Cita

El lenguaje (múltiple) de la violencia

violenciaApenas ayer jueves, los taxistas destacados en el AILA-José Francisco Peña Gómez golpearon a un trabajador de Uber cuando fue a recoger a un pasajero que contrató sus servicios. El Caribe, medio en el que leí la información, habló de intento de linchamiento. No creo que fuera tanto pero, de todos modos, sí suficiente como para llamar nuestra atención sobre cómo proceden determinados sectores sociales. El alegato de los taxistas agresores fue contundente: “Aquí mandamos nosotros y Uber no tiene autoridad”.

Este viernes leo en el periódico Hoy que el comité ejecutivo de la Federación Nacional de Transporte la Nueva Opción (Fenatrano), dirigida por Juan Hubieres, exdiputado y fallido candidato a senador, le advierte al Consejo Nacional de la Empresa Privada (Conep), que ha elevado un recurso de amparo contra el monopolio del transporte, de que “aquí se va a saber si el gas pela” porque los afiliados a la organización choferil están “en la disposición de cualquier cosa” en defensa de seguir rigiendo el transporte (que ellos identifican como su posibilidad de mantener a sus familias “como Dios manda”).

No nos engañemos, sin embargo. La violencia del lenguaje choferil, que no tiene reparos en convertirse en hechos (pensemos solo en los asesinatos imputados a Arsenio Quevedo), no es la única que debe hacer que nos rasguemos las vestiduras, aunque nos perturbe, como me perturba a mí, y mucho, lo confieso.

La violencia en la sociedad dominicana es estructural. Y no conoce límites. Todo el tejido social está impregnado de violencia. La organización social es violenta. Las relaciones sociales son violentas. La precariedad de los servicios básicos, es violencia. Las disparidades sociales son violencia, y de la peor: en la República Dominicana el ingreso anual de los multimillonarios es 4,079 veces lo que ganan los dos millones más pobres”, certifica Oxfam el pasado año.

Y hay violencia en la anemia institucional del Estado. En la ausencia de reglas claras que normen el funcionamiento social; en la debilidad extrema del discurso y las acciones de esa parte de la sociedad (civil) que se arroga –me atrevo a pensar que vicariamente— la representación de todos y de todas. Y en esa extraña interpretación de la institucionalidad que exhibe en estos días una oposición que no encuentra candidatos para los órganos cuya parcialidad impugna.

En esta sociedad de libre empresa, el uso de la fuerza irracional de los choferes que obedecen órdenes de empresarios del transporte –pseudosindicalistas y pseudorrevolucionarios, aunque sí dirigentes de estructuras mafiosas, como Blas Peralta o el mencionado Arsenio Quevedo— es inaceptable por violento. Como inaceptable son el monopolio y las prácticas desleales, también violentos, de la Cervecería Nacional Dominicana en el mercado de la cerveza que el Conep defiende a capa y espada porque una cosa es con guitarra y otra con violín.

Frente a la violencia de todo orden y laya, nos falta la crítica que haga volar por los aires este sistema de complicidades transversales. Y se entiende esta carencia: como en la décima de Juan Antonio Alix, nos gustan demasiado los mangos bajitos. El silencio, cuando no la indiferencia absoluta. Imposible, entonces, hundir el escarpelo en nuestra generalizada tumefacción.