La envidia del pene de Susan Sarandon

Actress Susan Sarandon arrives at the Time 100 gala celebrating the magazine's naming of the 100 most influential people in the world for the past year in New YorkDespués de la insuperable Meryl Streep, mi actriz estadounidense favorita es Susan Sarandon. Si no recuerdo mal, fue su película “Thelma y Louise” la primera que visioné de ella, aunque para entonces su filmografía era ya extensa. Esa empatía entre mujeres, que encuentra su culmen en el suicidio como último gesto de libertad, me estremeció de pies a cabeza. Además, Susan Sarandon ha mantenido posturas críticas con el “stablishment” de su país y apoyado causas pertinentes. Al igual que a Meryl, también comprometida con una mejor sociedad, la admiro como actriz y como ciudadana.

Pero hasta el Sol tiene manchas. En el 2000, Susan Sarandon se decantó electoralmente por Ralph Nader y se declaró en contra de Al Gore, que disputaba la presidencia al candidato republicano George Bush. Su tardío arrepentimiento sirvió de nada. Entonces, como ahora hace con Hillary Clinton y Donald Trump, afirmó que votar por Gore era lo mismo o peor que hacerlo por Bush. Y ya sabemos cómo fue el gobierno de Bush y cuál su legado. Durante las primarias demócratas de 2008, Sarandon brindó su apoyo a John Edwards en contra de Barack Obama y Hillary Clinton. Cuando aquél fue descartado se arrimó a Obama.

En la lucha interna demócrata por la candidatura presidencial de este 2016, su fogosidad política la dedicó a la causa de Bernie Sanders. Derrotado su candidato, decidió romper lanzas contra Hillary Clinton, reviviendo para ella frente a Trump lo que dijo de Gore frente a Bush: que la demócrata es peor que el republicano. Está demostrado que no teme equivocarse porque, al parecer, se siente ungida por la razón histórica, pese a lo mucho que ha sufrido el mundo desde que Bush, por citar un episodio que la involucra, se hizo malamente con la presidencia norteamericana.

Nadie que aprecie el debate democrático criticará a la actriz sus opciones electorales, si bien son discutibles sus razones. Mas respetar no equivale a extender una patente de corso. Y eso es lo que parece creer Susan Sarandon que posee cuando vitupera a las mujeres que respaldan la candidatura de Hillary Clinton. Porque ¿qué otra cosa hace la actriz cuando afirma que ella no vota con la vagina? Sin buscar la quinta pata al gato es obvio que establece una diferencia en la calidad de su voto contraponiéndola a la calidad (mala) de quienes secundan a la candidata demócrata.

Ella sí que sabe lo que es correcto hacer, y eso le da la potestad de descalificar y descerebrar a quienes no proceden como ella. Pero a la hora de evaluar sus declaraciones no olvidemos que Sarandon es blanca, rica, famosa y parte de una élite social que disfruta de garantías para ejercer de progresista sin que eso le arriesgue un pelo. Sarandon puede darse el lujo de proclamar que no vota “con la vagina” porque no es inmigrante (individuo de indefinida categoría humana), no es negra (con la violencia racista pendiendo sobre su vida, pregunten a Black Lives Matter), no es trabajadora fabril, informal o doméstica ni deja la piel en la economía sumergida, es actriz oscarizada; no es pobre (en el 2014 perdió cerca de 20 millones de dólares en una mala inversión inmobiliaria y eso permite hacerse una idea de su fortuna); no es anónima como las decenas de millones de inmigrantes a quienes Trump ha llamado delincuentes y amenazado con mano dura, es una estrella. Y pare de buscar desemejanzas entre Sarandon y los millones de mujeres que desde su marginalidad sí le tienen miedo a Trump.

Por si fuera poco, Sarandon prefiere definirse “humanista” y no feminista porque “(E)l problema de muchas mujeres que se denominan feministas es que no tienen sentido del humor y eso hace que las feministas tengan mala reputación. Por eso, digo que yo no soy feminista, soy humanista. Mi hija siempre dice que las feministas son mujeres estiradas que odian a los hombres. Y es verdad”.  Un razonamiento tan elemental, sesgado y prepotente como el que hace sobre la actual coyuntura electoral de su país. A mi, como feminista, me rebelan sus opiniones.

Acreditemos que Sarandon no vota con su vagina; pero yo me atrevo a apostar que si el misógino Freud reviviera y la acostara en su diván le diagnosticaría certeramente envidia del pene. Porque no hay nada más masculino que tratar de arrebatar cuando se pierde.