Con un bagaje cultural rengo, ha dejado su impronta en el espacio público con adefesios como el “zooberto” (le encantaron los parques temáticos de Disney), asolado los árboles de avenidas principales para sembrarlas de palmeras (como en Miami, desde luego), pintado en los postes del alumbrado público unas franjas que nada dicen a nadie (vio de joven a un hombre cometer feminicidio junto a uno de ellos, y de este modo crea “conciencia”), y construido con dinero público un anfiteatro en zona residencial del que la ciudad solo recibe perjuicios y sus socios (¿o sosias?) pingües beneficios. Y pare de contar, que el vía crucis de la ciudad tiene estaciones innumerables.

Mas como si los torturantes catorce años que lleva al frente del Ayuntamiento del Distrito Nacional fueran poca cosa, Roberto Salcedo sigue en liza. Su propaganda electoral es como para producir una apoplejía. Una frase bastaría: “Roberto es cambio”. Para hacer explícito el (falaz) mensaje, la valla despliega en segundo plano una imagen el anfiteatro Nurín Sanlley, fuente de abuso sin cuento contra todo un sector vecinal impotente.

Pese a todo, es muy probable que Salcedo logre su cuarta candidatura consecutiva. Afiliado al grupo de Leonel Fernández en el Partido de la Liberación Dominicana, las negociaciones para el reparto del poder electoral con los seguidores de Danilo Medina, le aseguran, por lo menos, la competencia. Y como los peledeístas parecen gozar, todavía, de la habilidad de conceder para no perder, el Distrito Nacional, donde siempre han sido electoralmente fuertes, votaría por él, si es candidato, sin reparar en su pésima calidad de gestor de la ciudad. Consecuencia estomagante de esta política vernácula de transacciones espurias, para la que los ciudadanos y ciudadanas nada cuentan. Y consecuencia, también, de la modorra social de los munícipes, tan centrados en la contemplación del ombligo de su pequeño mundo. Pero esto último es harina de otro costal.