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Que el debate teórico sobre lo que es o no es clase media es ya añoso y permanece irresoluto, es cosa consabida.  Fue antes “pequeña burguesía”, y ha despertado recelo y confianza social casi a partes iguales. Aquí, Juan Bosch la estratificó en alta, media y baja. Un baturrillo sociológico de difícil digestión, sobre todo para aquellos a quienes les basta para categorizarla con hurgarle en el bolsillo.

Como realidad, más que como concepto, la clase media ha sido puesta en el candelero por obra y gracia de unas estadísticas que parecen creadas para dummies por el Ministerio de Economía, Planificación y Desarrollo y repetidas ante la asamblea general de las Naciones Unidas por el presidente Danilo Medina apenas este martes.

La magia estadística borra de sopetón las angustias cotidianas, ese continuo atragantarse de necesidades insatisfechas, orfandad de servicios y carencias que reducen al ser humano a la mera condición de superviviente.

Mas que hablen los economistas de coeficiente de Gini y los sociólogos de saltos de garrocha metodológicos y de características identitarias. Y unos y otros de las contradicciones entre fuentes oficiales tan flagrantes que hacen pensar en la esquizofrenia. Al ciudadano y la ciudadana de a pie nos llaman la atención otras cosas tan palmarias como incomprensible resulta el dato que ha permitido afirmar al ministro Montás que la dominicana es una sociedad clasemediera.

¿En qué se basa el inefable funcionario para decir esto?: En un estudio de 2013 producido por el Banco Mundial según el cual –dice el MEPyD— si  la clase media es porcentualmente superior a la pobre, el país en cuestión puede ufanarse de ser lo primero y no lo segundo. Así de simple.

Transitando por ese camino de la simpleza, que no de la simplicidad, el ministro Montás concluye que el ascenso social de un hogar dominicano lo determina que ingrese al mes 51,390 pesos –tope máximo— y no 4,111 pesos.  La magia estadística borra de sopetón las angustias cotidianas, ese continuo atragantarse de necesidades insatisfechas, orfandad de servicios y carencias que reducen al ser humano a la mera condición de superviviente. Y manda a paseo cualquier intención teórico-metodológica de rizarle el rizo al informe.

Pero hay más e importante. Las publicitadas conclusiones de Montás, servidas en la mesa de la política electoral, están intencionalmente trucadas.  Entre ese 28.9 % de clase media que cambia el perfil socioeconómico dominicano, y el 25.9 % de pobres que nos irían quedando, hay un 44.3 % de población vulnerable, cuyo máximo ingreso, cuando lo logra, es de apenas 10,278 pesos. Y con eso, ya lo ha dicho el Banco Central, ni siquiera se come.

¿País de clase media? Caradurismo, diría yo.

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