¿Quién llora por ti, muchachita?

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La noticia de tu desaparición y muerte no parece haber conmovido a nadie fuera de tu familia. Solo tenías once años, edad en la que todavía las niñas –dice la cultura patriarcal– deben estar jugando con muñecas, entrenándose en la femineidad que es su destino. Tú no. Tú vivías en el barrio Mamá Tingó, en Higüey, donde la pobreza es todo y cualquier cosa, menos lúdica.

Hay 64 notas en internet que mencionan tu caso, pero no son tantas, en realidad. El número se reduce a unas pocas si juzgamos la originalidad de la pieza. La mayoría son, no ruboriza, copias textuales tomadas de medios nacionales que, a su vez, son eco de la Policía. Nada nuevo.

Entre todas, encontré solo una que daba cuenta de tu desaparición el 30 de noviembre. Una sola. Nada más hasta el hallazgo de tu cuerpo de once años violado y apuñalado. A partir de entonces, las notas se multiplican: en espacios reducidos en los “grandes” medios; desplegadas en el amarillismo aldeano. Algunas de estas últimas advierten en el titular de las imágenes “muy fuertes” que publican de tu cuerpecito muerto.

Anodina por obra y gracia de este rasero perverso que utilizamos para el horror.

Las hubo incluso que utilizaron tu desgracia para fomentar el antihaitianismo. En muchos de los “medios” digitales que proliferan en el país, se vendió que un haitiano había sido el responsable de tu infortunio. “Esa provincia (Higüey) está invadida de extranjeros ilegales y ya todo (sic) sabemos lo que está pasando en el país con los mismos… Compártelo….”, terminaba uno de ellos.

¿Cómo se llama tu padre? Quizá en alguna nota que se me escapa se menciona su nombre, mas yo no lo encontré en las leídas. El de tu madre sí, Alexandra Rivera, pero en muy pocas. Fue por petición suya que saliste al colmado a comprar plátanos para la cena y nunca regresaste, pero a los medios les importa un bledo lo que ella tenga para decir.  A eso se reduce la presencia informativa de tu familia. Anodina por obra y gracia de este rasero perverso que utilizamos para el horror.

¡Tenías once años, muchachita! Estuviste cuatro días desaparecida y nadie encendió velas por ti, ni exigió que aparecieras, ni se rasgó las vestiduras, ni montó perfomances frente a tu vivienda. No has sido tendencia en Twitter, ni tu imagen se ha visto multiplicada al infinito en los muros farisaicos de Facebook. Ni las autoridades han salido escandalizadas a prometer justicia. Ni las organizaciones feministas a reclamarla. Tampoco nadie señala a tu feminicida con el dedo inapelable de su presumida angustiada humanidad. Ni siquiera ha habido morbo, aunque sea indeseable. Ya lo ves: la reacción por Emely no fue un parteaguas, sino evidencia acumulada de indecorosa instrumentación política.

Al final, como si no fuera suficientemente vergonzoso el silencio colectivo, tu muerte no luce categorizar como feminicidio. Apareciste violada y acuchillada. Simplemente muerta. Y tan por debajo de la puerta has pasado a engrosar la lista, que ni siquiera podemos saber a ciencia cierta cuál era tu nombre: ¿Rosa Iris Maite? ¿Rosairy Maite? ¿Rosaili Maite Gil Rivera?¿Rosaidy Maite Gil Rivera?

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